Rafael Termes (1918-2005), presidente de la patronal bancaria AEB entre 1977 y 1990, repetía con frecuencia que «la inflación es un mal absoluto». El Instituto Nacional de Estadística (INE) confirmó ayer que el IPC en agosto escaló hasta el 4,3% en términos interanuales, siete décimas más que el mes anterior. Puede parecer hasta cierto punto poco, pero es una barbaridad que, además de suponer un encarecimiento de todo, añade otra pérdida de competitividad a la economía española.
La culpa, esta vez, la tienen los carburantes, disparados por la incertidumbre internacional y la situación bélica en el golfo Pérsico. Sin embargo, en Francia, Alemania, Italia e incluso Portugal los precios suben bastante menos. El Gobierno lo lamenta en público, pero le viene bien. Gracias a la progresividad en frío, recauda más. Por otra parte, la inflación reduce el valor del dinero y también el valor real de la deuda pública contraída, aunque ahora costará más endeudarse porque los tipos de interés también subirán.
La inflación lo destruye casi todo, pero de forma especial el poder adquisitivo del dinero. Hace unos días, Visual Capitalist publicó un estudio sobre la pérdida de valor del dólar que explica mejor que cualquier otra cosa las consecuencias de la inflación. En 1933, por ejemplo, con un dólar –más o menos un euro, para simplificar la comparación– se podían comprar 10 botellas de cerveza en Estados Unidos. En 1944, también con un dólar, se podían adquirir nada menos que 20 Coca-Colas. Pues bien, en 2026, con un dólar apenas se puede comprar un paquete de «Great Value Gummy Worms», que son unas gominolas de la marca blanca de Walmart, algo así como el Mercadona, Carrefour, Alcampo, etc., estadounidense.
Es quizá la mejor ilustración de los efectos de la inflación que, por otra parte, es siempre un fenómeno monetario, algo que ya sabía la Escuela de Salamanca de los siglos XVI y XVII, aunque muchos –los Gobiernos, sobre todo– prefieren ignorarlo. Es simple: la creación de dinero, al haber más en circulación –y, de forma especial, cuando se trata de cantidades inmensas–, hace perder su valor y su poder adquisitivo. Por eso «la inflación es un mal absoluto», como repetía Rafael Termes.
La inflación lo destruye casi todo, pero de forma especial el poder adquisitivo del dinero
Rafael Termes (1918-2005), presidente de la patronal bancaria AEB entre 1977 y 1990, repetía con frecuencia que «la inflación es un mal absoluto». El Instituto Nacional de Estadística (INE) confirmó ayer que el IPC en agosto escaló hasta el 4,3% en términos interanuales, siete décimas más que el mes anterior. Puede parecer hasta cierto punto poco, pero es una barbaridad que, además de suponer un encarecimiento de todo, añade otra pérdida de competitividad a la economía española.
La culpa, esta vez, la tienen los carburantes, disparados por la incertidumbre internacional y la situación bélica en el golfo Pérsico. Sin embargo, en Francia, Alemania, Italia e incluso Portugal los precios suben bastante menos. El Gobierno lo lamenta en público, pero le viene bien. Gracias a la progresividad en frío, recauda más. Por otra parte, la inflación reduce el valor del dinero y también el valor real de la deuda pública contraída, aunque ahora costará más endeudarse porque los tipos de interés también subirán.
La inflación lo destruye casi todo, pero de forma especial el poder adquisitivo del dinero. Hace unos días, Visual Capitalist publicó un estudio sobre la pérdida de valor del dólar que explica mejor que cualquier otra cosa las consecuencias de la inflación. En 1933, por ejemplo, con un dólar –más o menos un euro, para simplificar la comparación– se podían comprar 10 botellas de cerveza en Estados Unidos. En 1944, también con un dólar, se podían adquirir nada menos que 20 Coca-Colas. Pues bien, en 2026, con un dólar apenas se puede comprar un paquete de «Great Value Gummy Worms», que son unas gominolas de la marca blanca de Walmart, algo así como el Mercadona, Carrefour, Alcampo, etc., estadounidense.
Es quizá la mejor ilustración de los efectos de la inflación que, por otra parte, es siempre un fenómeno monetario, algo que ya sabía la Escuela de Salamanca de los siglos XVI y XVII, aunque muchos –los Gobiernos, sobre todo– prefieren ignorarlo. Es simple: la creación de dinero, al haber más en circulación –y, de forma especial, cuando se trata de cantidades inmensas–, hace perder su valor y su poder adquisitivo. Por eso «la inflación es un mal absoluto», como repetía Rafael Termes.
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