El órdago a la grande de los hutíes desafía el liderazgo de MBS, el príncipe heredero saudí

Tiene sobrados motivos el príncipe heredero y hoy gobernante de facto de Arabia Saudí, Mohamed bin Salman, para estar más que preocupado por los golpes que están infligiendo los rebeldes hutíes al Reino del Desierto. Yemen ha sido en las últimas décadas el cementerio de las ambiciones saudíes, en expresión de expertos en Oriente Próximo que destacan cómo Riad viene sufriendo sus derrotar más humillantes en su patio trasero, un país sumamente empobrecido cuyo tamaño es ligeramente superior a toda la geografía española. Y la escalada actual de los ataques hutíes contra instalaciones críticas saudíes, como el impacto de misiles el sábado contra el Aeropuerto Internacional de Riad que dejó 12 muertos y una treintena de heridos -apenas 48 horas después de otro lanzamiento contra las mismas instalaciones que ya se había cobrado la vida de tres personas, incluido un piloto de avión-, a lo que siguió ayer el lanzamiento de otro proyectil para seguir cebándose en el asaeteado aeropuerto, cerrado a cal y canto, proyecta una imagen de gran debilidad de la principal Petromonarquía árabe, cada vez más acorralada por los insurgentes yemeníes.

 La escalada de los ataques de los rebeldes yemeníes que representa el brutal atentado contra el aeropuerto de Riad sitúa el conflicto en un nuevo e incierto escenario  

Tiene sobrados motivos el príncipe heredero y hoy gobernante de facto de Arabia Saudí, Mohamed bin Salman, para estar más que preocupado por los golpes que están infligiendo los rebeldes hutíes al Reino del Desierto. Yemen ha sido en las últimas décadas el cementerio de las ambiciones saudíes, en expresión de expertos en Oriente Próximo que destacan cómo Riad viene sufriendo sus derrotar más humillantes en su patio trasero, un país sumamente empobrecido cuyo tamaño es ligeramente superior a toda la geografía española. Y la escalada actual de los ataques hutíes contra instalaciones críticas saudíes, como el impacto de misiles el sábado contra el Aeropuerto Internacional de Riad que dejó 12 muertos y una treintena de heridos -apenas 48 horas después de otro lanzamiento contra las mismas instalaciones que ya se había cobrado la vida de tres personas, incluido un piloto de avión-, a lo que siguió ayer el lanzamiento de otro proyectil para seguir cebándose en el asaeteado aeropuerto, cerrado a cal y canto, proyecta una imagen de gran debilidad de la principal Petromonarquía árabe, cada vez más acorralada por los insurgentes yemeníes.

Estos sostienen que sus ataques contra objetivos como aeropuertos, instalaciones militares y energéticas responden a los bombardeos de Arabia Saudí contra sus posiciones en Yemen, en apoyo a las fuerzas del Gobierno reconocido internacionalmente, y que también han incluido en los últimos días objetivos civiles como el aeropuerto de Saná.

Toda la estabilidad regional se vuelve a ver seriamente comprometida por el choque entre Arabia Saudí y los hutíes –aliados de Irán aunque no unos meros títeres de Teherán como a veces se les dibuja-. Pero la situación avanza de un modo que es también el mismo liderazgo de Bin Salman el que podría ponerse en cuestión si se sigue mostrando incapaz de responder con eficacia a los enemigos que ahora mismo más daño están haciéndole en una contienda absolutamente asimétrica y, por lo mismo, más desquiciante aún para Riad.

Llamarada en el Aeropuerto Rey Jalid de Riad tras el ataque con misil hutí del sábado.
Llamarada en el Aeropuerto Rey Jalid de Riad tras el ataque con misil hutí del sábado.E. M.

Al poderoso Heredero deben de venirle a la cabeza de forma machacona episodios como la desastrosa Operación Tierra Quemada de 2009, que sepultó la proyección del también muy ambicioso príncipe Jalid bin Sultan -a quien muchos veían como un posible candidato al trono tras convertirse en el héroe de la misión internacional que liberó Kuwait-. La mencionada operación fue una intervención a gran escala, promovida sobre todo por Riad, para tratar de aplastar la insurrección hutí. Pero acabó con una retirada más que humillante de las tropas saudíes y la pérdida de cientos de soldados, por más que la narrativa del Reino del Desierto intentara disimular el monumental fracaso. El movimiento de los hutíes había surgido como una insurgencia contra el régimen de Saná en los años 90. Pero fue tres años después de las Primaveras Árabes, en 2014, cuando consiguieron derrocar al Gobierno y hacerse con la capital y buena parte del norte del país, a lo que siguió una terrible guerra civil que ha convertido Yemen en el epicentro de una de las mayores crisis humanitarias del globo, según la ONU.

