Yrsa Sigurðardóttir: «Era mejor persona antes de escribir novelas»

Islandia sigue apareciendo en el imaginario colectivo como una isla remota donde todo funciona un poco mejor que en el resto del mundo. Un país pequeño, próspero, seguro y transparente. Quizá por eso las novelas de Yrsa Sigurðardóttir (Reikiavik, 1963) resultan tan inquietantes, porque bajo ese paisaje de volcanes, glaciares y bienestar coloca siempre una grieta. Y, además, nunca busca el horror en un asesino extraordinario ni en una conspiración imposible, sino en una familia, una escuela, una institución o una casa cualquiera. En El castigo (Destino), la nueva investigación de la psicóloga infantil Freyja vuelve a demostrar que el verdadero miedo nace cuando aquello que debería protegernos deja de hacerlo.

 En ‘El castigo’, la islandesa explora cómo el miedo, la culpa y el silencio se instalan en los lugares que deberían protegernos  

Islandia sigue apareciendo en el imaginario colectivo como una isla remota donde todo funciona un poco mejor que en el resto del mundo. Un país pequeño, próspero, seguro y transparente. Quizá por eso las novelas de Yrsa Sigurðardóttir (Reikiavik, 1963) resultan tan inquietantes, porque bajo ese paisaje de volcanes, glaciares y bienestar coloca siempre una grieta. Y, además, nunca busca el horror en un asesino extraordinario ni en una conspiración imposible, sino en una familia, una escuela, una institución o una casa cualquiera. En El castigo (Destino), la nueva investigación de la psicóloga infantil Freyja vuelve a demostrar que el verdadero miedo nace cuando aquello que debería protegernos deja de hacerlo.

«No me interesan los asesinos que matan por un impulso inexplicable o porque sí, necesito entender qué lleva a una persona a cruzar esa frontera. Si al lector sólo le interesara saber quién lo hizo, cómo y cuándo, bastaría con leer el periódico, una novela tiene que responder a otra pregunta: por qué. ¿Qué ocurrió para que alguien llegara hasta ahí? Y yo también necesito comprenderlo mientras escribo», asegura.

Ese interés por el origen del mal explica que sus novelas rara vez giren alrededor del crimen en sí, pues lo que realmente le importa son las heridas que lo preceden y las que deja mucho después de que la investigación haya terminado. «El asesinato es el crimen más grave que existe y, para la inmensa mayoría de nosotros, resulta completamente incomprensible. Siempre pienso que debe de haber otra salida, por eso necesito reconstruir el camino que ha llevado hasta ese momento. No escribo sobre monstruos. Escribo sobre ese 0,0001 de personas que hace algo impensable».

En las novelas de Sigurðardóttir la infancia ocupa siempre un lugar central, aunque los niños no representan tanto la inocencia como una forma de lucidez que los adultos han ido perdiendo con el tiempo. «Cuando crecemos, nos acostumbramos a que la gente mienta o sea celosa y cruel, a comportamientos que terminamos aceptando como normales y nos volvemos un poco cínicos. Los niños todavía esperan que las personas hagan lo correcto, por eso muchas veces perciben antes que los adultos que algo no encaja», defiende.

Freyja, su protagonsita, trabaja precisamente con menores en situación de riesgo. A través de ella, Sigurðardóttir explora uno de los dilemas morales más complejos de cualquier sociedad, decidir cuándo intervenir en una familia y cuándo hacerlo puede causar un daño todavía mayor. «Probablemente sea uno de los trabajos más difíciles que existen, nunca sabes con seguridad cuál es la decisión correcta. Separar a un niño de sus padres puede salvarle la vida o convertirse en el peor error imaginable, no hay una fórmula matemática», asegura. «Por eso en mis libros quería mostrar que dos personas con una infancia igual de terrible pueden acabar recorriendo caminos completamente distintos. No existe un único destino, y haber sufrido no te hace malo ni bueno».

Ese rechazo a las respuestas sencillas también explica la atmósfera de sus novelas. Admiradora confesa del terror, Sigurðardóttir asegura que lo que más le interesa no es mostrar la violencia, sino prolongar el instante anterior. «Me gusta mucho más escribir la expectativa de que algo malo está a punto de ocurrir. Ahí es donde el terror funciona mejor. Y resulta mucho más inquietante cuando sucede en un lugar que debería ser seguro. Una casa, una escuela, una familia… Cuanto más cotidiano es el escenario, mayor es el miedo. Y, lo que me ha demostrado la experiencia es que el asesino casi siempre es alguien conocido, que el mal está en lo cotidiano».

Aunque sus libros retratan una Islandia muy distinta de la postal turística, rechaza la idea de que la novela negra deba desmontar una supuesta utopía. «Hay muchísimas cosas buenas en la sociedad islandesa. Estamos muy comprometidos con los derechos humanos y con la libertad individual. Pero eso no significa que no existan la violencia doméstica, los abusos o los fallos de las instituciones. Somos un país pequeño y quizá por eso desde fuera parecemos una especie de paraíso, pero no lo somos, ningún lugar lo es».

Más que denunciar algo concreto, le interesa recordar que ningún sistema puede sustituir la responsabilidad individual. «Por muy buenas que sean las instituciones, nunca bastarán si las personas miran hacia otro lado. Si ves que algo está ocurriendo, tienes que ayudar, no podemos esperar que el Estado esté en todas partes. Una sociedad sólo funciona cuando cada ciudadano asume esa responsabilidad».

Otra peculiaridad de la escritora es que antes de convertirse en una de las grandes voces de la novela negra europea, Yrsa fue -y sigue siendo- ingeniera, profesión que, sorprendentemente, sigue marcando su forma de escribir. «Todavía trabajo como ingeniera y eso me ayuda muchísimo. He participado en la construcción de grandes centrales eléctricas, proyectos con miles de tareas, enormes presupuestos y una planificación muy compleja. Comparado con eso, organizar la trama de un asesinato resulta bastante sencillo», dice entre risas.

Después de más de veinte novelas explorando el miedo, la culpa y la violencia, reconoce que ese viaje también ha cambiado su manera de mirar el mundo. «Creo que era mejor persona antes de empezar a escribir novela negra», admite entre risas. «He tenido que documentarme sobre demasiados casos reales y hay cosas que ya no consigues olvidar. Ahora entiendo mucho mejor por qué la gente miente o por qué hace daño a los demás, y es algo que incluso me estropea las películas de misterio porque casi siempre adivino el final a la mitad», lamenta.

No obstante la escritora no se arrepiente de este peaje por crear novelas que no buscan sorprender con un último giro imposible, prefieren algo mucho más incómodo: obligarnos a reconocer que el mal rara vez irrumpe desde fuera, que casi siempre empieza creciendo, en silencio, dentro de los lugares donde más seguros creíamos estar.

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