Como tantos, lo primero que pensé al enterarme de que Carlos Alsina salía del tramo más influyente de su programa es que era un reajuste ideológico de la cadena o un paso intermedio en su crónicamente rumoreada marcha a la SER. Los periodistas siempre creemos que todo lo que ocurre en la profesión es más enrevesado de lo que es. Nos hace sentir importantes asegurar que nos castigan por lo que escribimos o defendimos aquella vez o que nuestro destino se decide en complejísimos entramados empresariales, en lugar de asumir que, sencillamente, somos intercambiables y lo que de verdad importa son las cabeceras o el logo del micrófono.
Con la educación que le caracteriza, apenas disfrazó un mensaje muy claro y muy sano: «Estoy hasta los cojones de madrugar y de trabajar». Olé tú
Como tantos, lo primero que pensé al enterarme de que Carlos Alsina salía del tramo más influyente de su programa es que era un reajuste ideológico de la cadena o un paso intermedio en su crónicamente rumoreada marcha a la SER. Los periodistas siempre creemos que todo lo que ocurre en la profesión es más enrevesado de lo que es. Nos hace sentir importantes asegurar que nos castigan por lo que escribimos o defendimos aquella vez o que nuestro destino se decide en complejísimos entramados empresariales, en lugar de asumir que, sencillamente, somos intercambiables y lo que de verdad importa son las cabeceras o el logo del micrófono.
Salvo excepciones. Alsina es una.
Luego se explicó y nos dejó con cara de tontos. Con la educación que le caracteriza, apenas disfrazó un mensaje muy claro y muy sano: «Estoy hasta los cojones de madrugar y de trabajar». Olé tú. Posteriormente, supongo que anticipando el escuadrón que ya afilaba las garras de la envidia, casi se justificó por poder permitírselo. Todo es parte de la misma trampa, ese cliché de que el trabajo dignifica y se refleja en la idealización de la España que madruga. Si la España que madruga pudiera elegir a qué hora despertarse, los bares empezarían a servir desayunos a las diez. O diez y media. Trabajar es un medio, no un fin. El fin es tomar una cerveza mirando el mar.
Nos han incrustado en el subconsciente dos mentiras: que el trabajador debe dar gracias a la empresa por permitirle tener un empleo y que somos unos fracasados si no queremos siempre más. Estás feliz en tu puesto, pero no basta. Más, más, más. La estúpida ambición. Seamos serios: la ambición no es nada, no existe. Esta sociedad, que sospecha de la bondad y la empatía, ha decidido que es una virtud cuando sólo es un escondite de frustraciones. Ser ambicioso es la excusa de quien, a falta de talento, inteligencia o capacidad, sólo tiene ganas. No lo valgo, pero lo quiero. Si cierro los ojos y lo deseo muy fuerte, he tenido sexo. Pues no. Al menos, no acompañado. La ambición es la metadona de los mediocres.
Por eso, hay que aplaudir que una estrella como Alsina, en la cima de su poder y con la capacidad de seguir yendo a más (en influencia, en dinero, en popularidad…), reconozca, al más puro estilo Bartleby, que lo que de verdad quiere es ir a menos. Ahora que a tantos se les ha caído un mito con Zapatero al descubrir que Bambi era Shere Khan y también anhelaba reinar en la selva, hay que admirar a un tipo que, pudiendo ser cualquier cosa, decide que lo que más desea es irse a casa a leer un libro, levantarse a media mañana y salir a mirar obras. La mediocridad no es despreciar el poder, es no saber vivir sin él. No saber vivir, en definitiva.
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