La reunión empieza tarde, otra vez

Son las nueve y cinco. La reunión iba a empezar a las nueve.

Pero alguien no consigue activar el micrófono. Otra persona entró por una red distinta y el acceso no la deja pasar. Un tercero comparte pantalla y la aplicación, que en la oficina volaba, hoy va a tirones. Cuando por fin arranca la conversación, han pasado siete minutos. Siete minutos multiplicados por las reuniones del día, por las personas de la empresa, por los días del año. Esa cifra no aparece en ningún informe. Pero las empresas la pagan igual.

Durante años discutimos lo de siempre: cuántos días de remoto, si la oficina seguía teniendo sentido, si se rinde más desde el salón de casa. Era la conversación equivocada. Porque el gran coste del trabajo híbrido no suele aparecer en las políticas internas, sino en las pequeñas interrupciones que ralentizan el trabajo cada día. Mientras decidíamos dónde íbamos a trabajar, casi nadie estaba mirando lo que el trabajo híbrido le hacía por dentro a las organizaciones.

Y estaba introduciendo pequeñas fricciones que antes simplemente no existían. Antes era simple. Mismo equipo, misma oficina, misma red. Si algo fallaba, estaba a tres metros. Ahora conviven personas trabajando desde casa, desde un hotel, desde un aeropuerto o un coworking, con decenas de aplicaciones abiertas a la vez y un departamento de TI intentando sostener miles de dispositivos que nunca van a pisar la empresa. La libertad de trabajar desde cualquier sitio tenía una letra pequeña. Y esa letra pequeña la firma el departamento de tecnología, todos los días.

Conectar a la gente ya no es el problema, eso se resolvió hace años. El reto es sostener, mañana tras mañana, que todo funcione igual de bien lejos de la oficina que dentro de ella. Y ahí casi todo el mundo está midiendo lo que no debe.

Las empresas vigilan las grandes catástrofes: la caída del sistema, el ciberataque, la interrupción que sale en titulares. Pero el desgaste real no llega de golpe. Llega gota a gota. Cinco minutos por una VPN que falla. Diez por una aplicación que se arrastra. Una reunión que empieza tarde, otra vez. Ninguna de esas fricciones es lo bastante grande como para que alguien la denuncie. Todas juntas erosionan, en silencio, la forma en que trabaja una compañía entera.

El problema es que muchas empresas siguen gestionando la tecnología con la lógica de hace quince años. Esperar a que el empleado choque con el problema. A que abra una incidencia. A que alguien, algún día, la revise. Es un modelo que reacciona. Y un modelo que reacciona siempre llega tarde, porque cuando actúa, el tiempo ya está perdido y la frustración ya está instalada.

En Flexxible defendemos lo contrario: que la tecnología debería resolver el fallo antes de que el usuario lo note. Monitorizar en tiempo real, automatizar lo repetitivo, detectar la incidencia mientras todavía es invisible. No para presumir de tener menos tickets, sino porque cada interrupción que nadie ve es una hora de trabajo que la empresa no recupera.

Porque el trabajo híbrido ya no se juega únicamente en la presencialidad. También se juega en esos siete minutos que una empresa pierde antes de empezar cada reunión. El trabajo híbrido ya forma parte de la realidad de muchas empresas. Y quizá la conversación pendiente ya no sea desde dónde trabaja la gente, sino cómo conseguir que toda la tecnología que sostiene ese modelo acompañe realmente la forma en la que trabajamos.

Josep Prat, cofundador de Flexxible

 Trabajar desde cualquier lugar nos pareció una conquista. Nadie calculó lo que costaba sostenerla  

Son las nueve y cinco. La reunión iba a empezar a las nueve.

Pero alguien no consigue activar el micrófono. Otra persona entró por una red distinta y el acceso no la deja pasar. Un tercero comparte pantalla y la aplicación, que en la oficina volaba, hoy va a tirones. Cuando por fin arranca la conversación, han pasado siete minutos. Siete minutos multiplicados por las reuniones del día, por las personas de la empresa, por los días del año. Esa cifra no aparece en ningún informe. Pero las empresas la pagan igual.

Durante años discutimos lo de siempre: cuántos días de remoto, si la oficina seguía teniendo sentido, si se rinde más desde el salón de casa. Era la conversación equivocada. Porque el gran coste del trabajo híbrido no suele aparecer en las políticas internas, sino en las pequeñas interrupciones que ralentizan el trabajo cada día. Mientras decidíamos dónde íbamos a trabajar, casi nadie estaba mirando lo que el trabajo híbrido le hacía por dentro a las organizaciones.

Y estaba introduciendo pequeñas fricciones que antes simplemente no existían. Antes era simple. Mismo equipo, misma oficina, misma red. Si algo fallaba, estaba a tres metros. Ahora conviven personas trabajando desde casa, desde un hotel, desde un aeropuerto o un coworking, con decenas de aplicaciones abiertas a la vez y un departamento de TI intentando sostener miles de dispositivos que nunca van a pisar la empresa. La libertad de trabajar desde cualquier sitio tenía una letra pequeña. Y esa letra pequeña la firma el departamento de tecnología, todos los días.

Conectar a la gente ya no es el problema, eso se resolvió hace años. El reto es sostener, mañana tras mañana, que todo funcione igual de bien lejos de la oficina que dentro de ella. Y ahí casi todo el mundo está midiendo lo que no debe.

Las empresas vigilan las grandes catástrofes: la caída del sistema, el ciberataque, la interrupción que sale en titulares. Pero el desgaste real no llega de golpe. Llega gota a gota. Cinco minutos por una VPN que falla. Diez por una aplicación que se arrastra. Una reunión que empieza tarde, otra vez. Ninguna de esas fricciones es lo bastante grande como para que alguien la denuncie. Todas juntas erosionan, en silencio, la forma en que trabaja una compañía entera.

El problema es que muchas empresas siguen gestionando la tecnología con la lógica de hace quince años. Esperar a que el empleado choque con el problema. A que abra una incidencia. A que alguien, algún día, la revise. Es un modelo que reacciona. Y un modelo que reacciona siempre llega tarde, porque cuando actúa, el tiempo ya está perdido y la frustración ya está instalada.

En Flexxible defendemos lo contrario: que la tecnología debería resolver el fallo antes de que el usuario lo note. Monitorizar en tiempo real, automatizar lo repetitivo, detectar la incidencia mientras todavía es invisible. No para presumir de tener menos tickets, sino porque cada interrupción que nadie ve es una hora de trabajo que la empresa no recupera.

Porque el trabajo híbrido ya no se juega únicamente en la presencialidad. También se juega en esos siete minutos que una empresa pierde antes de empezar cada reunión. El trabajo híbrido ya forma parte de la realidad de muchas empresas. Y quizá la conversación pendiente ya no sea desde dónde trabaja la gente, sino cómo conseguir que toda la tecnología que sostiene ese modelo acompañe realmente la forma en la que trabajamos.

Josep Prat, cofundador de Flexxible

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