Alsúa II, el talento iracundo del Racing y el Real Madrid que murió víctima de un parricidio

Un hijo de 47 años entra en la habitación de una clínica, donde está su padre, de 71, internado por una embolia. Discuten, le golpea con la palanca de mover la cabecera de la cama, le tira por la ventana. Luego se va a un acantilado, carga su gabardina con piedras y se tira al mar.

 Tuvo una larga y controvertida carrera y llegó a jugar con la selección. A los 71 años, su hijo le lanzó desde la ventana del hospital donde había sido internado por una embolia y después se suicidó  

Un hijo de 47 años entra en la habitación de una clínica, donde está su padre, de 71, internado por una embolia. Discuten, le golpea con la palanca de mover la cabecera de la cama, le tira por la ventana. Luego se va a un acantilado, carga su gabardina con piedras y se tira al mar.

Un cuento de terror.

Rafael Alsúa Alonso, Alsúa II para el fútbol, fue un futbolista genial que llenó de fantasía los ojos de muchos aficionados, entre ellos los del niño Miguel Ángel Revilla, que todavía me habla entusiasmado de él: «Era un virtuoso, un zurdo con magia. Tenía tal visión de juego que a veces sus compañeros no le comprendían, y un dribling imposible. Jugaba de interior, organizaba y sabía llegar al gol. Un genio. Una vez le vi regatear a todos, también al portero, y sentarse sobre el balón en la raya antes de meterlo».

Nació el 9 de mayo de 1922 en Irún, segundo hijo del matrimonio entre un apoderado de Aduanas y Comercio y una carnicera. Antonio, dos años mayor, fue un buen extremo que se dio a conocer en el Real Unión de Irún, entonces en Segunda. Rápido y hábil, con buen disparo, tras dos temporadas allí le fichó el Madrid, donde iba a permanecer siete años, viviendo episodios singulares: marcó cinco goles en un mismo partido (al Castellón, en un 7-4), figuró en el equipo del 11-1 al Barça, y también en el que inauguró en 1947 el entonces llamado Nuevo Chamartín, ganó dos veces la Copa…

Pero, sobre todo, protagonizó un episodio célebre al marcar con la mano un gol al Atlético en el primer derbi del nuevo estadio. Las fotos el día siguiente en Marca y Hoja del Lunes eran inequívocas. Cuando a los diez días la jugada llegó al NO-DO, se organizaron tales trifulcas en los cines madrileños que en lo sucesivo se censuraron las imágenes polémicas de los partidos. Cuando dejó el Madrid, Antonio Alsúa ya no era Alsúa a secas, sino Alsúa I, y pasó por Nástic, Lleida y Alavés.

Porque Rafael había seguido sus pasos y tras pasar por el Bidasoa con 17 años saltó al Real Unión. Pero no era el mismo tipo de futbolista. Si Antonio era un extremo rápido y siempre dispuesto para perseguir lanzamientos largos, él exigía el balón al pie y que corrieran los demás. Se enfadaba con los compañeros, a los que reclamaba constantemente el balón, se enfadaba con los que no veían sus pases geniales, se enfadaba con los rivales que le daban patadas, se enfadaba, por supuesto, con los árbitros y con los linieres, se enfadaba con los entrenadores, que le exigían calma, solidaridad y esfuerzo, se enfadaba con el público cuando le reprochaba sus malas formas, se enfadaba con la prensa, a la que consideraba tolerante con el juego sucio y los arbitrajes permisivos. Y se enfadaba, sobre todo, consigo mismo cuando no conseguía ser el mejor de los 22, porque tenía un amor propio enfermizo.

Alsúa, posando con la camiseta del Racing.
Alsúa, posando con la camiseta del Racing.EL MUNDO

Dividía al público entre el que acudía entusiasmado a degustar sus mejores jugadas y el que se complacía en zaherirle, un poco al modo de un Vinicius de la posguerra; estos últimos le gritaban «mau-mau», expresión de uso en la época, que evocaba salvajismo africano a partir del nombre de una tribu de Kenia que se enfrentó con dureza a la ocupación colonialista.

