«La Tierra, cuna de una belleza inimaginable y de maravillas sobrecogedoras. Incomprensible, abrumadora. Este planeta se burla de nuestros pobres intentos por describirlo. Sí, para apreciar de verdad la asombrosa grandeza de este planeta, a veces hay que profanarlo. He aquí al profanador. Su naturaleza es vil, rastrera y depravada. Antaño un orgulloso presentador de televisión, los cambios en su ecosistema lo han empujado hacia un clima más seco y hostil: el pódcast semanal. Aquí, privado del sustento que le proporcionaba el público de su estudio, este payaso de ojillos pequeños y apagados —los ojos de un muñeco pintado con torpeza— se ve obligado a alimentarse del más mísero de los bocados: algún fan al azar que llama al programa. Enloquecido por el aroma salvaje de su tibio entusiasmo, carroñea por tierras lejanas, sin que nadie lo haya invitado, impulsado por un hambre insaciable de reconocimiento y algún que otro selfie. Esto es demencia. Esto es locura. Esto es caos. Esto es ‘Siguiendo a Conan O’Brien’». No me he inventado una palabra. Las pronuncia el maestro Werner Herzog en la voz en off que abre la serie que nos ocupa, reduciéndola en apenas un minuto a su esencia y haciendo imposible encontrar una definición mejor.
El «profanador» en cuestión es Conan O’Brien, uno de los nombres fundamentales del late night estadounidense durante casi tres décadas, que tras dejar la televisión diaria encontró en el pódcast «Conan O’Brien Needs a Friend» un nuevo campo de juego. De una de sus secciones, en la que charla con oyentes de cualquier rincón del mundo, nació «Siguiendo a Conan O’Brien». La idea consistía, básicamente, en localizar a algunos de esos desconocidos, plantarse en sus países y convertir la visita en una sucesión de encuentros, improvisaciones y humillaciones voluntarias. Así ha pasado por Noruega, Argentina, Tailandia, Irlanda o por supuesto España, que abrió su segunda temporada con un episodio en el que recogía aceitunas, se ponía a los mandos de un simulador de vuelo y recorría Madrid con su buen amigo Javier Bardem. Ahora la serie llega a su tercera temporada, que acaba de estrenar en HBO y que mantiene viva la esencia de soltar al veterano cómico en un país que apenas conoce, rodearlo de gente corriente y dejar que convierta cualquier conversación, visita cultural o actividad aparentemente inocente en una batalla constante por llamar la atención, hacer el ridículo y llevar cada situación hasta el absurdo.
La tercera temporada vuelve a repartir el caos en cuatro destinos. En India, Conan enseña a uno de sus fans a presentar un «talk show», intenta descifrar el críquet a pie de calle y termina protagonizando su propio número de Bollywood. En Países Bajos celebra el Día del Rey, instruye a otro admirador y a su equipo de baloncesto en el noble arte del «trash talking» —provocar y desestabilizar al rival a base de burlas y pullas— y se disfraza del mismísimo Vincent van Gogh para reclamar los beneficios de una obra de la que el pintor apenas pudo sacar rédito en vida. Su visita a Marruecos, acompañado de su colaboradora Sona Movsesian y entregado a la búsqueda del aceite de argán, acaba con ambos montando en camello, sometiéndose a una sesión de arenoterapia en pleno Sáhara y perdiéndose por los mercados de Marrakech. Por último, en Filipinas, el cómico ayuda a otro fan a montar su propia escena de acción, se enfrenta al «balut» —un huevo de pato fecundado y cocido con el embrión parcialmente desarrollado en su interior, toda una institución de la gastronomía filipina— y acaba involucrado en una trama sobre la compra de una isla privada, con preguntas cada vez más turbias sobre su aislamiento y discreción. No hace falta explicar cuál es el referente de la broma.
Para quien llegue de nuevas, conviene dejar una cosa clara: no hay que esperar aquí uno de esos programas de viajes documentados y solemnes al estilo de Anthony Bourdain en «Parts Unknown». Todo es un vehículo de lucimiento para Conan, que impregna cada destino con su humor hasta el punto de que la propia serie debe incluir «disclaimers» cuando, por accidente, aparece información realmente fundamentada. Por eso «Siguiendo a Conan O’Brien» funciona exactamente en la medida en que funcione su protagonista. Quienes, como yo, disfruten de su deliberada ignorancia cultural, de su entusiasmo infantil y de un humor pasado de vueltas encontrarán aquí una extensión perfecta de su personaje, enriquecida además por los escenarios y por una galería de secundarios que casi siempre sabe seguirle el juego. El resultado es ligero, muy divertido y deja con ganas de más. Quienes, por el contrario, encuentren agotadoras sus constantes interrupciones, su necesidad de convertirlo todo en un chiste y cierto punto bobalicón de su humor probablemente harán mejor en abrir una guía de «Lonely Planet»: allí encontrarán, con toda seguridad, la seriedad que vienen buscando.
