«El castillo» inexpugnable de las mujeres «de deuda»

En 1999, España daba los primeros pasos para convertirse en el prostíbulo de Europa con el primer macroburdel del país, y el constante desfile de mujeres «de deuda» de Colombia, Rumanía, Brasil o Paraguay. En este universo se movía como pez en el agua el Suizo, un proxeneta que aprovecha para kucrarse con la explotación sexual de chicas en clubes en todas las carreteras nacionales del país. El protagonista de «El castillo», solo es una de las piedras de esta lacra que retrata esta serie de seis episodios que estrena Movistar Plus, creada por Isabel Peña y Eduardo Villanueva, dirigida por Elena Martín Gimeno y Sandra Romero y protagonizada por Raúl Arévalo, Laia Marull, Omar Ayuso y Valentina Vidal.

En la provincia de Ciudad Real, un coche conducido por el Suizo (Arévalo) lleva a la joven Tamara hasta un local donde la espera Yoli (Angela Boix), la madame del burdel donde las chicas son llevadas con engaños desde su país de origen para prostituirse a puerta cerrada. Son las llamadas mujeres «de deuda», por quedarse permanentemente endeudadas con el proxeneta que les quita el pasaporte. En este mundo desembarcará una joven colombiana, Claudia (Vidal en su primer papel) que necesita dinero para mantener a su madre, a su hermano y a su hijo pequeño. Y en el tercer vértice de este triángulo de vergüenza, la Unidad Central de Redes de Inmigración Ilegal y Falsedades Documentales (UCRIF), que cuenta con un equipo que persigue la prostitución con sus dos mejores agentes, Gerardo Liesa (Ayuso) y Carmen Osés (Marull).

«El castillo» cuenta con una producción sobresaliente que les ha llevado a investigar para mostrarnos mucho más allá de su origen, el libro «El proxeneta» de Mabel Lozano. Los creadores tardaron ocho años en conseguir hacerla. «Me llamó hace dos años Isabel para proponerme el proyecto», cuenta a LA RAZÓN Elena Martín, que no quiso dejar pasar la oportunidad de «dirigir algo que han escrito Isa y Edu porque los admiraba mucho», pero la temática planteó el primer problema: «Había reflexionado mucho sobre cómo retratar la violencia contra las mujeres; qué imágenes mostrar. Le dije a Isa que una serie sobre la trata es inherentemente violenta. Y que no sabía si quería rodar eso». Pero resultó que era la misma duda que los creadores. Así nace una narración vinculada a la realidad. Con proxenetas que son seres normales, muy fumadores y buenos bebedores. Ahí destaca el papel de Arévalo, que representa con toda la crudeza posible la «normalidad» de esas prácticas tan extendidas. Es sin duda una de las interpretaciones del año, con cambio físico incluido.

Para diferenciarse del resto de ficciones, «El castillo» no muestra «violencia morbosa o explícita» —recuerda Elena— y los planos de las dos escenas sexuales de la serie muestran al «putero» y no a las chicas: «No se recrea en la violencia física contra los personajes femeninos, todo lo que se puede dejar en off se deja en off». En esta labor destaca Valentina, que hace suyo el personaje explotado y fija en su mirada la disociación que siempre acompaña a estas mujeres. Además, la serie cumple también con no idealizar a los proxenetas. La otra directora, Sandra, comparte con nosotros que «en una ficción también tendemos a intentar codificar a los personajes para que luego la gente los descodifique de alguna manera fácil. Y creo que el reto aquí era codificar esa normalidad: son personas que se mueven entre nosotros y que son completamente normales; incluso mediocres. No tienen nada de especial».

La serie goza de una apariencia cinematográfica absoluta y con sumo cuidado de todos los detalles, dejando atrás los locales oscuros y protegidos para sacar a la luz las miserias de la explotación de ilegales. Añade la serie más capas de drama, si es posible, con la frustración de los agentes de la ley al ver que ninguna denuncia avanza y parece un camino sin salida. Al tiempo que se desarrolla una trama policial que aporta dinamismo y una parte final que incluye el círculo vicioso que fomentaba también la justicia. «El castillo» es incómoda, sórdida, pero consigue mantenernos pegados a la pantalla. Con unas interpretaciones impecables, con protagonistas entregados y secundarios que son pura verdad, la serie es un viaje a una de las partes más oscuras y olvidadas de nuestra historia reciente. Además de una de las ficciones del año.