El Real Unión descendió a Segunda la temporada en que apareció Rafael Alsúa. Venía de un pasado glorioso en la preguerra, con tres títulos de Copa, había sido uno de los diez fundadores de la Primera División, pero había bajado a Segunda ya antes de la contienda y ahora bajaba un peldaño más, un drama del que nunca se repondría. El entrenador, Vicente Estomba culpó a Rafa Alsúa del descenso, pero el veterano y venerable René Petit le defendió. Dos formas de ver el fútbol.

Fichó por Osasuna, en Segunda, para la 1942-43, pero jugó sólo cinco partidos. Su hermano Antonio, que iba a encarar su cuarta temporada como madridista y tenía crédito de hombre serio, abogó por él en el Madrid explicando que su juego primoroso se acoplaba mal a los campos del norte y a la poca clase de los compañeros en el fútbol menor y logró que le ficharan. Le trajeron como un jugador de futuro, de modo que aquel año coincidieron en el club los dos hermanos, en la prensa Alsúa I y Alsúa II, pero apenas jugaron juntos porque el pequeño se quedó en cinco partidos.

Las posiciones de interior estaban cubiertas por los dos mejores jugadores de la plantilla, Barinaga y Chus Alonso, así que le tocaba esperar. No tenía paciencia para eso y se fue. Peregrinó: Córdoba (Segunda), Gimnástica Burgalesa (Tercera), Valencia, Real Sociedad, Racing (entonces Real Santander, no valían los racings, sportings ni athletics), de nuevo la Real, de nuevo el Racing, que lo recupera pagando 800.000 pesetas, récord de traspaso en España. Luego, Oviedo (donde hizo ademán de disparar al público, provocando un gran revuelo), Jaén (único año del club en Primera), Rácing por tercera vez y retirada en el Real Unión (Segunda) en la 1958-59, tras casi 20 años de carrera, dejando 256 partidos y 94 goles.

Partidos inolvidables, grandes destellos, desplantes, peleas de vestuario, declaraciones que eran bombas en el ambiente temeroso y recatado de la España de «cuando entonces», que diría Umbral… En 1954, durante su segunda estancia en el Rácing, alcanzó la selección en dos partidos, ambos ante Turquía: 4-1 en casa, el cuarto suyo, y derrota 1-0 en Estambul. Para el desempate en Roma que nos dejaría sin el Mundial Suiza 1954 ya no contó para el seleccionador, Luis Iribarren, que, por cierto, llegó al cargo por ser el dentista del presidente de la Federación, Sancho Dávila.

Se casó en 1948, tuvo un hijo y una hija. Retirado, se estableció en Santander, donde abrió una tienda de deportes y armas, Deportes Alsúa, en la Plaza de los Remedios. Un colega de Santander, Gómez Samperio, que compró allí sus primeras botas le encontró un poco borde: «Le dijo a mi madre que cómo me compraba unas botas, con la pinta birriosa que yo tenía».

Enviudó en 1988. En verano de 1993 sufrió una embolia por la que fue internado para una larga recuperación en el Sanatorio Santa Clotilde. A las seis de la tarde del 2 de enero de 1994 apareció en el jardín entre un charco de sangre, moribundo, justo en la vertical de la ventana de su habitación. Trasladado al Hospital Marqués de Valdecilla, falleció a la media hora de ingresar. Se le apreciaron «múltiples heridas incisas en cuero cabelludo, cabeza y antebrazo, fractura abierta del fémur izquierdo, traumatismo craneal y torácico, con facturas de costales y hemotórax».

La manivela de manejar la cama tenía manchas de sangre. Había recibido la visita de su hijo, también llamado Rafael, capitán de Marina Mercante. Se le buscó y no apareció. La policía identificó en la barra las huellas dactilares del hijo. Quince días después el mar devolvió un cuerpo en la playa Los Bikinis, junto a la península de la Magdalena, que resultó ser el de Rafael Alsúa hijo. Su gabardina estaba cargada de piedras. Blanco y en botella…

El asunto fue tabú en Santander hasta que se atrevió a romperlo el periodista Fran Díez, en la presentación de su libro La dictadura del fútbol: «Fuera del césped era tremendo y tenía a su familia aterrorizada. Se tardó muchos años en saber que había sido asesinado por su propio hijo, que le golpeó con una barra de hierro en el hospital y después lo tiró por la ventana». El final espeluznante de aquella figura, cuyo nombre lleva una calle en el barrio de La Albericia, es aún difícil de encajar en la ciudad que más disfrutó su arte.

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