Siete candidatos, algún tapado y cinco vetos: la batalla por el próximo secretario general de la ONU entra en su fase decisiva

Hace unos meses, cuando oficialmente se abrió el proceso para sustituir a Antonio Guterres al frente de la secretaría general de Naciones Unidas, la entonces presidenta de la Asamblea General, la alemana Annalena Baerbock, marcó el tono diciendo que «el mundo espera que el próximo secretario general proporcione un liderazgo fuerte, dedicado y eficaz para cumplir con los tres pilares de las Naciones Unidas: paz y seguridad, derechos humanos y desarrollo, y para preparar a las Naciones Unidas para el futuro (…) nuestra elección enviará un mensaje poderoso sobre quiénes somos y nuestro compromiso de servir a todos los pueblos del mundo». El problema es que lo que espera el mundo y lo que los líderes están buscando y dispuestos a apoyar es muy diferente.

 Rebeca Grynspan y Carolyn Rodrigues-Birkett parecen ser las mejor situadas, pero los movimientos entre Pekín y Washington, como en el pasado, decidirán el resultado  

Hace unos meses, cuando oficialmente se abrió el proceso para sustituir a Antonio Guterres al frente de la secretaría general de Naciones Unidas, la entonces presidenta de la Asamblea General, la alemana Annalena Baerbock, marcó el tono diciendo que «el mundo espera que el próximo secretario general proporcione un liderazgo fuerte, dedicado y eficaz para cumplir con los tres pilares de las Naciones Unidas: paz y seguridad, derechos humanos y desarrollo, y para preparar a las Naciones Unidas para el futuro (…) nuestra elección enviará un mensaje poderoso sobre quiénes somos y nuestro compromiso de servir a todos los pueblos del mundo». El problema es que lo que espera el mundo y lo que los líderes están buscando y dispuestos a apoyar es muy diferente.

La ONU es la última esperanza para mucha gente, muchos pobres y refugiados. Es el resquicio al que agarrarse en un sistema internacional cuya arquitectura se resquebraja. Pero es también una institución que juega con una mano atada a la espalda, por su diseño institucional, el poder del Consejo de Seguridad y el derecho a veto de cinco países. Eso lo cambia todo, especialmente en esta elección. Históricamente, China o Rusia han tenido reservas sobre el perfil idóneo, pero por intereses específicos. Ahora es Estados Unidos el que está volviendo el proceso casi imposible, pero por cuestiones ideológicas, culturales e identitarias. «Si la Administración Trump continúa rechazando candidatos para secretario general de la ONU por ‘calificar la conducta de Israel en Gaza como un genocidio’, nos quedaremos solo con candidatos dispuestos a negar la realidad», apunta Kenneth Roth, durante tres décadas director de Human Rights Watch.

No es solo Israel. Las grandes potencias no buscan una figura fuerte, con ideas claras y que levante la voz. El juego de palabras desde hace lustros en los pasillos de Nueva York, repetido esta semana entre risas incómodas y resignación, es que el Consejo de Seguridad siempre se inclina más «por un secretario que por un general». Alguien que medie, que encabece un proceso de modernización, reformas y recortes pronunciados. Pero que no resulte incómodo ni antagonice. Una encuesta de GeoPoll para la Fundación de las Naciones Unidas de estos días indica que seis de cada 10 personas confían en que la ONU cumpla con las tareas que les importan, pero el 85% no tenía la menor idea sobre el proceso de elección de un nuevo secretario general o las opciones.

El proceso, formalmente, es muy claro. Durante meses, los candidatos que quieran pueden lanzarse y hacer campaña. El Consejo de Seguridad va haciendo lo que se conoce como «straw polls«, pequeñas votaciones internas en las que sólo se pone junto al nombre del candidato si lo apoyan, lo rechazan o no se pronuncian por el momento. Con el paso del tiempo, se espera que los que tienen menos respaldo, o los que entienden que van a ser vetados por alguno de los cinco miembros permanentes del Consejo (Rusia, China, EEUU, Francia y Reino Unido) se vayan retirando. Hasta que sólo quede uno (con al menos nueve apoyos de los 15 y ningún veto) cuyo nombramiento debe ser ratificado por la Asamblea General.

