O Garabelo, el gallego que mató a cuatro vecinos porque le talaron los robles que ahora custodia Manuel: «Maté a cuatro y mato a cuarenta», me advirtió

Manuel Luna, el actual dueño de la finca donde se produjeron los crímenes, acude a darle de comer al puñado de vacas que cría dentro pasadas las siete y media de la tarde. El ganadero, de 69 años, se baja de un Nissan Patrol de 1987 -casi tan antiguo como el suceso que nos trae hasta su propiedad- y se coloca una bata de trabajo azul a la que se le aprecian muchas horas de faena.

 La pelea por unos árboles acabó con reguero de sangre en Gomesende (Lugo). En 25 años nadie se atrevió a comprar la finca escenario de los crímenes por miedo al homicida. Cuando Manuel Luna la adquirió, hizo un descubrimiento inesperado  

Manuel Luna, el actual dueño de la finca donde se produjeron los crímenes, acude a darle de comer al puñado de vacas que cría dentro pasadas las siete y media de la tarde. El ganadero, de 69 años, se baja de un Nissan Patrol de 1987 -casi tan antiguo como el suceso que nos trae hasta su propiedad- y se coloca una bata de trabajo azul a la que se le aprecian muchas horas de faena.

Lo hemos estado esperando en el camino que da acceso a su parcela, frente a un portón enrejado y asegurado con cerrojo y candado. Todo el perímetro -2,2 kilómetros, precisa Luna- está cercado con alambre de espino y estacas pequeñas. Los postes más cercanos a la entrada, sin embargo, son mucho más gruesos, trozos de unos viejos maderos a los que no prestaremos atención hasta que el ganadero los señale con el dedo y nos desvele su insospechada procedencia.

«Peor que en el Oeste», tituló El Caso en grandes letras mayúsculas y rojas en su portada, donde también se reprodujeron las imágenes de las cuatro víctimas mortales aún tendidas en este prado que hoy pertenece a Luna. «Talaron cuatro robles y ‘el dueño’ los mató a tiros», se apuntaba magnitud de lo sucedido en un antetítulo. «A vida por árbol», se medía en páginas interiores el coste humano de la tragedia.

Las fotografías de los cuerpos fueron tomadas en el lado opuesto a la entrada de la finca, que tiene 20 hectáreas -eran 18 entonces- y pertenece a la parroquia de Gomesende, aldea de 24 habitantes adscrita al municipio de Pol (Lugo). El terreno hacia el escenario de los crímenes, adonde Manuel Luna nos lleva en el Nissan Patrol campo a través, es una pendiente sembrada de forraje para sustento del ganado.

A medio camino se encuentra la casa de piedra gris desde cuya ventana el autor de las muertes, Marcelino Ares Rielo de nombre, O Garabelo de apodo, vio aquella mañana de nieblina las siluetas de los cuatro hombres que habían entrado en la finca, y cómo sus motosierras hacían caer a plomo el último de los cuatro robles que allí había plantados, árboles que él tenía para sombra de las vacas.

Eran exactamente las 9.20 horas del sábado 19 de noviembre de 1983, según quedó recogido en la biografía que Marcelino Ares escribió mientras cumplía pena por los crímenes en la cárcel de Lugo-Bonxe y que tituló con el mote que heredó de su madre: O’Garabelo.

Mientras nosotros viajamos de Madrid a Galicia para recabar datos sobre el terreno, el libro hace el camino contrario, procedente de la librería lucense Valín, especializada en títulos descatalogados y la única que encontramos que aún lo ofrece; dos ejemplares le quedan.

«De la primera edición vendió 6.000 libros rápidamente, volando, y tuvo que sacar otros 6.000″, nos dirá la segunda esposa del cuádruple homicida cuando la localicemos en el pueblecito de Madrid donde reside. La mujer, que pide anonimato, conoció a Marcelino Ares en un permiso carcelario y lo acompañó, ya en libertad, hasta su muerte el 5 de febrero de 2005. A O Garabelo lo mató una leucemia a los 70 años de edad.

