Ni la seducción ni la excitación nacionalista servirán a Rabat para colmar sus aspiraciones territoriales sobre Ceuta y Melilla. Decenas de miles de jóvenes marroquíes que huyen de la miseria son la prueba de una desafección profunda, de la voluntad desesperada de dejar atrás un régimen incapaz de dar aliento a sus hijos más desvalidos.
Ni la seducción ni la excitación nacionalista servirán a Rabat para colmar sus aspiraciones territoriales sobre Ceuta y Melilla
Ni la seducción ni la excitación nacionalista servirán a Rabat para colmar sus aspiraciones territoriales sobre Ceuta y Melilla. Decenas de miles de jóvenes marroquíes que huyen de la miseria son la prueba de una desafección profunda, de la voluntad desesperada de dejar atrás un régimen incapaz de dar aliento a sus hijos más desvalidos.
Rabat no ganará esa batalla haciéndose deseable ante quienes viven al otro lado de la frontera, pero sí puede hacer que la vida en esos lugares sea cada vez más tortuosa. Y necesita de la abulia de las autoridades españolas para conseguirlo. Si el propósito es hacer que esas plazas se conviertan en inhabitables en las próximas décadas, el experimento de este verano ha sido tremendamente exitoso.
Más de dos semanas después del asalto masivo, los servicios básicos de Ceuta siguen desbordados, con 84.000 vecinos atemorizados por la inseguridad en sus calles, obligados a convivir con casi 10.000 personas que permanecen en la ciudad autónoma ocupando amplios espacios públicos.
El episodio demuestra una capacidad enorme para incrementar la presión social y política en pocas horas, duplicando la población de Ceuta en un solo día y generando un profundo debate interno en España y la Unión Europea.
La avalancha sirve también de aviso a futuro. Señala la fragilidad de la frontera y establece un chantaje permanente que desincentiva cualquier proyecto de vida en esa parte del país, insinuando que el coste de mantener la soberanía es demasiado elevado. ¿Qué pasará si, en vez de 80.000 entradas, la cifra se dobla en el futuro? ¿Qué ocurrirá si en la próxima ocasión la mayoría de ellos no regresa? ¿O si entre los asaltantes hay grupos organizados para fomentar un caos mayor? En vez de responder con firmeza y disuasión, del Gobierno solo se han escuchado halagos a la gestión marroquí por readmitir a buena parte de los nacionales que previamente alentaron a pasar a España.
A la presión demográfica se suma la asfixia económica que Marruecos practica desde hace años, modulando el paso de mercancías en las aduanas. Lo hace a pesar de la mejora de la relación con Madrid, una vez entregado el Gobierno de España a las tesis marroquíes sobre el Sáhara Occidental mediante una maniobra revelada, de manera humillante, por el palacio real de Marruecos.
Las cesiones de los últimos años empequeñecen los complejos de este y otros gobiernos de España a la hora de defender el estatus de esas plazas. Hay innumerables síntomas de tibieza: desde la aparente imposibilidad de autorizar una visita del Rey hasta la tardanza en el despliegue del Ejército durante el 30-J o la falta de ambición para proteger y desarrollar plenamente dos territorios de gran importancia estratégica. Ni siquiera se ha impulsado el plan de seguridad integral para Ceuta y Melilla prometido en 2021, poco después del primer asalto masivo a la frontera ceutí.
El miedo a incomodar a Marruecos significa asumir indirectamente una parte del relato de Rabat y es un factor decisivo para que pueda lograr sus objetivos. Ya que no consigue alcanzarlos mediante la superioridad militar o el atractivo económico, necesita la complicidad de España, de su desidia y sus momentos de debilidad, para aproximarse a esas metas.
Internacional. Noticias internacionales. Última hora
