Pocas cosas pueden causar tanta pereza en el mundo laboral como la obligación de ir a un retiro de empresa de fin de semana para hacer juegos de confianza con los compañeros de oficina. Lo cierto es que, aunque pueda haber espacio para anécdotas divertidas, detrás de esas dinámicas de grupo casi siempre se esconde el intento de una directiva por lavar su imagen o maquillar una crisis interna con charlas motivacionales bastante falsas. Esta dura realidad corporativa llega a las pantallas hoy, viernes 11 de septiembre, a través de Netflix con el estreno global de Maribel Verdú interpreta de forma fantástica a Pepa, una directiva calculadora, fría y sin ninguna empatía que maneja el organigrama de la empresa a su antojo y no tiene escrúpulos a la hora de recortar cabezas. En la acera de enfrente está Alexandra Jiménez en el papel de Olga, una trabajadora muy ambiciosa y retadora que regresa de su baja por maternidad convencida de que su vida profesional sigue igual. Olga se encuentra con que su sustituto, Padilla, se ha ganado a toda la oficina y ha cerrado el gran contrato que ella preparó durante meses. El tablero de la oficina se completa con Raúl Tejón como Marco, el clásico pelota «bienqueda», y Pedro Casablanc como Domingo, un empleado veterano instalado en la ley del mínimo esfuerzo que, en cuanto encuentra la motivación adecuada, se descubre capaz de cualquier cosa para salvar el cuello.
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Los guionistas Adolfo Valor y Cristóbal Garrido, junto al director Diego Núñez Irigoyen, construyen una sátira inteligente sobre la conducta humana bajo presión. El guion defiende que las situaciones límite sacan a la luz los bajos instintos que normalmente ocultamos por autocontrol, pero también deja claro que la verdadera degradación del trabajador no nace en este estallido de furia rural, sino en la rutina diaria gris marcada por el conformismo y la autocompasión corporativa. La puesta en escena es ágil y aprovecha el entorno rústico para acentuar el ridículo de las dinámicas de grupo, apoyada en la maravillosa fotografía de Maria Codina.
El ingenio del guion delata la firma de sus creadores, una pareja de escritores que ya le tiene tomado el pulso a las producciones de la plataforma tras firmar los textos de «Eres tú» o «Amor de madre». Aquí aprovechan la música de Arnau Bataller para acelerar el ritmo de las disputas, metiendo chistes muy divertidos sobre el lenguaje moderno de recursos humanos y los absurdos ejercicios de confianza al aire libre, donde ver a Pedro Casablanc vestido de peón de un ajedrez gigante vale el precio de la suscripción mensual.
Aunque no se trata de una película inspiradora que vaya a remover conciencias, sí que esconde reflexión tras una divertidísima comedia para quién sepa detenerse en ella. La producción de Zeta Studios equilibra la crítica social con el entretenimiento directo, logrando una cinta que no cae en lo cursi ni en la exageración dramática. Es una crónica muy honesta sobre las dificultades de la conciliación familiar y el sálvese quien pueda que surge en las empresas cuando el pan está en peligro, demostrando que la supuesta amistad entre compañeros de mesa desaparece de un plumazo cuando entra en juego la supervivencia individual. El resultado final convence porque evita dar discursos morales y prefiere que los propios personajes se retraten a través de sus actos egoístas. Es una propuesta ligera pero punzante que deja un excelente sabor de boca y resulta ideal para ver durante un fin de semana en.
El llegada de esta comedia ácida a Netflix desnuda los bajos instintos que surgen cuando nos someten a una presión extrema
Pocas cosas pueden causar tanta pereza en el mundo laboral como la obligación de ir a un retiro de empresa de fin de semana para hacer juegos de confianza con los compañeros de oficina. Lo cierto es que, aunque pueda haber espacio para anécdotas divertidas, detrás de esas dinámicas de grupo casi siempre se esconde el intento de una directiva por lavar su imagen o maquillar una crisis interna con charlas motivacionales bastante falsas. Esta dura realidad corporativa llega a las pantallas hoy, viernes 11 de septiembre, a través de Netflix con el estreno global de «Gracias, equipo», una comedia ácida y divertida que utiliza los problemas cotidianos de una oficina común para mostrar las miserias que surgen entre los empleados cuando las cosas se ponen verdaderamente difíciles.