De la lectura de las 420 páginas que ocupan sus memorias se concluye, entre otras cosas, que fue un hombre de bandazos. Nació un 20 de enero de 1935 en O Chao do Pousadoiro, a una decena de kilómetros de los robles de la discordia. Sexto de ocho hermanos, sus padres sortearon las penurias de la posguerra exprimiendo cuatro vacas arrendadas. Adquirió la sordera que le atribuyen sus semblanzas a los 12 años, cuando le explotó un artefacto que encontró mientras pastoreaba.

El suceso, en la portad de 'El Caso'.
El suceso, en la portad de ‘El Caso’.FUSP-CEU

Realizó el servicio militar y emigró a Madrid, donde fue saltando de un oficio a otro: mozo de carga, peón de albañil, taxista, carbonero, guía turístico... A finales de los 60 regresó a su tierra para regentar un bar en Meira, aventura que sólo duró tres años porque el local se incendió. Con la indemnización que le dio el seguro decidió probar otra vez suerte en Madrid y emprendió un negocio aun más ambicioso.

Asociado con dos de sus hermanos, a finales de 1974 abrió en Buitrago de Lozoya el Hostal Ares. Calificado con dos estrellas, con comedor para 100 personas y permiso para abrir las 24 horas del día, era muy frecuentado por expertos cazadores como él. Pero no se entendieron bien los hermanos Ares y acabaron vendiendo el hostal y repartiendo.

Finalizada la aventura hostelera, O Garabelo resolvió retornar de nuevo a su Galicia natal para convertirse en ganadero. En marzo de 1981 cerró el trato con la propietaria de la finca que hoy recorremos de la mano de Manuel Luna -cinco millones de pesetas, 30.000 euros al cambio actual, acordó con Nicasia- y se trasladó a vivir a la casa de piedra gris con su primera mujer, una paisana gallega a la que había cortejado por carta desde Madrid, y los dos hijos que había tenido con ella.

Contextualizado el personaje, nos adentramos ahora en el móvil del suceso: ¿por qué tenían aquellos hombres tanto interés en los cuatro robles?, ¿por qué Marcelino Ares echó mano de la escopeta para vengar su tala? Sepa el lector que acababa de producirse en la zona una concentración parcelaria.

Llevada a cabo por el Instituto Nacional de Reforma y Desarrollo Agrario (Iryda), su objetivo era agrupar las diminutas parcelas que conformaban entonces el paisaje rural gallego y dar lugar a explotaciones más grandes, vastos prados que alimentaran a las vacas e impulsaran el sector ganadero y lechero.

En la finca que compraba O Garabelo había retazos que antes habían pertenecido a otros vecinos y no todos los flecos de los traspasos se habían cerrado con un amistoso apretón de manos. Estaban por ejemplo aquellos cuatro carballos -así nombran en Galicia a los robles- que José Díaz Folgueira, de 67 años, más conocido como Maxistro, reclamaba por estar enraizados en tierra que antes había sido suya. Marcelino Ares asegura en el libro que, a cambio de que le dejara quedarse los cuatro robles, le dio un buen número de abedules, todos los que él quiso llevarse.

Días antes de que Marcelino se cobrara una vida por árbol ya tuvo una primera refriega con Maxistro, al que encontró en su finca junto a los robles, solo, con un motosierra en una mano -«había dado poco más que en la cáscara de uno de ellos con la sierra», dice en el libro- y un pedrusco en la otra. «Deja la piedra y échate fuera, que no mereces nada más que partirte los huesos por liante y por traidor», lo espantó O Garabelo.

El 19 de noviembre de 1983, sin embargo, Maxistro regresó con refuerzos. Lo acompañaban su hijo, José Luis Díaz Vila, de 28 años, su cuñado, José Manuel Vila Feijoo, de 55, Cándido Llanes Llamas, de 53 años y dueño del aserradero al que iba a vender los carballos, y el hijo de éste, Javier Llanes Doval, de 24, el único superviviente. Más adelante se contará cómo logró escapar a la furia de O Garabelo.