 Movistar Plus estrena esta incómoda serie que toca con crudeza la explotación sexual y el auge de la mafia proxeneta en España   

En 1999, España daba los primeros pasos para convertirse en el prostíbulo de Europa con el primer macroburdel del país, y el constante desfile de mujeres «de deuda» de Colombia, Rumanía, Brasil o Paraguay. En este universo se movía como pez en el agua el Suizo, un proxeneta que aprovecha para kucrarse con la explotación sexual de chicas en clubes en todas las carreteras nacionales del país. El protagonista de «El castillo», solo es una de las piedras de esta lacra que retrata esta serie de seis episodios que estrena Movistar Plus, creada por Isabel Peña y Eduardo Villanueva, dirigida por Elena Martín Gimeno y Sandra Romero y protagonizada por Raúl Arévalo, Laia Marull, Omar Ayuso y Valentina Vidal.

En la provincia de Ciudad Real, un coche conducido por el Suizo (Arévalo) lleva a la joven Tamara hasta un local donde la espera Yoli (Angela Boix), la madame del burdel donde las chicas son llevadas con engaños desde su país de origen para prostituirse a puerta cerrada. Son las llamadas mujeres «de deuda», por quedarse permanentemente endeudadas con el proxeneta que les quita el pasaporte. En este mundo desembarcará una joven colombiana, Claudia (Vidal en su primer papel) que necesita dinero para mantener a su madre, a su hermano y a su hijo pequeño. Y en el tercer vértice de este triángulo de vergüenza, la Unidad Central de Redes de Inmigración Ilegal y Falsedades Documentales (UCRIF), que cuenta con un equipo que persigue la prostitución con sus dos mejores agentes, Gerardo Liesa (Ayuso) y Carmen Osés (Marull).

«El castillo» cuenta con una producción sobresaliente que les ha llevado a investigar para mostrarnos mucho más allá de su origen, el libro «El proxeneta» de Mabel Lozano. Los creadores tardaron ocho años en conseguir hacerla. «Me llamó hace dos años Isabel para proponerme el proyecto», cuenta a LA RAZÓN Elena Martín, que no quiso dejar pasar la oportunidad de «dirigir algo que han escrito Isa y Edu porque los admiraba mucho», pero la temática planteó el primer problema: «Había reflexionado mucho sobre cómo retratar la violencia contra las mujeres; qué imágenes mostrar. Le dije a Isa que una serie sobre la trata es inherentemente violenta. Y que no sabía si quería rodar eso». Pero resultó que era la misma duda que los creadores. Así nace una narración vinculada a la realidad. Con proxenetas que son seres normales, muy fumadores y buenos bebedores. Ahí destaca el papel de Arévalo, que representa con toda la crudeza posible la «normalidad» de esas prácticas tan extendidas. Es sin duda una de las interpretaciones del año, con cambio físico incluido.

Para diferenciarse del resto de ficciones, «El castillo» no muestra «violencia morbosa o explícita» —recuerda Elena— y los planos de las dos escenas sexuales de la serie muestran al «putero» y no a las chicas: «No se recrea en la violencia física contra los personajes femeninos, todo lo que se puede dejar en off se deja en off». En esta labor destaca Valentina, que hace suyo el personaje explotado y fija en su mirada la disociación que siempre acompaña a estas mujeres. Además, la serie cumple también con no idealizar a los proxenetas. La otra directora, Sandra, comparte con nosotros que «en una ficción también tendemos a intentar codificar a los personajes para que luego la gente los descodifique de alguna manera fácil. Y creo que el reto aquí era codificar esa normalidad: son personas que se mueven entre nosotros y que son completamente normales; incluso mediocres. No tienen nada de especial».

La serie goza de una apariencia cinematográfica absoluta y con sumo cuidado de todos los detalles, dejando atrás los locales oscuros y protegidos para sacar a la luz las miserias de la explotación de ilegales. Añade la serie más capas de drama, si es posible, con la frustración de los agentes de la ley al ver que ninguna denuncia avanza y parece un camino sin salida. Al tiempo que se desarrolla una trama policial que aporta dinamismo y una parte final que incluye el círculo vicioso que fomentaba también la justicia. «El castillo» es incómoda, sórdida, pero consigue mantenernos pegados a la pantalla. Con unas interpretaciones impecables, con protagonistas entregados y secundarios que son pura verdad, la serie es un viaje a una de las partes más oscuras y olvidadas de nuestra historia reciente. Además de una de las ficciones del año.

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