Hasta que ya no pudo más. Como había hecho tantas veces, Carlos Alcaraz se negó a perder. Luchó contra Ben Shelton, contra su propia ansiedad, contra el cansancio, contra los vómitos y contra un horario demencial. Pero esta vez no hubo milagro. Cayó eliminado en los cuartos de final del US Open, en el super tie-break, por 6-7(5), 6-1, 6-3, 1-6 y 7-6(7).
Después de cuatro horas y media de juego pierde en cuartos de final por 6-7(5), 6-1, 6-3, 1-6 y 7-6(7) y no podrá revalidar su título en Nueva York
Hasta que ya no pudo más. Como había hecho tantas veces, Carlos Alcaraz se negó a perder. Luchó contra Ben Shelton, contra su propia ansiedad, contra el cansancio, contra los vómitos y contra un horario demencial. Pero esta vez no hubo milagro. Cayó eliminado en los cuartos de final del US Open, en el super tie-break, por 6-7(5), 6-1, 6-3, 1-6 y 7-6(7).
A las 3.37 de la madrugada en Nueva York terminó una batalla de cuatro horas y 27 minutos de confianza y angustia, de plenitud y vómitos, de todas las emociones posibles. Una derrota para el recuerdo. Después de cuatro meses de inactividad, Alcaraz había llegado hasta allí. Ganar ya habría sido un milagro. Ganar así, a cinco sets, después de aquella sucesión de golpes, desfallecimientos y resurrecciones, sería sobrehumano
Quizá antes fue posible. Sólo quizá. Porque hasta que se decidió el primer set, justo al cumplirse la primera hora, Alcaraz mantuvo el dominio del juego y todo apuntaba a un desenlace por la vía rápida. Shelton es el paradigma del tenista estadounidense. Su saque provoca vértigo -alcanzó los 239 km/h- y su derecha castiga, pero los problemas se le multiplican cuando los intercambios superan los cinco golpes.
En el arranque, Alcaraz se benefició de su falta de tacto y control, le atrapó en el revés, le movió de lado a lado y le dominó. Sólo tuvo que recurrir al tie-break por un inexplicable contrabreak de Shelton que, visto después, no era más que un preludio.
Al inicio del segundo set, todo cambió. «No me puedo permitir fallar, no puedo, no puedo», se dijo Alcaraz. Y le sobrevino la ansiedad. Apagón. La presión de Shelton con el saque y algún error de bulto -un remate a placer, por ejemplo- le fueron torciendo el ánimo hasta encadenar un fallo detrás de otro. Durante el segundo y el tercer set no fue él.
Quizá ya condicionado por ciertos problemas físicos, perdió la energía, perdió la confianza en su derecha, perdió la afinación con el saque hasta acabar entregando dos breaks con sendas dobles faltas. El partido que parecía tener bajo control se le había escapado por completo de las manos. Y tal y como desapareció, regresó.
En los primeros compases del cuarto set acertó con una volea imposible, se rio de sí mismo y algo cambió. Recuperó la disposición y, con ella, regresó su tenis. Las piernas resucitaron pese al cansancio -en uno de los descansos incluso vomitó- y la derecha volvió a obedecer. Shelton, además, perdió algo de velocidad con el saque. Alcaraz lo olió, se lanzó sobre él y llevó el partido al quinto set.
A esas alturas, ya entrada la madrugada, todo era cuestión de fe. «Acepta los problemas», le decía su entrenador, Samu López, antes de enfrentarse al abismo. Era un ejercicio de supervivencia, jugar con las fuerzas justas y exprimir cada resto de energía que quedaba. Alcaraz mostró entonces su mejor versión al servicio y escapó de la derrota cuando debía hacerlo, salvando tres bolas de break con 4-3.
Pero quedaba el último territorio, el de la moneda al aire. El super tie-break. Y ahí el saque de Shelton volvió a ser un arma demasiado poderosa. Alcaraz luchó hasta el último punto, se negó a entregar el partido antes de tiempo, pero esta vez no encontró la salida. El estadounidense cerró la noche. Alcaraz, cuatro meses después de su último partido, cayó de pie.
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