«Ellos pensaban que no había nadie en la finca, porque aquel día iban a ir todos a Madrid a la jura de bandera del fillo de O Garabelo, pero de noite acordaron que fuera la mujer sola; él se quedaba, no sé qué traballo tenía que hacer», cuenta Manuel Luna intercalando palabras gallegas y señalando a la casa de piedra gris. «Entonces, por la mañana, el hombre que tenía en la finca para que le ayudara fue a buscarlo a la casa y le dijo: ‘Andan ahí con el motosierra’. Y desde la ventana O Garabelo los vio»,

Si maneja todos estos detalles no es porque los haya leído en el libro, sino porque se los contó el propio Marcelino. Tras entrar en prisión -a 56 años de cárcel fue condenado, 14 por cada víctima-, la tierra por la que había matado quedó en el abandono. Durante las dos décadas siguientes fue pasto de la maleza sin que nadie se atreviera siquiera a preguntar por ella.

«La mayoría de la gente pensaba que la finca era de O Garabelo», explica Luna. «Yo, cuando vi la finca y la casa, y me interesó, la primera cosa que hice fue ir al Registro de la Propiedad a mirar cómo estaba. Resulta que O Garabelo la compró a plazos y no llegó a escriturarla. Por esa razón, la finca seguía siendo de la señora anterior, Nicasia. Y antes de comprarla, intenté hablar con O Garabelo, porque yo no me quería meter aquí sin saber qué tenía él previsto hacer con la finca. Es que mató a cuatro personas por defender su propiedad y yo quería estar tranquilo. Hay que ser prudente en la vida«.

"Una vida por árbol", tituló 'El Caso' en páginas interiores.
«Una vida por árbol», tituló ‘El Caso’ en páginas interiores.FUSP-CEU

Pese a que la finca ya no pertenecía a O Garabelo, Luna condujo más de 600 kilómetros hasta Buitrago de Lozoya (Madrid), a donde le dijeron que se había trasladado el homicida tras recobrar la libertad. El dato era erróneo, allí no vivía, pero no estaba lejos el bar que había puesto en marcha. «Un restaurante árabe/gallego», dice Luna. Una extraña mezcla gastronómica que cobrará sentido cuando sepamos que su segunda esposa es de origen marroquí.

El encuentro debió de producirse poco antes de la muerte de O Garabelo, sobre 2004, porque Luna lo recuerda ya bastante enfermo. «Llegué allí y me presenté: ‘Buenas, soy fulano de tal. Yo vengo porque dicen que aquella finca está en venta y quería saber cómo tenías aquello’. ¿Y sabes qué me dijo? ‘No te imaginas cómo agradezco tu visita’. Dijo: ‘Maté a cuatro y mato a cuarenta; mientras viva yo, allí no va a entrar ningún chulo sin mi permiso’. Dijo: ‘La finca la vas a comprar tú por las buenas formas que tienes'».

Luna regresó a Lugo con la bendición de O Garabelo, cerró el trato con Nicasia -«en septiembre hará 20 años, dice»- y se puso a limpiar la finca.

-Quité la leña, la arena y desbrocé para ponerlo todo de prado. Y entonces encontré los carballos. Los carballos son estos», -dice girándose y señalando a postes que jalonan el camino que conduce a la puerta de entrada a la propiedad.

-¿Cómo?, ¿estos son los carballos?, preguntamos con cierto asombro.

-Sí, sí, estos son. Estaban allí tirados, allí abajo, ya cortados. Al matar a los paisanos, los carballos quedaron allí, -explica en la entrada de la finca señalando al otro lado de parcela, al rincón opuesto de la derecha-. Los corté e hice unas estacas: esta, esta, esta, aquella… Los quise conservar porque a mí me hacían falta estacas para cerrar la finca y sé lo resistente que es esta madera, esto dura mil años.

-¿No le dio ningún tipo de mal fario?

-No no no, a mí no me dio… los encontré allí y los traje para arriba. Sé que eran aquellos árboles pero a mí eso ni me va ni me viene.