El rey Salman ordenó la ofensiva a gran escala de nuevo contra los hutíes en marzo de 2015 con los primeros bombardeos sobre Saná y otras localidades en las que se habían hecho fuertes los proxies proiraníes. Aquella operación se prolongó, por fases, muchos años. Y no sólo no sirvió para vencer a los rebeldes yemeníes sino que, una vez más, dejó la imagen de una Arabia Saudí como un tigre de papel dorado, gigante, pero tigre de papel a fin de cuentas. Y con un ejército asombrosamente mal cualificado, del que se destaca la ineficacia de sus mandos intermedios. De poco le sirve a Riad destinar en torno al 5,72% de su PIB en Defensa, lo que supone una inversión anual de unos 62.000 millones de euros, y presumir de equipamientos militares modernos.

Con Bin Salman ya a los mandos del poder, dada la quebradiza salud de su padre, el rey, en 2022 se firmó una tregua que dejó configuradas las líneas del mosaico político que es en la actualidad Yemen, ahondó en la fragilidad de Riad y engrandeció a unos hutíes que dominan buena parte del país, pese a tener a las potencias árabes y a Occidente en contra. Tregua que se rompió el pasado julio, como una consecuencia más del desastre en el que está sumido todo Oriente Próximo desde la intervención militar de EEUU e Israel contra Irán. Desde entonces, los hutíes han avanzado grandes posiciones en la estratégica costa occidental sobre el mar Rojo, se han convertido en la nueva amenaza al transporte marítimo global con su enseñoramiento del estrecho de Bab el Mandeb, y están demostrando una resistencia fiera ante la contraofensiva saudí en ayuda del débil Gobierno yemení reconocido internacionalmente, que apenas tiene control real más allá de la región de Adén.

Bin Salman lleva semanas pisando el freno y ha intentado por todos los medios de espantar una guerra total contra los hutíes. En buena medida porque, aunque a primera vista pareciera la lucha de David contra Goliat, como se ha dicho los hutíes han demostrado todos estos años una capacidad excepcional para no ser desalojados de sus posiciones y de poder causar mucho daño a sus enemigos. Bin Salman teme que la contienda abierta suponga un freno todavía mayor para las ya serias dificultades para la exportación de hidrocarburos, con unas arcas muy resentidas desde el cierre del Estrecho de Ormuz. En un momento, además, en el que Bin Salman ya se sabe cuestionado por el gran fiasco en que han derivado sus megalómanos proyectos enmarcados en la llamada Visión 2030. Su aura como dirigente visionario y capaz se marchita a pasos agigantados y las luchas intestinas y las conspiraciones jamás faltan en el seno de la Monarquía saudí.

Por si fuera poco, a Riad le está costando sudor y lágrimas que sus aliados le secunden para tratar de poner en su sitio a los hutíes. El martes, Arabia Saudí, Turquía y Pakistán activaron por primera vez su pacto de defensa sellado en verano por las acciones de los rebeldes, pero tanto Ankara como Islamabad dan claras muestras de no querer verse arrastradas hacia un frente bélico totalmente abierto. Aunque la gran desilusión para Bin Salman está siendo Donald Trump. Por más que Riad sea el gran aliado regional de Washington y de la buena sintonía que el republicano y el Heredero saudí hayan transmitido desde la vuelta del primero a la Casa Blanca, Estados Unidos se resiste a socorrer al Reino y sumarse a los ataques contra los hutíes. Trump no quiere desestabilizar aún más los mercados energéticos y se le está haciendo muy cuesta arriba la cuenta atrás hacia las elecciones de medio mandato. Eso sí, la fiera escalada de los hutíes también está acorralando a Trump.

En ese sentido, tras calificar el ataque contra el aeropuerto de Riad de «inaceptable» -uno de los muertos es estadounidense-, Trump se abrió por primera vez el sábado a meditar y «decidir muy pronto» si se suma a la coalición que lucha contra los rebeldes yemeníes. Mientras la Casa Blanca gana tiempo, tanto los países árabes como los europeos condenaron enérgicamente ayer el atentado en el Aeropuerto Rey Jalid. Especialmente significativo fue el mensaje de apoyo de Emiratos Árabes al Gobierno saudí. No se olvide que Yemen es uno de los tableros donde chocan como dos actores antagónicos Riad y Abu Dabi, ya que el segundo se convirtió en patrocinador de un tercer actor en discordia en la pugna territorial de Yemen, el llamado Consejo de Transición del Sur (CTS), facción secesionista que llegó a controlar buena parte de la franja meridional, en un gran desafío al régimen saudí. Las dos Petromonarquías están librando en no pocos espacios su guerra particular, sin ir más lejos en otro país en llamas como es Sudán. Demasiados frentes abiertos para un Bin Salman que no atraviesa su mejor momento.

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