Andy Burnham ya es líder oficial del Partido Laborista. Ha obtenido el respaldo de 379 de los 403 miembros de ese partido en el Parlamento y de todos los sindicatos que son necesarios para alcanzar ese cargo. No ha habido ningún d¡otro candidato. Ahora, el ex alcalde del Gran Manchester queda listo para asumir la jefatura del Gobierno, pasado mañana, cuando dimita el titular, Keir Starmer, que ha estado menos de dos años en el cargo.
El ex alcalde de Mánchester, de 56 años, también sucederá el lunes a Starmer como primer ministro del Reino Unido
Andy Burnham ya es líder oficial del Partido Laborista. Ha obtenido el respaldo de 379 de los 403 miembros de ese partido en el Parlamento y de todos los sindicatos que son necesarios para alcanzar ese cargo. No ha habido ningún d¡otro candidato. Ahora, el ex alcalde del Gran Manchester queda listo para asumir la jefatura del Gobierno, pasado mañana, cuando dimita el titular, Keir Starmer, que ha estado menos de dos años en el cargo.
En su primer discurso como líder laborista -y virtual primer ministro- Burnham ha seguido su habitual línea política: rechazo del centrismo laborista, críticas a la concentración de poder en Londres y un cierto tono obrerista. Eso sí: sin ninguna medida concreta. En todo caso, el casi primer ministro ha dejado clara su orientación cuando ha fijado el origen de los problemas del Reino Unido «en los años 80», o sea, a Margaret Thatcher, cuando «el poder económico fue privatizado y el poder político centralizado». En aquello años, dijo, «vendimos las artículos necesarios para nuestra supervivencia», en referencia a la las privatizaciones de empresas de servicios públicos. No hubo ni una mención a los dos grandes problemas económicos del país: la deuda pública y el bajo crecimiento económico.
Es una declaración curiosa en alguien como Burnham, que entró en la política nacional en 1998 de la mano de Tony Blair, cuyo rasgo definitorio fue, precisamente, gestionar el post thatcherismo pero sin cuestionarlo en ningún momento. De hecho, dos de sus más cercanos colaboradores son ex altos cargos de Blair. Uno es el que será su jefe de gabinete, James Purnell, que ejerció el cargo de viceministro con Blair y, después, lobista de los fondos dueños de la empresa de aguas de Londres que Burnham va a nacionalizar. El otro, Jonathan Powell, un destacado partidario del rearme de la OTAN y de ayudar a Ucrania, que fue jefe de gabinete de Blair y va a mantener el cargo de consejero de Seguridad Nacional que tenía con Starmer.
Que Purnell continúe en el cargo revela dos probables rasgos del Gobierno de Burnham. Uno, que, aunque difiera en retórica y estilo, va a mantener en líneas generales las políticas de Keir Starmer, el hombre al que reemplaza y que tiene en su currículum el triste hito de haber sido el laborista que obtuvo la tercera mayor victoria para su partido (solo por detrás de las de Blair en 1997 y 2001) y en menos de dos años se convirtió en el primer ministro más impopular de la historia del Reino Unido.
Pero la retórica del sucesor de Starmer va por otros rumbos. En su discurso, Burnham ha expresado su agradecimiento a los laboristas con una larga retahíla de ciudades del norte de Inglaterra, Escocia y Gales vinculadas a la industria que se sienten marginadas por la capital, Londres. De hecho, la gran urbe británica fue la última que mencionó. También ha citado a una serie de líderes laboristas entre los que no estaba nadie de la Tercera Vía de Blair, pero tampoco de la extrema izquierda de Jeremy Corbyn, el candidato de ese partido en las elecciones de 2015 y 2017 al que Burnham disputó, sin éxito, el liderazgo.
Burnham ha dicho que será «líder del Norte, Sur, Este y Oeste. De Escocia, Gales, Inglaterra, e Irlanda del Norte». Pero ha insistido en que «retomaremos el poder de Westminster», en referencia al barrio de Londres en el que se concentra el Ejecutivo y el Legislativo, «y lo devolveros al sitio en el que vosotros vivís». Su agenda descentralizadora ha quedado de manifiesto una y otra vez con promesas como la de dar a la gente «más poder sobre las cosas esenciales para que podáis recuperar el poder y vivir mejor». Sin embargo, no se llevará a cabo como una sola ley, a la española, sino a la manera británica, es decir, por medio de cesiones de competencias graduales y sin una estrategia territorial sistemática.
Pese a la ambigüedad, Burnham ha insistido en que tiene «un plan», acaso para marcar distancias con Starmer, que ha sido universalmente acusado de no tener estrategia. Igualmente, reivindicó la idea del Partido Laborista al criticar a quienes quieren acercarse a los Verdes, por la izquierda, o los Conservadores, por la derecha.
Y, al igual que cuando ganó las elecciones en Makerfield, hace un mes, y su carrera fue catapultada hacia la jefatura del Gobierno, Burnham repitió que «ésta es la última oportunidad que tenemos» para frenar a la ultraderecha eurófoba de Reform-UK o incluso evitar el colapso del Laborismo, y que «tenemos que hacerlo juntos», en un partido que está marcado por crecientes divisiones entre profesionales y clase obrera y ciudades y áreas rurales. Y ha concluido con un toque propio de las campañas del ex presidente de Estados Unidos Barack Obama al reclamar «una nueva unidad» para el Reino Unido. La frase con la que cerró el discurso ha tratado de ser inspiradora, de nuevo, en el sentido de Obama: «Quiero traer a la gente la esperanza de que este país alcanzar lo mejor de sí mismo».
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