Corría el verano de 2024, exactamente el 20 de agosto, cuando unos agentes lituanos hallaron en una vieja tumba en el cementerio de Kaunas, bajo unas flores artificiales, unas misteriosas latas de maíz. El descubrimiento no fue casual. Se había producido un chivatazo desde Polonia: alguien estaba dejando por Lituania explosivos ocultos en envases de hojalata. Posteriormente, se encontrarían más artefactos por todo el país casi idénticos, provistos de placas metálicas y hendiduras circulares, capaces incluso de provocar una explosión equivalente a cuatro granadas de mano.
Corría el verano de 2024, exactamente el 20 de agosto, cuando unos agentes lituanos hallaron en una vieja tumba en el cementerio de Kaunas, bajo unas flores artificiales, unas m
Corría el verano de 2024, exactamente el 20 de agosto, cuando unos agentes lituanos hallaron en una vieja tumba en el cementerio de Kaunas, bajo unas flores artificiales, unas misteriosas latas de maíz. El descubrimiento no fue casual. Se había producido un chivatazo desde Polonia: alguien estaba dejando por Lituania explosivos ocultos en envases de hojalata. Posteriormente, se encontrarían más artefactos por todo el país casi idénticos, provistos de placas metálicas y hendiduras circulares, capaces incluso de provocar una explosión equivalente a cuatro granadas de mano.
Los detalles han sido desvelados estos días por una red de periodistas de investigación pertenecientes a medios internacionales como POLITICO, ‘Die Welt’, ‘Bild’ o ‘The Telegraph’. Este grupo de reporteros europeos ha tenido acceso a esta información y ha descubierto además que otra lata de características similares fue encontrada este verano, también en agosto (el día 4) y esta vez en Alemania en lugar de en Lituania. En concreto, en el dron que chocó contra el ala de un avión ucraniano en el aeropuerto de Leipzig. Tras el impacto, el aparato no tripulado cayó a la pista. Llevaba atado un envase de hojalata lleno de explosivos similar a los lituanos. Afortunadamente, no llegó a estallar tampoco en territorio germano.
El ataque frustrado del dron fue condenado por el canciller alemán, Friedrich Merz, abriéndose una investigación que arrojó una acusación rotunda y directa: el autor fue Rusia. Y así se anunció de manera oficial. Algo inédito en Berlín, siempre tan cauta con Moscú, con ex cancilleres amigos íntimos de Vladimir Putin (léase Gerhard Schröder) o con una Angela Merkel que hizo de todo por no volar los puentes pensando que su infancia y adolescencia en la antigua RDA le servirían para hablar el mismo lenguaje que el inquilino del Kremlin. Pero no, Alemania ya no calla, e incluso señala, arrastrando tras su denuncia a la OTAN, que se sumó a las condenas de la Cancillería contra Moscú. A partir de ese momento decisivo, la preocupación y la alarma se propagaron por las capitales europeas.
En los despachos con más poder en Bruselas, la rapidez germana en atribuir el ataque de Leipzig a Rusia sonó como un estridente despertador. Y la alarma ensordecedora que venía desde un Estado miembro del norte se unía a otra que se había desatado apenas cinco días antes (30 de julio) en el flanco sur, con la entrada de decenas de miles de migrantes desde Marruecos a Ceuta. ¿Realmente estaba ocurriendo todo esto en Europa? La sensación era de confusión y desconcierto, más allá del impacto y la sorpresa iniciales.
Transcurridos más de dos meses, demasiadas sombras e interrogantes se proyectan aún sobre los despachos bruselenses, que se esfuerzan, a su vez, por extraer lecciones de lo ocurrido y aprender cuanto antes cómo afrontarlo.
A día de hoy, se ha materializado el peor escenario posible. El continente europeo afronta una guerra que supera ya los cuatro años y medio, y se acerca a la duración de la Segunda Guerra Mundial. Pero, además, no se trata de un simple conflicto de trincheras entre Rusia y Ucrania, sino de una amenaza que golpea de manera híbrida a los países de la Unión Europea. Los ataques son cada vez más frecuentes y adoptan múltiples formas: ciberataques, sabotajes y campañas de desinformación que pueden afectar con especial intensidad a los países con elecciones a la vista, como es el caso de España.
Las coyunturas que se avecinan serán complejas. La habilidad de Rusia para operar en la zona gris queda patente hasta en su nueva estrategia de evitar el envío de agentes propios para ejecutar acciones híbridas, debido al riesgo de detención y a la pérdida de personal experimentado cuya infiltración ha requerido años. En su lugar, se recurre a personas de terceros países captadas a través de internet, lo que facilita que escapen del radar de las contrainteligencias europeas. Según la cadena británica BBC, el 95% de las 172 personas implicadas en ataques vinculados a Rusia en Europa eran «ciudadanos corrientes sin ningún vínculo formal con los servicios de espionaje rusos».
La hostilidad es tan elevada que las últimas informaciones publicadas desde la capital belga apuntan a que la Unión Europea ya contempla la posibilidad de sufrir un ataque híbrido mortal. «Tenemos que estar preparados para algo grave», afirmó un alto diplomático europeo al medio POLITICO. «Dada la magnitud y el alcance de las acciones de Rusia, es inevitable que haya víctimas más pronto que tarde», añadió otra fuente comunitaria. «Es pura suerte que todavía no haya habido ninguna».
En realidad, es como volver a sumergirse en la antigua Guerra Fría, en un escenario propio de la segunda mitad del siglo XX, cuando se cruzaban los dedos para que la alta tensión no desembocara en civiles muertos. De hecho, la pregunta que cobra fuerza estos días es ¿cuántos cadáveres estaría dispuesta la sociedad europea a soportar? ¿Y cuál sería la respuesta?
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