Plácido regenta un asador en Galapagar y, en marzo de 2026, lanzó un mensaje a través de un reportaje de Espejo Público que resume el desconcierto del gremio: necesitaba seis personas entre cocina y sala y, si aparecieran eb ese momento, las contrataría al instante.
La oferta económica no es el obstáculo. «Puedo pagar 2.000 o 2.200 euros brutos a una persona que esté capacitada», explicó entonces. El verdadero muro es la organización horaria. El turno partido espanta a los candidatos, lo mismo que la obligación de trabajar en agosto, justo cuando su negocio factura el grueso del año. La pretensión de librar los fines de semana y reservarse el mes grande de vacaciones choca frontalmente con la operativa de cualquier restaurante.
La paradoja de los sueldos y la calidad de vida
Miguel, cocinero con cuatro décadas de oficio, ratificó en el mismo espacio el diagnóstico: «El sueldo no está mal, pero al ser horarios duros no todo el mundo quiere». Verónica, compañera de profesión, fue más allá al apuntar que los turnos son de ocho horas y que cualquier exceso se abona en nómina. «La gente quiere dinero, pero no quiere trabajar», sentenció.
La escasez ha disparado una práctica que hasta hace poco era impensable. Plácido relató que ha sorprendido a hosteleros de la competencia acercándose a su plantilla para tantear condiciones. «Les preguntan cuánto ganan, qué horario hacen, yo te pago tanto… es mercadeo total», describió. Quien encuentra un profesional formado no solo teme perderlo por la carga de trabajo, sino también porque alguien se lo lleve con una oferta apenas mejorada.
La fugacidad detrás de la barra
Luisma, propietario de un bar en el centro de Madrid, relata que contrataría al momento a tres personas. «El problema es que no hay y los que vienen, vienen exigiendo fines de semana libres, turno de mañana… Aquí todos cobran unos 2.000 euros entre seguridad social y sueldo neto», unos 1.400 euros que llegan al bolsillo.
Maite, empleada del local, describió una jornada que arranca a las dos de la tarde y se prolonga hasta el cierre. Ha visto desfilar a compañeros que aguantan dos o tres días, cobran lo debido y desaparecen. Cuando se le pregunta si alguna vez dispone de un fin de semana libre, la respuesta es inmediata: «No. Estoy trabajando».
Hosteleros de la sierra madrileña y del centro de la capital relatan que, pese a ofrecer salarios que alcanzan los 2.200 euros brutos mensuales, pero chocan con el rechazo generalizado a los turnos partidos, los fines de semana trabajados y la renuncia a las vacaciones de verano
Plácido regenta un asador en Galapagar y, en marzo de 2026, lanzó un mensaje a través de un reportaje de Espejo Público que resume el desconcierto del gremio: necesitaba seis personas entre cocina y sala y, si aparecieran eb ese momento, las contrataría al instante.
La oferta económica no es el obstáculo. «Puedo pagar 2.000 o 2.200 euros brutos a una persona que esté capacitada», explicó entonces. El verdadero muro es la organización horaria. El turno partido espanta a los candidatos, lo mismo que la obligación de trabajar en agosto, justo cuando su negocio factura el grueso del año. La pretensión de librar los fines de semana y reservarse el mes grande de vacaciones choca frontalmente con la operativa de cualquier restaurante.
La paradoja de los sueldos y la calidad de vida
Miguel, cocinero con cuatro décadas de oficio, ratificó en el mismo espacio el diagnóstico: «El sueldo no está mal, pero al ser horarios duros no todo el mundo quiere». Verónica, compañera de profesión, fue más allá al apuntar que los turnos son de ocho horas y que cualquier exceso se abona en nómina. «La gente quiere dinero, pero no quiere trabajar», sentenció.
La escasez ha disparado una práctica que hasta hace poco era impensable. Plácido relató que ha sorprendido a hosteleros de la competencia acercándose a su plantilla para tantear condiciones. «Les preguntan cuánto ganan, qué horario hacen, yo te pago tanto… es mercadeo total», describió. Quien encuentra un profesional formado no solo teme perderlo por la carga de trabajo, sino también porque alguien se lo lleve con una oferta apenas mejorada.
La fugacidad detrás de la barra
Luisma, propietario de un bar en el centro de Madrid, relata que contrataría al momento a tres personas. «El problema es que no hay y los que vienen, vienen exigiendo fines de semana libres, turno de mañana… Aquí todos cobran unos 2.000 euros entre seguridad social y sueldo neto», unos 1.400 euros que llegan al bolsillo.
Maite, empleada del local, describió una jornada que arranca a las dos de la tarde y se prolonga hasta el cierre. Ha visto desfilar a compañeros que aguantan dos o tres días, cobran lo debido y desaparecen. Cuando se le pregunta si alguna vez dispone de un fin de semana libre, la respuesta es inmediata: «No. Estoy trabajando».
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