No hay plazos fijos (aunque se esperan resultados en las próximas semanas), pero como al final todo depende de los cinco grandes, técnicamente podría aparecer un perfil nuevo de la nada e imponerse. En las quinielas de esta semana, con miles de delegados especulando, se repetían nombres en la sombra, como la holandesa Sigrid Kaag, que fue subsecretaria en la casa y oportunamente forma parte de la Junta para la Paz de Trump. La ex embajadora ante NNUU de Emiratos Árabes Unidos, Lana Nusseibeh. O incluso el ex primer ministro húngaro, Viktor Orban, apreciado por Washington y Moscú y el serbio Vuk Jeremi, que casi logró el puesto hace 10 años.

Hasta esta semana había ocho candidatos, pero la chilena Michelle Bachelet, asumiendo el veto estadounidense por sus posiciones sobre el aborto o el feminismo, se ha retirado. La ONU suele rotar el puesto entre las cinco regiones reconocidas, y puesto que los tres últimos venían de África (Kofi Annan), Asia (Ban Ki-moon) y Europa (Guterres), se espera que el nuevo secretario general sea originario de América Latina o el Caribe. O más bien, la nueva secretaria general, ya que nunca ha habido una mujer y hay cierto consenso en la necesidad. Pedro Sánchez fue muy claro estos días, igual que Macron o incluso Xi Jinping. Por eso la costarricense Rebeca Grynspan y Carolyn Rodrigues-Birkett (Guyana) parecen ser las mejor encaminadas.

La otra aspirante, Rebeca Grynspan, fue secretaria general de la ONU de Comercio y Desarrollo.
La otra aspirante, Rebeca Grynspan, fue secretaria general de la ONU de Comercio y Desarrollo.Ángel Navarrete

A diferencia de años anteriores no hay un perfil muy claro despuntando, lo que multiplica las especulaciones sobre un «tapado». Sobre todo viendo las filias, fobias y extraños procesos. Rusia no tolera al argentino Rafael Grossi, de la Agencia Internacional de la Energía Atómica, por verlo demasiado cercano a Washington y por su papel sobre la central de Zaporiyia, en Ucrania, durante la invasión. El senegalés Macky Sall no logró el respaldo formal de la Unión Africana y ni siquiera de su Gobierno.

La Administración Trump se ha tomado muy en serio el proceso. La gran mayoría de los candidatos han pasado recientemente por Washington para dejarse ver y buscar ayuda de lobistas. Una fuente diplomática explica que dos de las candidatas en liza han pasado «al menos seis o siete veces en las últimas semanas para hacer exámenes temáticos por la delegación norteamericana, exámenes tema por tema para conocer sus posiciones en todo. Estados Unidos no aceptaba el alto perfil y las ideas de Bachelet y parece muy complicado que tolere a Rodrigues-Birkett, embajadora de Guyana ante la ONU, por calificar la conducta de Israel en Gaza como un «genocidio» o por palabras de apoyo a los hermanos Castro, en La Habana, en 2013.

Irónicamente, el futuro aunque se ha debatido mucho en Nueva York, ha podido decidirse en Washington, aprovechando la visita de Xi Jinping a la Casa Blanca. En 2006, el embajador estadounidense ante la ONU (hoy enemigo mortal de Trump) John Bolton, se cargó conspirando con su colega chino Wang Guangya la candidatura del indio Shashi Tharoor para aupar la de Ban Ki-moon. En sus memorias, el ‘halcón’ Bolton escribió que la secretaria de Estado estadounidense, Condoleezza Rice, le había informado de que se ajustaba más a los intereses del país. No sólo por colocar a una figura de un país aliado, sino sobre todo porque sería más manejable. «No estoy segura de que queramos un secretario general fuerte», afirma Bolton que Rice le dijo.

Hoy, China no dice nada en voz alta, es más sutil, pero en Nueva York se da por hecho que sus simpatías están detrás de Grynspan. En junio, el ministro chino de Exteriores, Wang Yi, recibió personalmente a la costarricense en Pekín, y según el comunicado chino, expresó su compromiso con el principio de «una sola China», además de elogiar su rol en el multilateralismo y en defensa de la Carta de la ONU. En su lenguaje diplomático, y la jerga de la ONU, no se puede aspirar a mucho más.

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