Le contó O Garabelo a Luna también cómo sucedieron exactamente los hechos, pero esta parte preferimos que la relate el propio homicida por boca de su libro. La secuencia comienza con Manolo [la persona que tenía contratada para que le ayudara con los trabajos de la finca] yendo a despertarle. Le dice que Maxistro y otros hombres están cortando los carballos. O Garabelo se levanta, se asoma a la ventana, los ve y decide ir a confrontarlos.

Lleva con él una pistola de fogueo -«una imitación perfecta a la del modelo 8 milímetros»-, pensando que si la cosa se ponía fea el arma ficticia los ahuyentaría. Llega donde están ellos, intercambian varios reproches y uno le golpea con un azadón en la espalda. O Garabelo saca la pistola falsa y aprieta el gatillo, pero el arma falla. Se ve entonces, siempre según su relato, atacado por todas partes. En el rifirrafe logra quitarle el hacha a uno de ellos y huye hacia la casa.

Marcelino Ares, O Garabelo, falleció en 2005 con 70 años.
Marcelino Ares, O Garabelo, falleció en 2005 con 70 años.

Recoge en el libro Marcelino varias expresiones que llevan a concluir que se trató de un crimen de orgullo: «En parte ofendido y sintiendo el daño moral, que dejaría mi imagen personal por los suelos…», «no tener que soportar la humillación de comentarios malintencionados…».

El caso es que cogió la escopeta -esta vez la de verdad»-, y salió de nuevo de la casa «pensando en qué modo y qué decirles para que se marcharan».

«Me paré y con el arma a media altura dije.

-¿Ahora qué?

Nadie contestó nada. Al que me había dado con el azadón, que era el que estaba en el centro de la media luna, enfrente de mí, le dije:

-Tú eres un hijo de puta.

Momento en que Maxistro, que se encontraba a la derecha, dijo:

-Venga.

Una indescifrable mezcla de síntomas patológicos, ofuscación y descontrol me invadió y, sin más palabras ni esperas, en espacio de segundos, disparé contra todo el que se moviera o no. Tardé escasos segundos en recuperarme de la situación anterior y reconocer la gravedad del momento. ¡Dios mío!, pero ya no tenía remedio».

Junto a los carballos talados quedaron muertos Maxistro, el hijo de Maxistro, el cuñado de Maxistro y Cándido, el dueño del aserradero. A uno de ellos O Garabelo le disparó dos veces y el arma cargaba cinco cartuchos, lo que hizo pensar que Javier Llanes, el hijo Cándido, se había salvado porque no había munición para él. El joven se encontraba fuera de los dominios de O Garabelo, en el camino que linda con la finca, al volante de la carroceta [un camión pequeño] en la que tenían pensado llevarse los árboles.

En su encuentro con O Garabelo, Luna se sintió con la confianza suficiente como para preguntarle por ello.

-Entonces, ¿por qué lo dejaste vivo? ¿terminaste los tiros o qué?

-No, no. Lo dejé porque estaba fuera de la finca. Se arrodilló y me dijo: ‘Que tengo dos hijos pequeños’. ‘Venga, vete y a ver cómo declaras’.

El superviviente tiene hoy 66 años y vive en una casita de dos plantas en Meira. No está cuando tocamos el timbre de su puerta a media mañana. El aserradero, del que se hizo cargo tras la muerte de su padre, está cerrado a cal y canto y tiene colgado un cartel de «se alquila». Javier, nos cuentan en una nave cercana a la suya, ya se ha jubilado. «No quiero saber nada de ese tema», nos dirá desde el balcón de su casa cuando por fin lo localizamos a última hora de la tarde.

Tampoco Mari Carmen de Maxistro -así conocen a la hija de Maxistro-, quien tenía 27 años cuando sucedieron los hechos, está dispuesta a remover los recuerdos. «Perdí a mi padre, a mi hermano y a mi tío», nos dice antes de disculparse y cerrar la puerta de su casa.

 Noticias de España

Noticias Similares