La consagración de Andrea Kimi Antonelli como, a los 20 años, dos meses y ocho días, el campeón más joven de la historia en la Fórmula 1, pone una vez más el foco sobre la precocidad en el deporte. Casi una paradoja cuando la longevidad constituye otra de las características de este mismo deporte, cuya temprana eclosión en todos los frentes celebramos cada vez con más frecuencia.
El italiano, campeón del mundo de Fórmula 1 a los 20 años, se une a una tendencia cada vez mayor en el deporte
La consagración de Andrea Kimi Antonelli como, a los 20 años, dos meses y ocho días, el campeón más joven de la historia en la Fórmula 1, pone una vez más el foco sobre la precocidad en el deporte. Casi una paradoja cuando la longevidad constituye otra de las características de este mismo deporte, cuya temprana eclosión en todos los frentes celebramos cada vez con más frecuencia.
El tema contiene tal cantidad de matices que, sin restarle importancia, lo relativiza al contextualizarlo. No es igual un deporte individual, en el que existe un desenvolvimiento solitario, que uno colectivo, que produce sinergias que no invalidan el mérito personal, pero lo reducen. La valía de los actores aislados se potencia con la aportación de otros personajes en el mismo escenario y dentro de una obra común. Tampoco son comparables deportes como la natación o la gimnasia, reservados por sus características fisiológicas a la máxima juventud, que otros que requieren un período más largo de forja física.
Se puede ser campeón mundial de natación a los 16 años, pero no de boxeo. Tampoco es posible ganar el Tour a esa edad. Se puede ser, como Nadia Comaneci, campeona olímpica de gimnasia a los 14 años, pero no de cualquier disciplina del atletismo. No equivalen unos deportes practicados sin ayuda mecánica a otros basados fundamentalmente en el comportamiento de una máquina. Antonelli es un piloto imponente, pero ha necesitado un coche superlativo para demostrarlo. Sin embargo, es cierto que otros conductores excepcionales con prototipos punteros no llegaron a la cima tan jóvenes como Antonelli. En ese sentido, los merecimientos del italiano no admiten reparos. Respecto a la bicicleta, se trata de una máquina distinta. Carece de motor.
No es lo mismo tampoco una modalidad en la que a la importancia del factor físico se una decisivamente la destreza con una herramienta concreta. El tenis, por ejemplo. No son comparables, en fin, en las mismas especialidades, el deporte masculino y el femenino. Las mujeres alcanzan antes que los hombres la madurez física e incluso psicológica. Y, generalmente, a igualdad de edad, llegan más pronto a lo más alto que ellos. En natación y gimnasia, sus predios naturales, carecen entre los hombres de rivales comparables. En natación, sin ir más lejos, los plusmarquistas mundiales masculinos más madrugadores han sido Michael Phelps, a los 15 años y nueve meses, e Ian Thorpe, a los 16 y 10. Numerosas chicas, con 14 años y con 15 recién cumplidos les han adelantado. Y no digamos en gimnasia, con ejemplos como Nadia Comaneci (14), Liudmila Turisheva (15) o Simone Biles (16). Incluso en tenis, que también parece un territorio muy femenino. Jennifer Capriati era profesional a los 13 años. Martina Hingis y Serena Williams, a los 14. Hingis, la número 1 más joven de la historia, subió a ese trono a los 16 años y 182 días. Su gemelo masculino, Carlos Alcaraz, tenía 19 años y cuatro meses.
Ciñéndonos a ese ámbito masculino, y siguiendo con el tenis, Rafa Nadal venció en Roland Garros a los 19. Pero Michael Chang y Mats Wilander hicieron lo propio a los 17. El resto de la trayectoria de los tres es otra cosa. Hablamos ahora de precocidad.
Es especialmente destacable esa precocidad en deportes en los que la dureza y la exigencia intrínsecas ponen un veto biológicamente estructural a los adolescentes. Sin embargo, existen excepciones como las de Remco Evenepoel y Paul Seixas. El belga se convirtió en el ganador más joven de una carrera UCI World Tour cuando se impuso, a los 19 años, en la Clásica de San Sebastián. Y el francés, en el vencedor más impaciente de una prueba por etapas al llevarse, también a los 19, y asimismo en España, la Vuelta al País Vasco. En atletismo, 2018, Jakob Ingebrigtsen fue campeón absoluto de Europa de los 1.500 con 17 años y 324 días. Y, 24 horas después, de los 5.000.
Todos estos nombres suponen casos que, al romper una barrera, levantan una nueva. En su excepcionalidad, todas ellas invitan a derribarlas y a ser sustituidas por otras. A ese afán de superación lo llamamos deporte.
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