«La era de Westminster está tocando a su fin». Esa es la frase clave del memorando de entendimiento firmado por los ministros principales de Escocia, Gales e Irlanda del Norte, y por la líder de la oposición de Irlanda. Su significado es claro: Westminster es el centro político e institucional del Reino Unido. Declarar que su final está próximo equivale a decir que esperan que los territorios que gobiernan se independicen y que ese país, que existe en su actual forma desde 1922, desaparezca. Los cuatro se reunieron este lunes en la capital de Gales, Cardiff, para anunciar su intención de trabajar conjuntamente en la consecución de ese objetivo.
Los ministros principales de Escocia, Gales e Irlanda del Norte sellan un histórico acuerdo para desafiar a Westminster y avanzar hacia la independencia, aunque no mencionan la palabra «referéndum»
«La era de Westminster está tocando a su fin». Esa es la frase clave del memorando de entendimiento firmado por los ministros principales de Escocia, Gales e Irlanda del Norte, y por la líder de la oposición de Irlanda. Su significado es claro: Westminster es el centro político e institucional del Reino Unido. Declarar que su final está próximo equivale a decir que esperan que los territorios que gobiernan se independicen y que ese país, que existe en su actual forma desde 1922, desaparezca. Los cuatro se reunieron este lunes en la capital de Gales, Cardiff, para anunciar su intención de trabajar conjuntamente en la consecución de ese objetivo.
No lo hicieron como líderes institucionales, sino sólo como máximos dirigentes de sus partidos políticos: SNP, Plaid Cymru y Sinn Féin. Los tres partidos defienden que sus territorios abandonen el Reino Unido: Escocia y Gales para convertirse en Estados independientes, e Irlanda del Norte para unirse a la República de Irlanda. Y todos ellos están en el poder. Uno de ellos, el Sinn Féin, existe como una única entidad tanto en Irlanda del Norte (que es parte del Reino Unido) como en la República de Irlanda (que lo fue hasta 1922). Esa es la razón por la que estaba doblemente representado por la primera ministra de Irlanda del Norte, Michelle O’Neill, y por la jefa de la oposición de la República de Irlanda, Mary Lou McDonald, presidenta del partido, fue hasta finales de la década de los años 90 el brazo político de la organización armada católica Ejército Republicano Irlandés (IRA).
El documento es, así, un compromiso político para deshacer el Reino Unido por parte de esas tres «naciones», que es como se las denomina coloquialmente en el Reino Unido, aunque formalmente tiene el título de «países», que en inglés ninguno de los dos implica necesariamente soberanía.
Y lo hace de la manera más desafiante posible, justo además cuando el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, se ha pasado el fin de semana declarando su apoyo a la reunificación irlandesa, que es, precisamente, lo que defiende el Sinn Féin, uno de los tres partidos firmantes del acuerdo. Las declaraciones de Trump han sentado como un jarro de agua fría en el Reino Unido, donde la prensa especula que podrían deberse a la irritación del mandatario estadounidense por la negativa de Londres a unirse en la guerra contra Irán. En todo caso, Washington tiene como objetivo declarado debilitar a Europa, a la que considera un verdadero enemigo ideológico, por lo que cualquier iniciativa que pueda potencialmente dañar a la segunda economía y una de las dos potencias nucleares del continente no es, en principio, negativa para la Casa Blanca.
Aunque el memorando no incluye expresamente la palabra «referéndum», sí contiene frases de carácter épico, como cuando afirma que «por primera vez en la historia, hay ministros principales en Escocia, Gales, e Irlanda del Norte que están comprometidos con la independencia del Reino Unido». Lo cual, a su vez, plantea la evidente contradicción de que esos «ministros principales» de los que habla el documento sean, realmente, los firmantes de este. En otras palabras: los líderes independentistas se ponen y se quitan el sombrero institucional conforme a las circunstancias.
