Salvados por la fiel infantería

El Campeonato de Europa, a celebrar en Birmingham, era la cita cumbre del año del atletismo español. Y, según Raúl Chapado, presidente de la Federación, el equipo ha suspendido («ni siquiera se ha alcanzado el cinco»). Puede que el directivo hablase en caliente y sus palabras fueran más fruto de la decepción que de la reflexión. Pero lo cierto es que, en una competición a la medida de un atletismo de segundo nivel, que no puede caminar por el mundo con la misma seguridad que por Europa, la cifra de ocho medallas (dos de oro, dos de plata y cuatro de bronce) y 29 finalistas, la misma de hace dos años en Roma, no es satisfactoria. España, séptima en un medallero encabezado por Italia, Gran Bretaña y Alemania, no dio la talla.

 El Campeonato de Europa, a celebrar en Birmingham, era la cita cumbre del año del atletismo español. Y, según Raúl Chapado, presidente de la Fe  

El Campeonato de Europa, a celebrar en Birmingham, era la cita cumbre del año del atletismo español. Y, según Raúl Chapado, presidente de la Federación, el equipo ha suspendido («ni siquiera se ha alcanzado el cinco»). Puede que el directivo hablase en caliente y sus palabras fueran más fruto de la decepción que de la reflexión. Pero lo cierto es que, en una competición a la medida de un atletismo de segundo nivel, que no puede caminar por el mundo con la misma seguridad que por Europa, la cifra de ocho medallas (dos de oro, dos de plata y cuatro de bronce) y 29 finalistas, la misma de hace dos años en Roma, no es satisfactoria. España, séptima en un medallero encabezado por Italia, Gran Bretaña y Alemania, no dio la talla.

Existió, en general, un déficit competitivo. Muchos atletas llegaron pasados de forma o en una insuficiente disposición psicológica, como si el hecho de acceder a un Europeo cumpliera sus objetivos o colmase sus aspiraciones. Los españoles compiten poco en la Diamond League y en otros mítines de menor pero real importancia, en parte porque sus marcas no les proporcionan acceso a las invitaciones, y en parte por una especie de pereza conformista (quizás todavía unos complejos) que les recluye dentro de las fronteras nacionales.

La marcha, la «fiel infantería«, salvó una vez más la papeleta y maquillado un balance discreto, ya que no desastroso. Bienvenida, en ese sentido, en su especificidad de modalidad que consiste en andar en un deporte que consiste en correr. World Athletics, la Federación Internacional, no sabe qué hacer con ella y anda cambiando las distancias y los modos a la espera de estabilizarla o, quién sabe, de suprimirla.

Dentro de las expectativas defraudadas, dolió especialmente el descalabro en los 1.500. Ningún finalista en una especialidad señera en nuestro atletismo. Y escoció la eliminación de Quique Llopis y Asier Martínez en los 110 metros vallas, con marcas indignas de su categoría. Ambos se encuentran en una especie de tierra de nadie, pero de su calidad cabe esperar un resurgir. Como el de María Vicente, récord nacional de heptatlón después de un calvario de lesiones.

La pérdida del testigo en los dos relevos 4×100, pruebas a las que se les dedican mucho tiempo y mucho cariño, fue compensada en parte, sólo en parte, por el bronce en los 4×100 mixtos. Un bronce. Nada menos, pero nada más. España no retrocede, pero se estanca cuando en los últimos tres o cuatro años había dado un perceptible salto hacia adelante. En mitad del ciclo olímpico, suenan algunas alarmas. Pero también hay razones para el optimismo: seguimos teniendo medallas en las competiciones de edades inferiores.

El Campeonato saludó, en su máxima proyección internacional, la resurrección de Jakob Ingebrigtsen, vuelto a la vida y a la superioridad insultante en los 5.000 metros. Y los 18,15 del italiano-cubano Andy Díaz en el triple salto. Y la final femenina de los 800 con Audrey Werro, Keely Hodgkinson y la reconvertida y recién casada Femke-Broeders Bol. Y, claro, Armand Duplantis, en la cima del mundo, aupado a una pértiga.

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