«La información es el combustible del siglo XXI, y su análisis es el motor de explosión». La frase del entonces consejero delegado de Google, Eric Schmidt, ha ido ganando en credibilidad desde que la lanzó en enero de 2010 en el Foro de Davos. En este 2026, sin embargo, hemos descubierto que, como el petróleo, la información tiene, también, sus «refinerías» y sus «depósitos de almacenaje»: los centros de datos.
El ataque a Yandex por parte de Kiev pone de relieve cómo los centros de datos son el nuevo objetivo de los enemigos
«La información es el combustible del siglo XXI, y su análisis es el motor de explosión». La frase del entonces consejero delegado de Google, Eric Schmidt, ha ido ganando en credibilidad desde que la lanzó en enero de 2010 en el Foro de Davos. En este 2026, sin embargo, hemos descubierto que, como el petróleo, la información tiene, también, sus «refinerías» y sus «depósitos de almacenaje»: los centros de datos.
Desde finales del siglo XIX, una de las fórmulas más eficaces para paralizar un país ha sido atacar su infraestructura energética. Puede ser bombardear las nueve refinerías de Ploiesti, en la Rumanía ocupada por la Alemania nazi, el oleoducto que comunica los yacimientos saudíes del Golfo Pérsico con la terminal petrolera de Yanbu, en el mar Rojo, o interrumpir el suministro de electricidad en Serbia en 1999. Pero ahora hay otro objetivo igualmente vulnerable si se quiere paralizar a un país: sus grandes centros de datos y los cables submarinos y sistemas de comunicación a través de los cuales viaja internet. La economía virtual tiene tejados, paredes, y grandes naves que un dron de unas pocas decenas de miles de euros puede hacer saltar por los aires, dejando sin internet a países enteros. Nadie pensó nunca que la nube iba a ser tan física.
Los ciudadanos rusos están viviendo esa situación. Entre el jueves 8 y el domingo 11 de octubre, Ucrania bombardeó con drones tres grandes centros de datos de Yandex, el «Google ruso». La empresa tiene el 72% del mercado de búsquedas online del país, el 65% del de VTC (vehículos con conductor, como Cabify o Uber) y entre el 7% y el 13% del de servicios en la nube. Bastaron esos tres ataques para que una buena parte de los rusos se quedaran sin VTC, o incluso sin acceso a los ferrocarriles del país, cuya web se cayó con la destrucción de los centros de datos, al igual que las de muchas otras empresas. En una de las instalaciones atacadas, estaban dos de los tres superordenadores empleados para desarrollar su inteligencia artificial rusa. No es que Rusia sea una potencia en IA ni aspire a serlo. Pero este simple bombardeo la va a hacer retroceder aún más.
El ataque a Yandex también desencadenó una oleada de rumores sobre el desplome de la actividad de los bots rusos en redes sociales, alentados por, entre otros, el presidente ucraniano, Volodimir Zelenski. «De pronto, se ha hecho un poco más fácil respirar en muchas redes sociales», declaró Zelenski con ironía en su intervención online en el Foro de Seguridad de Varsovia, en referencia a ese presunto declive de la actividad maliciosa en redes. Pero esa es una afirmación que no se sustenta en los hechos.
«Los datos son lo que son», explica Álex Romero, consejero delegado de la empresa de ciberinteligencia Alto Intelligence, que rastrea a más de seis millones de grupos en Telegram, una de las redes más empleadas por los bots rusos, y no ha observado «una disminución significativa de las publicaciones durante los días de los ataques». Los bots que usa Yandex son como los de Google. Su objetivo es recopilar datos de las webs para indexarlos en su buscador. No manipular a la opinión pública de terceros países.
Lo verdaderamente relevante del caso de Yandex es cómo los centros de datos se han convertido en un objetivo legítimo de guerra. Ucrania no ha sido pionera, ni mucho menos, en la elección de estos blancos. Ya el 1 de marzo Israel y Estados Unidos bombardearon un centro de datos del banco iraní Sepah en Teherán. Su objetivo, según el diario The Wall Street Journal, era paralizar el pago de salarios de los miembros de las fuerzas de seguridad de la República Islámica. El 11 de marzo, drones iraníes dañaban gravemente tres centros de datos de la división de Amazon para la nube, Amazon Web Services (cada vez que se abre un documento cuya URL termina en «amazonaws» se está usando la nube de esa empresa). Dos estaban en Emiratos Árabes Unidos; el tercero, en Bahrein. Han pasado más de seis meses desde el ataque y este último sigue sin reabrir.
Los casos de Rusia, Irán, Emiratos y Bahrein ponen de manifiesto hasta qué punto los centros de datos son vulnerables. Es algo, además, inevitable, porque han sido concebidos como instalaciones civiles e industriales, no como posibles blancos en una guerra. Igual que una refinería, son vulnerables. Necesitan enormes cantidades de energía y agua. Las operaciones para extinguir incendios pueden dañarlos aún más, como quedó de manifiesto en el Golfo Pérsico. Y su coste es considerable.
Y, sin embargo, los centros de datos pueden ser considerados instalaciones militares «de doble uso», es decir, con una vertiente civil y otra militar. Maven Smart System, el software de defensa utilizado por EEUU y la OTAN y desarrollado por la controvertida multinacional estadounidense Palantir, descansa en centros de datos de AWS. Israel y Ucrania han usado los servicios de la nube de, entre otras empresas, Microsoft, para sus guerras contra Hamas y Rusia, respectivamente. El hecho de que las operaciones de un centro de datos puedan cambiar constantemente hace aún más difícil determinar si estas instalaciones son civiles, militares… o, al mismo tiempo, las dos cosas.
Destruir un centro de datos tiene, también, consecuencias para la «soberanía digital» de los países. Un ejemplo: cuando sus instalaciones en Emiratos y Bahrein quedaron fuera de servicio, AWS aconsejó a sus clientes en la región que autorizaran la transferencia de sus operaciones a terceros países. Eso plantea la cuestión de, por ejemplo, si un organismo público de un país puede razonablemente autorizar que datos sensibles o, simplemente, confidenciales, de sus ciudadanos, sean llevados a una instalación industrial extranjera, con un régimen jurídico diferente y cuyas autoridades, llegado el caso, pueden, al menos en teoría, acceder a ellos.
Emiratos, que planea lograr una gran inversión en centros de datos, está ahora preparándose para llevarlos a zonas despobladas y aisladas, donde sea más difícil alcanzarlos. No es posible blindarlos a todos. Y la duplicación de funciones, de modo que la destrucción de uno no cause interrupciones en los servicios online, solo da resultados limitados. Nadie pensó nunca que los centros de datos iban a estar en las trincheras.
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