La iniciativa también abre un tremendo melón político, legal o institucional. El caso más evidente es el de Escocia, cuyo ministro principal, John Swinney, afirmó, en la rueda de prensa posterior a la firma, que convocará un referéndum sobre la independencia para 2031, es decir, después de las próximas elecciones al Parlamento de ese territorio.
El problema es que la Justicia británica estableció en 2022 que la convocatoria de un referéndum de autodeterminación en Escocia es competencia del Parlamento de Westminster. Las posibilidades de que la secesión gane en un plebiscito distan, además, de estar claras. Por de pronto, la promesa de Swinney de convocar una consulta si conseguía la mayoría absoluta en el Parlamento escocés en las elecciones de mayo de este año se estrelló contra la realidad cuando el Partido Nacional Escocés (SNP, según sus siglas en inglés), al que pertenece, perdió votos y escaños. En esos comicios, los partidos que defienden la independencia -el SNP y los Verdes- lograron sólo el 41% del voto. Aun así, el ministro principal escocés afirmó que «los sentimientos de la gente han cambiado», acaso porque en los últimos meses hayan aparecido varias encuestas que han dado una exigua mayoría a la secesión.
El referéndum sobre la independencia de Escocia de 2014, en el que ganaron los partidarios de seguir en el Reino Unido con el 55% del voto, fue pactado por los entonces ministro principal, el nacionalista Alex Salmond, y el jefe del Gobierno británico, el conservador, David Cameron. En Gales los independentistas no tienen mayoría en su parlamento para convocar este tipo de consulta que, siguiendo el precedente escocés, debería ser aprobada en último término por Westminster. E Irlanda del Norte tiene su propio procedimiento, que también necesita el concurso de Londres.
Esos detalles, sin embargo, no frenaron el entusiasmo de los nacionalistas. Swinney declaró que el actual jefe del Gobierno británico, el laborista Andy Burnham, «será el último primer ministro del Reino Unido». McDonald, por su parte, rizó el rizo, al realizar su propio llamamiento a la independencia pese a que el Sinn Féin gobierna en Irlanda del Norte en coalición con el Partido Democrático Unionista que, como indica su nombre, favorece la permanencia en el Reino Unido. La otra co-ministra principal norirlandesa, Emma Little-Pengelly, acusó a la jefa de la oposición irlandesa, Michelle O’Neil, de «usar su puesto como si fuera un arma».
El más cauto fue el primer ministro de Gales, Rhun ap Iorwerth, que no quiso dar ninguna fecha para el presunto referéndum. El partido de ap Iorwerth, Plaid Cymru, está en el poder en Gales por primera vez desde mayo. Pero, paradójicamente, para gobernar necesita el apoyo del Partido Laborista, en el poder en Londres, y que apoya el mantenimiento del Reino Unido. Un portavoz de Burnham quitó importancia ayer al memorando y declaró que el primer ministro «no está centrado en debates constitucionales sino en bajar el coste de vida de los británicos».
Sea como sea, el documento ha añadido un toque más de tensión a la vida política del Reino Unido. Ha sido una especie de «todos contra Westminster». Y eso tiene mucha simbología. Porque Westminster no es sólo un barrio de Londres en el que está el Parlamento. También es, en el lenguaje diario, el símbolo de la vida política nacional del Reino Unido. Y, con él, de la absorción progresiva de Escocia, Gales e Irlanda dentro de Inglaterra. El Parlamento inglés de Westminster sólo se convirtió en el del Reino Unido después de que fuera reformado de modo que cupieran en él los representantes de Escocia, en 1707, y de Irlanda, en 1801. Mucho más lejana es la cuestión monárquica. En ese barrio está la Abadía de Westminster, que lleva siendo el escenario de las coronaciones de los monarcas -primero, ingleses; después, angloescoceses; y, finamente, británicos- desde el año 1066. Proclamar su final es proclamar el final del Reino Unido.
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