Hay personas que son intocables para Donald Trump. Natalie Harp es una de ellas, la fiel y devota ayudante del presidente de Estados Unidos. Pasa mucho más tiempo con él en la Casa Blanca que su mujer, Melania Trump, encargada de proveerle e imprimir todos los documentos que necesita leer a diario. Por eso la llaman «la impresora humana», un apodo que se ganó por seguir constantemente a Trump con una impresora portátil, entregándole copias en papel de correos electrónicos y artículos en lugar de que él los lea en pantalla. La prueba del fervor que le profesa el republicano es la reacción furiosa de la Casa Blanca ante unas críticas a Harp por parte de un senador demócrata, Jon Ossoff.
El senador demócrata Jon Ossoff carga contra una de las mujeres más fieles del equipo del presidente, apodada «la impresora humana»
Hay personas que son intocables para Donald Trump. Natalie Harp es una de ellas, la fiel y devota ayudante del presidente de Estados Unidos. Pasa mucho más tiempo con él en la Casa Blanca que su mujer, Melania Trump, encargada de proveerle e imprimir todos los documentos que necesita leer a diario. Por eso la llaman «la impresora humana», un apodo que se ganó por seguir constantemente a Trump con una impresora portátil, entregándole copias en papel de correos electrónicos y artículos en lugar de que él los lea en pantalla. La prueba del fervor que le profesa el republicano es la reacción furiosa de la Casa Blanca ante unas críticas a Harp por parte de un senador demócrata, Jon Ossoff.
El político de Georgia, en plena carrera por su reelección en las elecciones de medio mandato de noviembre, aprovechó un mitin de campaña en Atlanta para criticar la gestión de Trump en Irán por estar centrado en asuntos más banales. «No quiere hacer el trabajo. Quiere construir su salón de baile (en la Casa Blanca) y viajar con Natalie en su palacio volador aparentemente indefenso que le regaló el emir de Qatar», señaló Ossoff.
Su comentario desató las iras del trumpismo, empezando por el director de comunicación de la Casa Blanca, Steven Cheung, que le consideró como «el mayor perdedor» que hay en política. «En lugar de denigrar a personas trabajadoras que sirven a su país, Jon debería mirar en lo más profundo de su alma y preguntarse por qué es una persona miserable que odia a este país. Es porque es un demócrata radical y extremista», escribió.
Davis Ingle, portavoz de la Casa Blanca, indicó por su parte que Harp «es una de las colaboradoras más leales y trabajadoras del equipo del presidente Trump», para después describir a Osoff como «un tipo patético y afeminado, un chico de teatro que juega a imitar a Barack Obama. A nadie le importa un bledo lo que diga este perdedor insignificante».
Es evidente que Ossoff tocó una fibra sensible al atacar a Harp, una mujer de 35 años que con el tiempo se ha convertido en una figura fundamental para el presidente. Llegó a dejar una nota escrita a Trump rayando en el romance de folletín: «Eres lo único que importa». Siempre está a su lado, tanto en actos oficiales de campaña como en viajes al extranjero o en sus planes de fin de semana, cuando se traslada hasta su residencia de Mar-a-Lago, en Florida. Encaja, además, con el prototipo de mujer del que suele rodearse el magnate inmobilario: rubia, alta, elegante, profundamente cristiana y devota de su ideario.
En su nuevo libro, Regime Change: Inside the Imperial Presidency of Donald Trump, los periodistas de The New York Times,Maggie Haberman y Jonathan Swan, desmenuzan la peculiar relación de Trump y Harp, especialmente el poder que ha ido acumulando su asistente en la Casa Blanca. En un fragmento, el mandatario insta a Harp a desautorizar a los miembros del gabinete cuando busca cifras que encajen con sus ideas preconcebidas sobre el comercio nacional e internacional. En un podcast de The Daily Beast, Joanna Coles y Hugh Dougherty apuntaban que «ella alimenta sus delirios: le ofrece un sinfín de elogios que imprime a partir de publicaciones aleatorias en redes sociales y está con él las veinticuatro horas del día».
Su poder e influencia es enorme. Es ella la que le ayuda con sus publicaciones en redes sociales y la que controla lo que lee el presidente, imprimiendo constantemente documentos de lo que se publica en redes y en distintos medios. Desde hace tiempo sabe cómo contentar a su jefe y qué clase de material está buscando.
Nacida en 1991 en una familia de profundas raíces cristianas, Harp creció en California, donde ella y su hermano Preston fueron educados en casa (homeschooling) por sus padres, con su madre liderando el proceso usando libros de texto cristianos. Preston describe a su madre como «extremadamente conservadora» y «profundamente religiosa», mientras que Natalie era la hija obediente que seguía sus instrucciones al pie de la letra. Su hermano, en cambio, se rebeló: escuchaba rock, patinaba y leía a autores como Carl Sagan y Jack Kerouac, llegando incluso a que su madre lo obligara a tirar sus cartas de Pokémon por considerarlas «demoníacas».
Su padre, Robert Harp, había estudiado para ser pastor y más tarde se convirtió en profesor en Biola University, una institución cristiana evangélica en La Mirada, California. Murió inesperadamente en su casa el 17 de julio de 2020, a los 61 años.
A su hija le diagnosticaron cáncer de hueso. Por un error médico durante una terapia intravenosa sufrió complicaciones graves. Fue rechazada de ensayos clínicos y, tras fallar varias quimioterapias, recibió un fármaco de inmunoterapia aprobado por la FDA pero no autorizado para su caso específico. Esta experiencia personal es la que la catapultó a la fama pública en 2019, cuando agradeció a Trump por salvarle la vida.
Su lealtad y devoción hacia Trump le abrieron las puertas de su círculo íntimo. Tanto, que ha despertado celos y recelos de una parte del equipo de la Casa Blanca, que se sienten desautorizados por una simple asistente personal. Queda claro que, a estas alturas, es mucho más que eso.
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