El veterano cómico vuelve a convertir el documental de viajes en un escaparate para su humor absurdo, su deliberada ignorancia cultural y una capacidad inagotable para hacer el ridículo
«La Tierra, cuna de una belleza inimaginable y de maravillas sobrecogedoras. Incomprensible, abrumadora. Este planeta se burla de nuestros pobres intentos por describirlo. Sí, para apreciar de verdad la asombrosa grandeza de este planeta, a veces hay que profanarlo. He aquí al profanador. Su naturaleza es vil, rastrera y depravada. Antaño un orgulloso presentador de televisión, los cambios en su ecosistema lo han empujado hacia un clima más seco y hostil: el pódcast semanal. Aquí, privado del sustento que le proporcionaba el público de su estudio, este payaso de ojillos pequeños y apagados —los ojos de un muñeco pintado con torpeza— se ve obligado a alimentarse del más mísero de los bocados: algún fan al azar que llama al programa. Enloquecido por el aroma salvaje de su tibio entusiasmo, carroñea por tierras lejanas, sin que nadie lo haya invitado, impulsado por un hambre insaciable de reconocimiento y algún que otro selfie. Esto es demencia. Esto es locura. Esto es caos. Esto es ‘Siguiendo a Conan O’Brien’». No me he inventado una palabra. Las pronuncia el maestro Werner Herzog en la voz en off que abre la serie que nos ocupa, reduciéndola en apenas un minuto a su esencia y haciendo imposible encontrar una definición mejor.
El «profanador» en cuestión es Conan O’Brien, uno de los nombres fundamentales del late night estadounidense durante casi tres décadas, que tras dejar la televisión diaria encontró en el pódcast «Conan O’Brien Needs a Friend» un nuevo campo de juego. De una de sus secciones, en la que charla con oyentes de cualquier rincón del mundo, nació «Siguiendo a Conan O’Brien». La idea consistía, básicamente, en localizar a algunos de esos desconocidos, plantarse en sus países y convertir la visita en una sucesión de encuentros, improvisaciones y humillaciones voluntarias. Así ha pasado por Noruega, Argentina, Tailandia, Irlanda o por supuesto España, que abrió su segunda temporada con un episodio en el que recogía aceitunas, se ponía a los mandos de un simulador de vuelo y recorría Madrid con su buen amigo Javier Bardem. Ahora la serie llega a su tercera temporada, que acaba de estrenar en HBO y que mantiene viva la esencia de soltar al veterano cómico en un país que apenas conoce, rodearlo de gente corriente y dejar que convierta cualquier conversación, visita cultural o actividad aparentemente inocente en una batalla constante por llamar la atención, hacer el ridículo y llevar cada situación hasta el absurdo.
La tercera temporada vuelve a repartir el caos en cuatro destinos. En India, Conan enseña a uno de sus fans a presentar un «talk show», intenta descifrar el críquet a pie de calle y termina protagonizando su propio número de Bollywood. En Países Bajos celebra el Día del Rey, instruye a otro admirador y a su equipo de baloncesto en el noble arte del «trash talking» —provocar y desestabilizar al rival a base de burlas y pullas— y se disfraza del mismísimo Vincent van Gogh para reclamar los beneficios de una obra de la que el pintor apenas pudo sacar rédito en vida. Su visita a Marruecos, acompañado de su colaboradora Sona Movsesian y entregado a la búsqueda del aceite de argán, acaba con ambos montando en camello, sometiéndose a una sesión de arenoterapia en pleno Sáhara y perdiéndose por los mercados de Marrakech. Por último, en Filipinas, el cómico ayuda a otro fan a montar su propia escena de acción, se enfrenta al «balut» —un huevo de pato fecundado y cocido con el embrión parcialmente desarrollado en su interior, toda una institución de la gastronomía filipina— y acaba involucrado en una trama sobre la compra de una isla privada, con preguntas cada vez más turbias sobre su aislamiento y discreción. No hace falta explicar cuál es el referente de la broma.
Para quien llegue de nuevas, conviene dejar una cosa clara: no hay que esperar aquí uno de esos programas de viajes documentados y solemnes al estilo de Anthony Bourdain en «Parts Unknown». Todo es un vehículo de lucimiento para Conan, que impregna cada destino con su humor hasta el punto de que la propia serie debe incluir «disclaimers» cuando, por accidente, aparece información realmente fundamentada. Por eso «Siguiendo a Conan O’Brien» funciona exactamente en la medida en que funcione su protagonista. Quienes, como yo, disfruten de su deliberada ignorancia cultural, de su entusiasmo infantil y de un humor pasado de vueltas encontrarán aquí una extensión perfecta de su personaje, enriquecida además por los escenarios y por una galería de secundarios que casi siempre sabe seguirle el juego. El resultado es ligero, muy divertido y deja con ganas de más. Quienes, por el contrario, encuentren agotadoras sus constantes interrupciones, su necesidad de convertirlo todo en un chiste y cierto punto bobalicón de su humor probablemente harán mejor en abrir una guía de «Lonely Planet»: allí encontrarán, con toda seguridad, la seriedad que vienen buscando.
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