Banderas rojas a media asta en edificios gubernamentales y un discreto refuerzo de la seguridad en el corazón político de Pekín. En una escenografía medida al milímetro, China despidió el martes a Zhu Rongji, el ex primer ministro fallecido la semana pasada a los 97 años. Apenas se difundieron imágenes del funeral y en las redes sociales los censores vigilaron los homenajes que se apartaban del guion oficial.
La muerte del ex primer ministro reformista Zhu Rongji reactiva el temor histórico de Pekín a que los homenajes públicos se conviertan en críticas contra el Gobierno de Xi Jinping
Banderas rojas a media asta en edificios gubernamentales y un discreto refuerzo de la seguridad en el corazón político de Pekín. En una escenografía medida al milímetro, China despidió el martes a Zhu Rongji, el ex primer ministro fallecido la semana pasada a los 97 años. Apenas se difundieron imágenes del funeral y en las redes sociales los censores vigilaron los homenajes que se apartaban del guion oficial.
Zhu no fue un dirigente cualquiera: fue uno de los grandes arquitectos de las reformas económicas que abrieron China al mundo a finales del siglo pasado. Y recordar demasiado aquella época puede conducir a comparaciones y críticas que no gustan en el actual poder chino.
Que se lo digan al economista Zhao Jian, que publicó en su canal de WeChat, equivalente a WhatsApp, un ensayo recordando aquellos años en los que los chinos eran «verdaderamente pobres», pero donde «la gente podía decir lo que realmente pensaba». La publicación fue censurada.
El Gobierno chino conoce bien el peligro de funerales donde los elogios se salen del control. Algunos de los mayores estallidos de descontento comenzaron alrededor de una corona de flores. La muerte del primer ministro Zhou Enlai en enero de 1976 dejó uno de los primeros grandes precedentes del temor del Partido Comunista al duelo colectivo. Meses después, decenas de miles de personas llenaron la plaza de Tiananmen de coronas, poemas y mensajes en su memoria. El homenaje pronto adquirió una dimensión política: ensalzar al popular Zhou se convirtió también en una manera indirecta de criticar a los sectores radicales que dominaban los últimos meses de la era de Mao. Cuando las autoridades retiraron las ofrendas, la indignación desembocó en protestas y enfrentamientos con la policía.
Más de una década después, la muerte del reformista Hu Yaobang demostró una vez más el potencial político del duelo colectivo. Su fallecimiento en abril de 1989 fue una de las chispas que encendieron las movilizaciones estudiantiles en Pekín: los homenajes en su memoria dieron paso a demandas contra la corrupción y a favor de una mayor apertura democrática, que culminaron en las protestas de la Plaza de Tiananmén, aplastadas por el ejército chino la noche del 3 al 4 de junio en una represión que dejó un saldo de muertos que, casi cuatro décadas después, Pekín aún no ha aclarado.
El Partido Comunista tomó nota de todo esto y con la llegada de las redes sociales no hubo duelo público que no pasara el filtro de la tijera censora. Un caso más reciente fue la muerte del ex presidente Jiang Zemin en 2022. Jiang había pilotado junto a Zhu Rongji la gran apertura económica de finales de los 90 fue el presidente que condujo al gigante asiático hasta la Organización Mundial del Comercio. Su figura despertó una inesperada nostalgia, sobre todo entre jóvenes que apenas habían vivido aquella época pero que contemplaban el pasado como un periodo menos rígido y con mayores expectativas económicas.
El mismo nerviosismo volvió a sentirse en 2023 con la repentina muerte de Li Keqiang, primer ministro durante una década. Economista de formación y defensor de algunas reformas de mercado, para muchos observadores Li había terminado políticamente eclipsado por Xi. Su fallecimiento provocó homenajes espontáneos y convirtió de nuevo el duelo en un terreno delicado: elogiar al antiguo primer ministro podía interpretarse como una crítica indirecta al rumbo mucho más centralizado seguido por su antiguo jefe.
Todo este mecanismo no afecta únicamente a las grandes figuras políticas. Existe una larga tradición de administrar también el dolor provocado por catástrofes, accidentes y matanzas. La prioridad es impedir que una tragedia se transforme en una protesta colectiva y que las preguntas sobre responsabilidades terminen señalando a las instituciones.
Esto se vio con crudeza después del atropello masivo de Zhuhai, en el sur del país, donde un conductor embistió en 2024 con su todoterreno a decenas de personas alrededor de un centro deportivo. Murieron 35. Durante los días posteriores, los vecinos dejaron coronas de flores y velas junto al lugar de la matanza. La policía fue retirando las ofrendas mientras las autoridades habilitaban un espacio controlado dentro del complejo al que únicamente podían acceder familiares. En internet, las críticas por el retraso con el que se informó de la tragedia fueron eliminadas.
Es en estos momentos cuando aparecen unos personajes habituales en las grandes tragedias chinas: los llamados «consejeros de duelo». Sobre el papel son psicólogos, trabajadores sociales y funcionarios movilizados para acompañar a familiares devastados. En la práctica cumplen también otra función mucho más política: vigilar que el dolor no haga demasiado ruido, evitar contactos con periodistas y contener cualquier reclamación pública que pueda alterar la obsesiva estabilidad social que persigue el Partido.
Tras el accidente de un Boeing 737 de China Eastern Airlines que se estrelló en Guangxi en marzo de 2022, que dejó 132 muertos, un familiar de una de las víctimas relató a este periódico cómo aquellos supuestos asistentes comenzaron consolándolo y terminaron presionándolo para que dejara de hacer preguntas. Cuando posteriormente narró su experiencia en las redes sociales chinas, sus publicaciones fueron eliminadas. Después llegaron llamadas de las autoridades y hasta una visita a su domicilio advirtiéndole de que podía ser detenido por «buscar peleas y provocar problemas», uno de los delitos utilizados habitualmente contra activistas y voces críticas.
El precedente más dramático se remonta al terremoto de Sichuan de 2008, la mayor catástrofe sufrida por China este siglo, que dejó alrededor de 88.000 muertos. Entre ellos había más de 6.000 niños fallecidos en escuelas derrumbadas. Cuando los padres comenzaron a denunciar la deficiente construcción de muchos edificios y a reclamar responsabilidades, las autoridades movilizaron personal para contener las protestas. Se llegó a recomendar que fueran vigiladas las personas susceptibles de «socavar la estabilidad social» o consideradas problemáticas.
Ese concepto, la estabilidad, explica buena parte de la obsesión por controlar incluso algo tan íntimo como la muerte. Pekín no teme las flores, las velas o los mensajes de despedida por sí mismos. Teme lo que puede ocurrir cuando miles de personas descubren que comparten la misma indignación. Una víctima puede provocar compasión; miles de ciudadanos reunidos alrededor de ella pueden convertirse en una multitud. Y una multitud, en la memoria política del Partido Comunista, siempre encierra una posibilidad de desobediencia.
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