El síndrome Rembrandt: Retrato pomposo y lúcido de un futuro inevitable (***)

Todos estamos de acuerdo en que el cambio climático no existe, que no es más que la última excusa de los tristes que no son capaces de disfrutar del sol y el buen tiempo, que como invención ya no da más de sí, que olas de calor, huracanes, sequías e incendios han existido desde siempre… Partiendo de aquí, puro sentido común, las preguntas que habría que hacerse son las importantes: dónde se consiguen gratis las gafas del eclipse, a qué hora empieza el tardeo exactamente y cómo haría Spiderman para enganchar las telarañas en los Monegros, por ejemplo. Es decir, la cuestión sigue siendo la misma de siempre: ¿estamos gilipollas o qué?

 Pierre Schoeller imagina la última y oportuna consecuencia del cambio climático en una película tan cargante como oportuna  

Todos estamos de acuerdo en que el cambio climático no existe, que no es más que la última excusa de los tristes que no son capaces de disfrutar del sol y el buen tiempo, que como invención ya no da más de sí, que olas de calor, huracanes, sequías e incendios han existido desde siempre… Partiendo de aquí, puro sentido común, las preguntas que habría que hacerse son las importantes: dónde se consiguen gratis las gafas del eclipse, a qué hora empieza el tardeo exactamente y cómo haría Spiderman para enganchar las telarañas en los Monegros, por ejemplo. Es decir, la cuestión sigue siendo la misma de siempre: ¿estamos gilipollas o qué?

El síndrome Rembrandt responde a la pregunta sin dudar: gilipollas. Y la verdad es que su lucidez y rapidez en la respuesta abruman. Se cuenta la historia de una ingeniera nuclear francesa (Camille Cottin) que un buen día decide colocar en una bonita tabla de Excell con la ayuda de la IA todos los datos relacionados de forma directa o indirecta con el calentamiento global que sufrimos. Y lo que le sale es un desastre nuclear de unas dimensiones sencillamente inaceptables; inaceptables para el planeta y para la propia supervivencia de la especie. Puede parecer ciencia- ficción y visto lo que está pasando ahora mismo con los centrales atómicas centroeuropeas obligadas a parar los reactores por falta de agua… Da miedo. Mucho.

Sea como sea, la película no es un documental y su idea no es alarmar por alarmar, sino alarmar por sentido de la responsabilidad. El punto de partida de la propuesta de Schoeller es, si se quiere, político o moral. Como ya hiciera en trabajos anteriores como El ejercicio del poder, la intención es desnudar el lenguaje y aparataje teórico (germen de protofascismo negacionista) que nos impide ver lo evidente y nos obliga a renunciar a protestar y actuar contra lo inadmisible. Desde este punto de vista, nada que reprochar a una película esencialmente lúcida, directa y, por todo ello, desoladora.

El problema, que lo hay, es el empeño incomprensible de la cinta de revestir el discurso con una capa de grave profundidad que, la verdad, no viene a cuento. El dilema contra el que se debate la protagonista aparece camuflado en una especie de crisis existencial que lo mismo remite a Rembrandt que se enreda en una suerte de metáfora confusa que acaba únicamente por despistar. Sin embargo, y pese a ello y por esencialmente oportuna, pocas películas se nos antojan ahora mismo tan de obligado cumplimiento. Nos hundimos. Por gilipollas.

Director: Pierre Schoeller. Intérpretes: Camille Cottin, Romain Duris, Céleste Brunnquell. Duración: 107 minutos. Nacionalidad: Francia.

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