Ser presidente de Estados Unidos es un trabajo a tiempo completo lleno de obligaciones, desplazamientos y decisiones constantes e imposibles. Ser candidato a presidente de Estados Unidos es, si cabe, todavía más fatigoso. Y con unas reglas no escritas todavía más fascinantes. Para llegar a la Casa Blanca hace falta un equipo de primer nivel, una campaña de como mínimo dos años y sobre todo, cantidades ingentes de dinero. Pero hay además elementos menos conocidos e igualmente importantes. Crear comités de exploración, encargar de forma ultrasecreta encuestas de opinión en diferentes estados, hacer virguerías para darse a conocer a todo el país pero sin quemarse demasiado pronto o exponerse a las críticas. Buscar el compañero de ticket ideal, publicar siempre un libro, lograr entrevistas en los principales programas de televisión y periódicos. Y, por si fuera poco, conseguir pasar tiempo sin parecer desesperado en esos pequeños estados, principalmente de la costa este, donde arrancan las primarias y donde en cuestión de pocos días unos miles de habitantes rurales deciden el futuro de la nación.
El país ya mira en clave presidencial, pese a que las importantísimas ‘midterm’ son en noviembre. Los rivales del ‘trumpismo’ empiezan a asomar la cabeza
Ser presidente de Estados Unidos es un trabajo a tiempo completo lleno de obligaciones, desplazamientos y decisiones constantes e imposibles. Ser candidato a presidente de Estados Unidos es, si cabe, todavía más fatigoso. Y con unas reglas no escritas todavía más fascinantes. Para llegar a la Casa Blanca hace falta un equipo de primer nivel, una campaña de como mínimo dos años y sobre todo, cantidades ingentes de dinero. Pero hay además elementos menos conocidos e igualmente importantes. Crear comités de exploración, encargar de forma ultrasecreta encuestas de opinión en diferentes estados, hacer virguerías para darse a conocer a todo el país pero sin quemarse demasiado pronto o exponerse a las críticas. Buscar el compañero de ticket ideal, publicar siempre un libro, lograr entrevistas en los principales programas de televisión y periódicos. Y, por si fuera poco, conseguir pasar tiempo sin parecer desesperado en esos pequeños estados, principalmente de la costa este, donde arrancan las primarias y donde en cuestión de pocos días unos miles de habitantes rurales deciden el futuro de la nación.
Las próximas presidenciales serán en noviembre de 2028. En cualquier otro lugar la atención mediática y política estaría acaparada por las elecciones legislativas de noviembre, las importantísimas midterm que pueden devolver el control del Congreso a los Demócratas y complicar seriamente la agenda de Donald Trump. Pero en EEUU la política nacional es un ciclo perpetuo, sin ningún tipo de descanso. Si la misma semana en la que Kamala Harris fue derrotada, en 2024, empezaron las quinielas sobre quiénes eran los mejor posicionados para reemplazarla, ahora que está a punto de empezar de verdad la carrera en ambos partidos, los jugadores empiezan a sacar la cabeza y desplegar sus piezas.
El primer y más destacado es sin duda el gobernador saliente de California, el demócrata Gavin Newsom. Se curtió en la campaña de 2024 en los márgenes de los debates presidenciales. Empezó a moverse enseguida cuando Trump ganó, dio un giro importante en su cosmovisión identitaria, lanzó un pódcast, empezó a buscar el choque diario con Trump en redes sociales, denunció una persecución política del Departamento de Justicia. Y ha admitido su interés en el puesto. Con fama de pijo, y un montón de escándalos personales en su historial, es una opción clásica pero que encaja regular con la batalla actual por el alma del partido, que parece decantarse por alguien más joven, más ideológico.
La siguiente figura es Kamala Harris, en el limbo desde que perdió contra Trump. Se especuló con que intentaría ser precisamente gobernadora de California, pero no dio el paso. Ha sacado su libro de memorias y dado una gira por todo el país. En abril, durante un acto de la National Action Network, le preguntaron por su ambición directamente y respondió: «Puede que sí… lo estoy pensando», la señal más explícita hasta la fecha. Curiosamente está de repente en contacto con el alcalde de Nueva York, Zohran Mamdani, la gran figura de los Socialistas Democráticos, un partido independiente pero que en la práctica forma el ala más a la izquierda de los Demócratas. Y al que hasta hace poco denostaba. Mamdani es musulmán, algo muy relevante pues Harris perdió el apoyo de muchos jóvenes y de la comunidad árabe del país por su posición en la guerra de Gaza. Además, Harris en intervenciones recientes ha defendido propuestas como eliminar el Colegio Electoral, ampliar el Tribunal Supremo a 13 jueces, convertir a Puerto Rico y Washington DC en estados y endurecer el control sobre los jueces federales, ideas más progresistas que en su campaña de hace dos años.
