«Bolas de fuego. Todo era una bola de fuego«. Es la imagen apocalíptica que se grabó en la retina de los vecinos de la pequeña aldea portuguesa de Pobrais que, casi milagrosamente, se salvaron de la devastadora emboscada de llamas en el tristemente conocido como incendio de lacarretera de la muerte, que en 2017 se cobró la vida de 64 personas. Fue aquél un año aciago en el que nuestro país vecino y Grecia sufrieron las mayores catástrofes de esta naturaleza en Europa en lo que va de siglo, con más de dos centenares de vidas perdidas entre las dos naciones por la fiereza de las llamas.
Un total de 64 personas perdieron la vida en un episodio trágico con algunos paralelismos con el drama actual en Almería
«Bolas de fuego. Todo era una bola de fuego«. Es la imagen apocalíptica que se grabó en la retina de los vecinos de la pequeña aldea portuguesa de Pobrais que, casi milagrosamente, se salvaron de la devastadora emboscada de llamas en el tristemente conocido como incendio de lacarretera de la muerte, que en 2017 se cobró la vida de 64 personas. Fue aquél un año aciago en el que nuestro país vecino y Grecia sufrieron las mayores catástrofes de esta naturaleza en Europa en lo que va de siglo, con más de dos centenares de vidas perdidas entre las dos naciones por la fiereza de las llamas.
Portugal tuvo que hacer frente en el año citado a 563.674 hectáreas ardidas. Pero en la mente de todos los ciudadanos lusos está especialmente presente el incendio forestal de aquel mes de junio, que por desgracia tiene muchos paralelismos con la tragedia ocurrida ahora en Almería. El incendio, que coincidió con una inusual ola de calor con temperaturas superiores a los 40 grados ambientales, comenzó en la villa de Pedrógão Grande y se extendió con enorme rapidez por docenas de pequeñas aldeas del área, como la mencionada Pobrais, por culpa de unas criminales rachas de viento que agigantaron la desgracia. La investigación no pudo concluir de modo definitivo las causas que provocaron las llamaradas, aunque se cree que pudo iniciarlas una fatal tormenta eléctrica.
La mayoría de las víctimas fueron personas que se vieron atrapadas por aquellas «bolas de fuego» dentro de sus coches cuando decidieron salir huyendo, en la carretera rural 236, que liga las aldeas de Figueiró dos Vinhos y Castanheira de Pêra. Apenas tuvieron tiempo de darse cuenta de que se encaminaban hacia una ratonera mortal en aquella carretera idílica que discurre entre verdes bosques frondosos del interior de Portugal y en la que, sin embargo, en la noche de aquel 17 de junio sólo dominaba el rojo infernal. De repente se vieron rodeados por las llamas. Nada pudieron hacer, nada pudo hacerse. Aunque es duro recordar cómo muchas de las víctimas intentaron salvarse saliendo de los vehículos con la presumible desesperación de no saber hacia dónde encaminarse. Y es que más de 20 cadáveres fueron hallados calcinados en los andenes de la carretera y en el bosque, donde habían intentado huir a pie. A otra treintena las llamas les devoraron dentro de los coches. La mayoría quedaron completamente irreconocibles, como relataron desolados bomberos que jamás habían afrontado un episodio de aquellas características. Debe tenerse en cuenta de que, según los investigadores, se alcanzaron temperaturas de hasta 1.000 grados en aquella carretera de la muerte.
La imagen de muertos calcinados, terriblemente dolorosa, se antoja comparable a la de quienes fueron sorprendidos en Pompeya en el siglo I por el rugido del Vesubio. Pobrais contaba entonces con 30 vecinos; 11 de ellos perecieron aquel día. El dato da por sí solo la magnitud de la hecatombe.
«Los que decidieron escapar en su coche y llegaron a la ruta, a la EN236, perecieron. Yo paré el coche. Lo abandoné y salí corriendo antes de llegar a la carretera. Volví por instinto», explicó a Crónica Armando Casinhas, uno de los supervivientes de la aldea, junto a su esposa Isabel Lopes, que pudieron contarlo gracias a una de esas decisiones que no puede explicarse por qué se toman y que resultó su salvavidas.
En las mismas jornadas de luto nacional que vivió Portugal, arreciaron las críticas al Gobierno que entonces encabezaba António Costa. Su gestión en materia de prevención de incendios fue muy cuestionada. Y también se debatieron enormemente otras fallas durante los momentos de agonía de los vecinos de la región afectada por la falta de comunicación de las autoridades sobre si debían refugiarse en sus casas o evacuar la zona. Aunque por momentos pareció que la cabeza del propio Costa estuvo en el alero por aquella tragedia, finalmente la responsabilidad política se zanjó con la dimisión de su ministra de Interior. Hoy muchos portugueses recordarán con especial sensibilidad aquel devastador incendio mientras les llegan las noticias del horror en Almería.
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