Un país que sucede dos veces

Pier Paolo Pasolini, cineasta, poeta y aficionado con carné, distinguía entre el fútbol en verso de los sudamericanos y el fútbol en prosa de los europeos: los primeros se encomendaban a la inspiración individual; los segundos, a la táctica colectiva. ¿Escenificó la final de Nueva York entre España y Argentina esa vieja dialéctica? Sin ser experto en fútbol, diría que España alcanzó la gloria conjugando lo mejor de ambas tradiciones: prosa para sostener el partido, poesía para resolverlo. Y quizá no sea casualidad. Los españoles somos, junto con los portugueses, los únicos europeos con el alma repartida entre Europa y América. Jugar en verso y en prosa a la vez es, para nosotros, una condición histórica más que un hallazgo táctico.

 La autoestima colectiva se forjaba antaño en batallas militares que se fijaban en la memoria colectiva y daban nombres a plazas y calles; hoy puede forjarse en victorias deportivas, en torres que se inauguran, en plazas llenas de jóvenes ante un Papa  

Pier Paolo Pasolini, cineasta, poeta y aficionado con carné, distinguía entre el fútbol en verso de los sudamericanos y el fútbol en prosa de los europeos: los primeros se encomendaban a la inspiración individual; los segundos, a la táctica colectiva. ¿Escenificó la final de Nueva York entre España y Argentina esa vieja dialéctica? Sin ser experto en fútbol, diría que España alcanzó la gloria conjugando lo mejor de ambas tradiciones: prosa para sostener el partido, poesía para resolverlo. Y quizá no sea casualidad. Los españoles somos, junto con los portugueses, los únicos europeos con el alma repartida entre Europa y América. Jugar en verso y en prosa a la vez es, para nosotros, una condición histórica más que un hallazgo táctico.

Pasolini, siempre sensible a las corrientes profundas de la sociedad, sostenía además que el fútbol era el último rito sagrado de nuestro tiempo. Ahí, los acontecimientos de los últimos meses le han llevado la contraria. La visita del Papa León XIV a nuestro país demostró que los ritos sagrados de verdad siguen convocando multitudes, también -o precisamente- en la sociedad hipertecnológica de la inteligencia artificial. No deja de ser significativo que el sucesor de León XIII, aquel papa que respondió a la máquina de vapor con la Rerum Novarum, haya dedicado su primera encíclica, Magnifica Humanitas, a preguntarse qué significa ser humano en medio de otra revolución técnica. Cada cual juzgará sus respuestas; la pregunta, desde luego, es la de nuestra época.

Además, hubo un momento de la visita en que España volvió a sorprenderse a sí misma y al mundo, como sucedió con la final de Nueva York: la misa en la Sagrada Familia, con la inauguración de la Torre de Jesucristo, ofreció al mundo unas imágenes de belleza sobrecogedora que nos evocaron, a muchos, las Olimpiadas de 1992, cuando Barcelona fue por primera vez el escenario donde este país se descubre capaz de asombrar.

Así que los españoles nos vamos de vacaciones en este verano de 2026 con dos hitos que nos proyectan en el mundo y en el tiempo: la visita del Papa y la coronación deportiva. Gloria espiritual y gloria terrenal para un país que ha vivido su identidad, demasiadas veces, de manera problemática -al menos en el plano político-, pero que respira normalidad en sus calles, y la proliferación de camisetas de la selección y pantallas gigantes en las plazas así lo demuestra. Precisamente por eso conviene subrayar el efecto unificador de ambos acontecimientos sobre una sociedad profundamente polarizada. Las cifras hablan solas: más de 15 millones de personas siguieron en directo la final del Mundial, y la visita papal acumuló, a lo largo de seis días, casi 20 millones de espectadores. El gol de Ferran Torres nos hizo gritar juntos y el Papa concitó el aplauso unánime de un Congreso diariamente crispado. Como en aquella canción de Mecano sobre las uvas de Nochevieja, los españolitos hicimos «por una vez, algo a la vez».

El escritor mexicano Juan Villoro ha escrito que el fútbol sucede dos veces: una en la cancha y otra en la mente del público. Lo mismo vale para una visita papal. Y es en esa segunda función, la que se juega en nuestras cabezas, donde cabe preguntarse si acontecimientos así inciden en nuestra autopercepción como sociedad. Desde ese éxito, ha habido debate sobre si la selección es una muestra representativa de España; si sus virtudes y su diversidad reflejan las de la sociedad española. Dicho en corto: ¿es la selección española España? Vivimos tiempos de sobreinterpretación, en los que cada suceso carga con significados que a menudo no le caben. En el fútbol, la tentación se dispara hasta lo extraordinario, porque -como es sabido- cada español lleva dentro un seleccionador nacional con su idea, su filosofía y sus alineaciones incontrovertibles e irrenunciables.

La humilde respuesta que propongo desde la estadística puede parecer un poco salomónica, pero se ciñe a nuestro oficio: la selección española es España, aunque España no sea la selección española. Me explico. Una selección nacional es, técnicamente, una muestra de un universo dado: el de los futbolistas españoles federados y seleccionables. No es una muestra aleatoria, como exigiría la metodología de una encuesta para ser representativa, sino una muestra por méritos: se escoge, en teoría, a los mejores para cada puesto. Pero esos jugadores operan dentro de un sistema -el fútbol español- que a su vez se inserta en un ecosistema cultural y social del que es indisociable, llamado España. España es más grande, más compleja, más diversa y más contradictoria que su selección. La selección, en cambio, es un trozo idealizado de España: mejorado, al menos, en lo deportivo.

Pero quizá la pregunta del espejo –¿nos refleja o no nos refleja?– esté mal planteada. Acontecimientos como un Mundial o una visita papal no son tanto un reflejo de lo que somos como un catalizador de lo que aspiramos a ser. A veces los planes salen mejor de lo esperado, y el resultado nos transforma. Estos acontecimientos, más que reflejar una España, la producen: son performativos, aunque sea en el estado de ánimo. Si una nación es, en parte, la narración que se cuenta sobre sí misma, este verano es muy probable que hayamos mejorado el guion. La autoestima colectiva se forjaba antaño en batallas militares que se fijaban en la memoria colectiva y daban nombres a plazas y calles; hoy puede forjarse en victorias deportivas, en torres que se inauguran, en plazas llenas de jóvenes ante un Papa. Es un progreso civilizatorio que conviene no menospreciar: hemos sustituido el éxito con la pólvora por el de la prórroga.

Es cierto que ni el gol de Ferran Torres ni las palabras del Papa borran nuestros problemas, ni individuales ni colectivos, ni resuelve nuestros desafíos, que el lunes seguían donde los dejamos. Pero nos vamos a la playa sabiendo que la España de hoy no tiene por qué ser más que otros, pero tampoco menos. En prosa lo sabíamos hace tiempo. Este verano, por fin, lo hemos escrito en verso que siempre recordaremos.

* Gerardo Iracheta Vallés es el presidente de Sigma Dos.

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