Mark Hume McCormack nació en 1930 en Chicago. Su padre, Ned McCormack, era editor; su madre, Grece Wolfe de soltera, era hija del Comisionado de Obras Públicas de la ciudad. A los seis años, el pequeño Mark fue atropellado y sufrió fractura de cráneo. Se restableció, pero el médico le proscribió los deportes de contacto, así que el padre, buen practicante del golf, se lo llevaba a jugar junto a dos influyentes amigos, el fiscal que encarceló a Al Capone, George E.Q. Johnson, y el poeta e historiador Carl Sandburg, padrino del propio Mark, que como se ve, nació en buena cuna y creció rodeado de un ambiente cómodo e instruido.
Visionario de la explotación de derechos de los deportistas, llegó a crear un imperio a partir de su sociedad con Arnold Palmer en los 60. McEnroe, las Williams o Schumacher, estre sus estrellas
Mark Hume McCormack nació en 1930 en Chicago. Su padre, Ned McCormack, era editor; su madre, Grece Wolfe de soltera, era hija del Comisionado de Obras Públicas de la ciudad. A los seis años, el pequeño Mark fue atropellado y sufrió fractura de cráneo. Se restableció, pero el médico le proscribió los deportes de contacto, así que el padre, buen practicante del golf, se lo llevaba a jugar junto a dos influyentes amigos, el fiscal que encarceló a Al Capone, George E.Q. Johnson, y el poeta e historiador Carl Sandburg, padrino del propio Mark, que como se ve, nació en buena cuna y creció rodeado de un ambiente cómodo e instruido.
Se graduó en Derecho en Yale y tras el servicio militar entró como abogado en la firma Arter & Hadden, de Cleveland. Siguió jugando al golf, participó en torneos de aficionados por todo el país, incluso por Inglaterra, y hasta en el Abierto de Estados Unidos en 1958. Al bufete acudían a veces jugadores profesionales de golf en busca de consejos fiscales o sugerencias para invertir sus ingresos, nada despampanantes para la época. Y como practicaba ese deporte, la empresa se los derivaba a él. Entre los clientes estaba Arnold Palmer, al que conocía desde que ambos eran jóvenes jugadores, y en 1960 sugirió firmarle un contrato para representarle en exclusividad. McCormack ya había comprendido que los deportistas de élite eran sin sospecharlo activos comercializables. Quizá le impulsó a ello el éxito de los polos lanzados por los ex tenistas René Lacoste y Fred Perry con sus logos, el cocodrilo y el laurel.
McComack y Palmer se pusieron de acuerdo con un apretón de manos, y el primero comenzó a conseguirle al segundo exhibiciones y contratos publicitarios. Publicitar otros productos resultaba más sencillo que crear uno propio, como Perry y Lacoste. ««Buscamos que las empresas puedan usar el deporte para entretener a sus clientes y vender sus productos, pues las personas más admiradas en el mundo son los deportistas», explicó.
Gary Player se interesó por el asunto, le preguntó a Palmer, y este no tuvo problemas en compartir su manager. Pronto se sumó Jack Nickalus. Con ellos tres, la empresa creada por el joven abogado, International Management Group (IMG), despegó con fuerza. Eran años propicios: la televisión se extendía, los deportes ocupaban cada vez mayor espacio en la programación y sus personajes encarnaban valores positivos como esfuerzo, deportividad, destreza, salud…
Eran admirados para todo el mundo, a cualquier marca publicitaría le haría bien asociarse a su imagen. Eso sí: sólo trabajó en deportes individuales, no en los de equipo, proclives a fricciones. Al golf le siguió el tenis y a este el esquí mediante la figura del francés Jean Claude Killy (que en sus memorias recuerda cómo le chocó su corbata chillona y rupturista), lo que dio lugar a grandes quebraderos de cabeza a los últimos guardianes del culto al amateurismo. El esquí era olímpico, no así el golf y el tenis, tempranamente profesionalizados y repudiados por los JJ.OO. Aun se discutía si eran profesionales los esquiadores que cobraban por dar clases de su deporte cuando de golpe se les vio posando para anuncios de marcas de esquís, botas, gorras, monos impermeables… Avery Brundage, durísimo en sus principios, sufrió una humillación en Grenoble’68 cuando intentó una cadena de descalificaciones de la que se tuvo que echar atrás, pero se tomó la revancha en Sapporo’72 en la persona del austriaco Karl Schranz, que había hecho imprudente alarde público de sus ingresos en una entrevista de prensa.
