La guerra después del Mundial

El pitido final del Mundial de hoy puede marcar el inicio de otro evento internacional crucial: la segunda parte de una guerra abierta entre Estados Unidos e Irán. Así lo esperan en Teherán y así lo confirman a este medio fuentes iraníes conocedoras del asunto: «En cuanto concluya el Mundial, Irán se enfrentaría probablemente a una guerra a gran escala. Todo apunta a que sería híbrida: no sólo bombardeos, sino asesinatos, cruces de frontera por parte de mercenarios, ciberataques…».

 El pitido final del Mundial de hoy puede marcar el inicio de otro evento internacional crucial: la segunda parte de una guerra abierta entre Estados Unidos e Irán. Así lo espera  

El pitido final del Mundial de hoy puede marcar el inicio de otro evento internacional crucial: la segunda parte de una guerra abierta entre Estados Unidos e Irán. Así lo esperan en Teherán y así lo confirman a este medio fuentes iraníes conocedoras del asunto: «En cuanto concluya el Mundial, Irán se enfrentaría probablemente a una guerra a gran escala. Todo apunta a que sería híbrida: no sólo bombardeos, sino asesinatos, cruces de frontera por parte de mercenarios, ciberataques…».

Ahora bien, si el régimen de los ayatolás aguantó bien el primer embate estadounidense-israelí, ¿podrá mantener este renovado e intenso pulso ante la primera potencia militar del mundo? La actitud es inequívoca: «Estamos mejor preparados que el 28 de febrero. Nos defenderemos y atacaremos. Pero esta vez nuestra respuesta, nuestra forma de actuar, será totalmente diferente, mucho más contundente». E insisten: «La diplomacia sigue siendo la primera opción de Irán, aun así no suplicamos nada. No somos gente que huye. Los iraníes sienten una convicción inquebrantable y una responsabilidad nacional histórica de resistir. Irán no es Gaza».

Así, a menos que la diplomacia lo evite, «será un verano muy duro». Lo auguran los iraníes y lo saben los estadounidenses.

El presidente Donald Trump corre el riesgo de empantanar a EEUU en lo que la prensa americana denomina «una guerra interminable», al más clásico estilo de los conflictos de Vietnam, Irak y Afganistán. Como candidato republicano, prometió a sus votantes que nunca más les volvería a embarcar en otra pesadilla bélica en escenarios remotos de Asia o de Oriente Próximo. Ahora, a mitad de su segundo mandato, parece haber caído en la trampa de Ormuz.

Tras 107 días de guerra, la firma de un Memorando de Entendimiento que no ha durado ni un mes y el regreso del intercambio de golpes entre Teherán y Washington, esta última desventura americana en un avispero a miles y miles de kilómetros de la Casa Blanca confirma que a los mandatarios estadounidenses les arrastran y ciegan sus ambiciones presidenciales.

Uno tras otro, los inquilinos del 1.600 de la Avenida Pensilvania se sienten convencidos y envalentonados por sus increíbles instrumentos de poder, con los que creen que podrán imponer los intereses estadounidenses en cualquier región del planeta. Y, uno tras otro, tropiezan con la realidad.

En el caso de Trump, el mazazo ha venido de un rival que no se arruga. Si el republicano dice que es el «guardián de Ormuz», los ayatolás le recuerdan que lo son ellos y pasan a la acción cerrando el Estrecho. Si la Administración estadounidense empieza a probar nuevas rutas navales por el disputado enclave geopolítico, el régimen iraní responde atacando las embarcaciones. Y así, hasta el día de hoy, cuando ni un bando ni el otro pueden dar marcha atrás para no quedar como el perdedor de una contienda clave.

No se trata sólo de un duelo de poder, imagen internacional o músculo militar; se trata también, y especialmente, de negocios…

Antes de la guerra, una quinta parte del tráfico mundial de petróleo y gas pasaba a diario por el Estrecho de Ormuz. Cuando Trump anunció este pasado lunes que aplicaría a cada embarcación una tasa del 20% del valor de su carga, era consciente de que estaba hablando de recaudar unos 240 millones de dólares cada día. Al día siguiente, martes, se desdijo y Trump decidió reemplazar el cobro por acuerdos comerciales y de inversión que varios Estados del Golfo realizarían en Estados Unidos. Para entonces, periódicos como ‘The New York Times’ habían señalado al presidente la paradoja de que estuviera actuando como su rival iraní, quien insiste en querer cobrar una «tarifa de servicio» por el tránsito a través del Estrecho de Ormuz. «¿No era supuestamente una violación del derecho internacional?», recordaba el rotativo a Trump.

Periodistas y analistas estadounidenses no dudan en proclamar que el emperador americano está desnudo y le obligan a mirarse en el espejo mientras meten el dedo en la llaga de las mencionadas «guerras eternas».

De ese tropiezo con la misma piedra no sabe sólo Estados Unidos, sino países como Rusia y su actual presidente, Vladimir Putin, enfangado en la guerra de Ucrania, camino de su quinto año. Es la conocida «falacia de la guerra corta», esto es, dar por hecho una victoria rápida y acabar en la ratonera de un conflicto prolongado y costoso. De hecho, se apunta que el presidente chino, Xi Jinping, toma nota y extrae lecciones de todos estos acontecimientos para calibrar cualquier acción contra Taiwán.

«Será un verano muy duro», se insiste en advertir, si la diplomacia fracasa y se produce un regreso a la batalla a pecho descubierto en Ormuz. Si las segundas partes nunca fueron buenas, ¿qué puede esperarse de este nuevo capítulo bélico? Las espadas están en alto. Es la historia de la humanidad, triste e interminable.

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