En ese marco es imposible no mencionar justo a continuación a Alexandria Ocasio-Cortez (AOC), una de las congresistas más conocidas y sin duda más a la izquierda del Capitolio. Saca de quicio a la cadena Fox y los comentaristas conservadores, que tienen una extraña fascinación con ella. Ocasio-Cortez, junto al también izquierdista y muy popular senador Bernie Sanders, lleva meses recorriendo EEUU en charlas y mítines intentando construir una oposición diaria al trumpismo. Y construyendo una base más amplia para una posible campaña. En mayo, el estratega demócrata David Axelrod le preguntó expresamente si aspiraba a la Presidencia o al Senado. AOC respondió que su ambición era «cambiar el país» y que no estaba pensando en términos de un cargo concreto. Una respuesta deliberadamente ambigua. Lo saben bien sus rivales: el vicepresidente J. D. Vance, quizás el heredero del trumpismo, dijo en junio que ella era, en su opinión, «la principal demócrata» de cara a 2028.
Otro nombre que está contemplando el salto es el senador Mark Kelly, ex piloto, ex astronauta, señalado por la Administración junto a otros Demócratas por recordarle a las tropas que no deben seguir órdenes ilegales. Fue entrevistado en profundidad por The Atlantic, junto a su esposa, la ex congresista Gabby Gifford, que sufrió un atentado con un disparo en la cabeza. Allí no confirmó nada, pero aclaró que su candidatura dependerá de lo que pase tras las legislativas de este noviembre y la reacción de Trump. Pero su mujer le ha animado públicamente a dar el salto, y en esa charla el senador ya habló de cómo sería para el país tener como primera dama a una persona con discapacidad.
Uno de los que sonaron con fuerza como candidato a vicepresidente en 2024 es Josh Shapiro, gobernador de Pensilvania. Una figura potente, que también sufrió un atentado cuando un perturbado incendió su casa. Busca la reelección como gobernador como plataforma, tiene libro publicado este año, ha hecho una gira para hablar de él, se ha metido en otras campañas y tiene el apoyo de grandes donantes, como el multimillonario Mike Bloomberg.
Pete Buttigieg, secretario de Transporte con Joe Biden, es uno de los valores al alza del partido. Joven, excelente orador y polemista, no duda a la hora de acudir a los medios más conservadores para discutir, criticar al Gobierno y defender posiciones progresistas. Abiertamente gay, recientemente sufrió un cruel ataque cuando una persona anónima denunció que sus hijos eran objetos de malos tratos. La policía fue a su casa y, a pesar de lo débil del caso, lo separaron durante una noche de su familia mientras se investigaba. Probablemente por ser uno de los posibles candidatos en liza. Cerró un mitin de los Demócratas en Michigan, uno de los estados bisagra que volverá a ser clave en 2028.
Otro que claramente está elevando su perfil estos días es Rahm Emanuel, el que fuera jefe de gabinete de Obamay alcalde de Chicago. Ahora mismo está por todas partes, posicionándose sobre el futuro del partido, marcando distancias con el apoyo incondicional a Israel del pasado. Lo llaman shadow campaign, una campaña en la sombra. Aboga por una agenda centrista, pero más agresivo en economía y contrario a que el partido se quede atrapado en guerras culturales. En New Hampshire habló de la presión sobre la clase media y de los excesos del sistema fiscal. Y aborda lo que considera «errores culturales» de los suyos. Se ha mojado en temas como el uso de redes por parte de menores y el papel de los oligarcas digitales. Casualmente incluso ha estado de vacaciones montando en bicicleta por New Hampshire, uno de esos estados pequeños pero importantísimos en la liturgia electoral estadounidense. Parando en sindicatos, restaurantes, casas y comunidades locales de forma nada disimulada.
Por último, hasta el momento, destaca también Andy Beshear, gobernador de Kentucky, un estado muy conservador. Joven, prudente y más en el lado del tejedor de consensos que en el rompedor, está visto como alguien capaz de conectar con los votantes del otro lado. Además, ha logrado superávit fiscal los últimos años y bajado algunos impuestos. Aunque tiene todavía poca presencia en Washington y en los medios, claramente ha movido ya algunas fichas. ‘In This Together PAC’, uno de los vehículos que se usan en EEUU para canalizar grandes donaciones para las campañas electorales, ha recibido ya aportaciones y tiene actividad en estados que serán importantes en las primeras fases de las primarias demócratas, especialmente Iowa y Carolina del Sur. En marzo, Beshear fue a Ohio, el estado de J. D. Vance, y dio un discurso ante demócratas locales en el que atacó directamente al vicepresidente y cuestionó su relación con Appalachia y la clase más humilde.
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