IGM creció y se diversificó. Saltó de lo que entonces aún se conocía como deportes de ricos a la música clásica, los comentaristas célebres de televisión y el mundo de las modelos. Desarrolló departamentos de producción y distribución televisiva (TWI, que llegó a ser líder mundial), de vallas de publicidad, instalación de carpas, diseño y construcción de campos de golf, zonas de recreo para resorts de lujo, creación de eventos, agencia literaria, agencia de modelos, diseño de logotipos… Tuvo a su cargo la Clasificación Oficial Mundial de Golf, creó el Mundial Match Play de Golf y el Skins Game. Fue feliz su iniciativa de fundir la marca Rolex con la idea de lujo elegante y sobrio, de ser más que parecer. Él lo lucía y también sus más célebres representados. («Se puede tener un Rolex y no sentirse superior. Pero es difícil»). Hasta asesoró en alguna ocasión a Margaret Thatcher («Lo malo del socialismo es que tiende a apropiarse del dinero de los demás») y a Gorbachov, montó escenarios para el Papa Woyjtila, trabajó para la Academia Nobel, la Institución Smithsonian, Wimbledon, Saint Andrews…
Mirado al principio con feroz desconfianza por los dirigentes de viejo cuño, ya en 1990 Sports Illustrated le incluyó entre sus 40 personas más influyentes del deporte en los últimos 40 años. IMG fue un viento arrasador que modificó los usos y rendimientos de esa actividad, algo de lo que pudieron dar fe, aparte de los citados Palmer, Player y Nicklaus, grandes como Joe Montana, Martina Navratilova, John Mac Enroe, Pete Sampras, Serena Williams, Venus Williams, Chris Evert, Derek Jeter, Kiri Te Kanawa, Vince Carter, Jeff Gordon, Peyton Manning, Rich Gannon, John Madden, Bob Costas, Mchael Johnson, Gisele Bundchen, Jack Welch, Elizabeth Hurley, Liv Tyler, Itzhak Perlman, Michael Schummacher, Jennifer Capriati, Segio García, Annika Soresmann…
Dejó una nube de libros sobre marketing, negociación y relaciones interpersonales, de obligado estudio en el sector. Algunos títulos destilan una simpatía irónica: «Lo que no te enseñan en la Escuela de Negocios de Harvard», «La terrible verdad sobre los abogados», «Nunca luches con un cerdo y otras 90 ideas para lanzar tu negocio y tu carrera». Tuvo una columna de prensa de difusión internacional («Secretos del éxito») y un boletín para ejecutivos.
Sus máximas eran jamás decir «yo» en una conversación (siempre mostraba un interés cerrado en lo que preocupaba a su interlocutor) y no fallar jamás a una cita: «El que confía en su memoria es un tonto engreído; no hay mejor memoria que un fuerte lápiz y una 3×5», decía.
Casado en 1954, tuvo con su primera esposa dos hijos y una hija, ejecutivos de la empresa en Shanghai, Londres y Cleveland. Tras divorciarse, se casó en 1986 con Betsy Nagelsy, tenista de cierto éxito en dobles, con la que tuvo otra hija. De su fracaso matrimonial debió de quedarle algo dentro, porque a finales de los noventa reflexionó así: «Antes de la eternidad tenemos una cantidad limitada de tiempo. El uso de ese tiempo es algo muy crítico, Tienes que terminar tu día a tiempo y proteger tu tiempo libre, tu tiempo con la familia, hacerlo más importante que la reunión de negocios más importante. He aprendido eso al hacerme mayor». Se enfrascó en la lectura de la Biblia, que leyó íntegra, del Génesis al Apocalipsis, en un año.
No pensaba en jubilarse («la gente se jubila para hacer sólo una fracción de las cosas que afortunadamente yo hago todos los días») cuando enero de 2003, con 72 años, sufrió un ataque cardíaco del que murió en mayo, tras cuatro meses en coma. IMG tenía 3.000 empleados repartidos entre 130 empresas y 32 países. Entre los muchos premios y distinciones que adornaban su salón estaba la Real Orden de la Estrella Polar, otorgada por el Rey de Suecia por sus contribuciones a la Fundación Nobel. La familia solicitó que en lugar de flores para su entierro enviaran contribuciones para los proyectos educativos y deportivos que él seguía impulsando en su el William & Mary College.
Noticias de Deportes

