Hablamos tanto sobre el juego, tesoro de España, que en ocasiones olvidamos otras propiedades que componen el fútbol. El orgullo de pertenencia es una de ellas y es la que explica los milagros de Croacia, el tercer puesto en 1998, con jugadores que habían padecido la guerra de los Balcanes en edad de combatir, y la final de 2018 o el nuevo tercer puesto de 2022, compuesta ya la selección por los niños de aquel sangriento conflicto. Por supuesto que ambas se sustentaban en dos grandes generaciones, lideradas por Suker y Modric, respectivamente, pero el valor diferencial estaba en su alma. A esa recurrieron en Split para llevar al límite a la campeona, obligar a dar su mejor versión a Unai Simón, pero finalmente sucumbir al don de Mikel Merino, el talismán de la campeona.
Hablamos tanto sobre el juego, tesoro de España, que en ocasiones olvidamos otras propiedades que componen el fútbol. El orgullo de pertenencia es una de ellas y es la que expli
Hablamos tanto sobre el juego, tesoro de España, que en ocasiones olvidamos otras propiedades que componen el fútbol. El orgullo de pertenencia es una de ellas y es la que explica los milagros de Croacia, el tercer puesto en 1998, con jugadores que habían padecido la guerra de los Balcanes en edad de combatir, y la final de 2018 o el nuevo tercer puesto de 2022, compuesta ya la selección por los niños de aquel sangriento conflicto. Por supuesto que ambas se sustentaban en dos grandes generaciones, lideradas por Suker y Modric, respectivamente, pero el valor diferencial estaba en su alma. A esa recurrieron en Split para llevar al límite a la campeona, obligar a dar su mejor versión a Unai Simón, pero finalmente sucumbir al don de Mikel Merino, el talismán de la campeona.
La razón era reponerse a un 0-7 ante Inglaterra que fue interpretado como humillación nacional. Croacia puede ser derrotada pero no sentirse derrotada. Hoy no se siente de ese modo.
La selección croata no puede jugar como España, pero puede intentar ser mejor en la intensidad, en los balones divididos. Lo fue durante largos minutos. Después del primer gol de Mikel Merino, que significaba el empate, se retiró Modric del campo con el aplauso de los suyos y el orgullo restituido, después de un partido de sacrificio en la base de su selección.
A sus 41 años, hay pocas dudas de cuál es la razón de su continuidad en el conjunto croata. El amor al fútbol lo puede desarrollar con su equipo, como otros muchos. Tampoco está en ninguna carrera contra los elementos por un objetivo individual, como Cristiano. Es el orgullo de pertenencia, el mismo que torturaba a Messi hasta que pudo ser campeón del mundo con Argentina. Ayer se despidió de la albiceleste en paz. Modric merece hacerlo del mismo modo por su legado, cuando lo desee, no entre las vergüenzas de un 0-7. Este 1-2 ante la campeonísima no significa ninguna.
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