La trama se centra en el declive de Tío Mochales, una empresa familiar que en su época dorada fue la reina absoluta del queso español, pero que hoy está vieja, oxidada y al borde de la quiebra. Para intentar salvar los muebles, los jefes organizan un viaje de integración en el pequeño pueblo rural donde se fundó la fábrica original. El problema es que los trabajadores descubren muy pronto que el idílico retiro campestre es una encerrona para ejecutar un despido masivo, transformando la escapada motivacional en un campo de batalla despiadado donde los empleados se sabotean unos a otros mediante filtraciones, mentiras y peloteos descarados para conservar su puesto.
La película funciona muy bien gracias a un reparto coral donde cada actor tiene su rol perfectamente definido. Maribel Verdú interpreta de forma fantástica a Pepa, una directiva calculadora, fría y sin ninguna empatía que maneja el organigrama de la empresa a su antojo y no tiene escrúpulos a la hora de recortar cabezas. En la acera de enfrente está Alexandra Jiménez en el papel de Olga, una trabajadora muy ambiciosa y retadora que regresa de su baja por maternidad convencida de que su vida profesional sigue igual. Olga se encuentra con que su sustituto, Padilla, se ha ganado a toda la oficina y ha cerrado el gran contrato que ella preparó durante meses. El tablero de la oficina se completa con Raúl Tejón como Marco, el clásico pelota «bienqueda», y Pedro Casablanc como Domingo, un empleado veterano instalado en la ley del mínimo esfuerzo que, en cuanto encuentra la motivación adecuada, se descubre capaz de cualquier cosa para salvar el cuello.
Los guionistas Adolfo Valor y Cristóbal Garrido, junto al director Diego Núñez Irigoyen, construyen una sátira inteligente sobre la conducta humana bajo presión. El guion defiende que las situaciones límite sacan a la luz los bajos instintos que normalmente ocultamos por autocontrol, pero también deja claro que la verdadera degradación del trabajador no nace en este estallido de furia rural, sino en la rutina diaria gris marcada por el conformismo y la autocompasión corporativa. La puesta en escena es ágil y aprovecha el entorno rústico para acentuar el ridículo de las dinámicas de grupo, apoyada en la maravillosa fotografía de Maria Codina.
El ingenio del guion delata la firma de sus creadores, una pareja de escritores que ya le tiene tomado el pulso a las producciones de la plataforma tras firmar los textos de «Eres tú» o «Amor de madre». Aquí aprovechan la música de Arnau Bataller para acelerar el ritmo de las disputas, metiendo chistes muy divertidos sobre el lenguaje moderno de recursos humanos y los absurdos ejercicios de confianza al aire libre, donde ver a Pedro Casablanc vestido de peón de un ajedrez gigante vale el precio de la suscripción mensual.
Aunque no se trata de una película inspiradora que vaya a remover conciencias, sí que esconde reflexión tras una divertidísima comedia para quién sepa detenerse en ella. La producción de Zeta Studios equilibra la crítica social con el entretenimiento directo, logrando una cinta que no cae en lo cursi ni en la exageración dramática. Es una crónica muy honesta sobre las dificultades de la conciliación familiar y el sálvese quien pueda que surge en las empresas cuando el pan está en peligro, demostrando que la supuesta amistad entre compañeros de mesa desaparece de un plumazo cuando entra en juego la supervivencia individual. El resultado final convence porque evita dar discursos morales y prefiere que los propios personajes se retraten a través de sus actos egoístas. Es una propuesta ligera pero punzante que deja un excelente sabor de boca y resulta ideal para ver durante un fin de semana en.
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