Gus, Finolis, Olive y Fang se encuentran repanchingados en su sofá favorito mientras critican con muchos tacos lo que ven en la televisión. No hay risas enlatadas, los protagonistas se interrumpen, pero sin duda se trata de una comedia de situación; pero con gatos. Netflix acaba de estrenar «Alley Cats» («Gatos callejeros»), la primera incursión del cómico y presentador Ricky Gervais en la animación, como creador, director y dando voz a uno de los protagonistas.
La trama nos presenta a una panda de gatos callejeros que comparten su vida, incluso con un gato casero. La pandilla gatuna está formada por los callejeros Gus (Gervais), regordete naranja con dejes de Garfield que representa todo lo que un gato es, y, por defecto, todo lo que no hace; Fang (Andrew Brooke), el tipo duro y desagradable de puro músculo; Olive (Diane Morgan), la prima de Gus que vive en el piso de arriba; y Potao (David Earl), un ejemplar zarrapastroso, ajeno a las duchas, las buenas formas y adicto a todo tipo de prácticas sexuales retorcidas. Para poner un poco de orden, o todo lo contrario, está el domesticado Finolis (Tom Basden), mascota de una familia de clase media que abandona la comodidad de su hogar para alternar con la chusma. Todos ellos pasan el día tirados en el cuartucho de una casa abandonada, viendo la televisión y criticando las luchas de los humanos y los tiburones a partes iguales. Ocasionalmente acuden al cementerio para buscar ratones o hacen cosas de gatos. Pero un día se encuentran con una pequeña gatita (Jo Hartley) que se ha perdido y no encuentra cómo volver a su casa. Este momento cambiará, al menos durante seis episodios, la vida de Gus, líder inexplicable de la manada y de sus compañeros de fatigas.
«Gatos callejeros» está creada desde el principio por Ricky Gervais, que la dirige y es responsable del guion, quien apuntó que la inspiración para que los gatos fuesen los protagonistas está marcada porque podrían ser personas; «personas muy groseras». Lo cierto es que hay tacos y palabras malsonantes e insultos cada dos segundos, y en el segundo de en medio hay frases de mal gusto entremezcladas con lecciones sobre la amistad, la clase, la mortalidad y cómo se ven los seres humanos desde la perspectiva felina. Para aquellos que no estén acostumbrados al humor de Gervais, la serie puede parecerles soez y aburrida. Al que suscribe le suena la sensación de ver una serie y no entender nada, como me pasó con «Beavis y Butthead» allá por 1993.
La caterva de personajes también incluye otros secundarios que ayudan a que las escenas de la pandilla no duren tanto, para tanto exabrupto. Ellos son la madre de Gus (Natalie Cassidy), la novia de Gus, Lara (Kerry Godliman) y el camello (Tony Way), junto a gatos atropellados y animales de otro pelaje. A pesar de que el personaje más salvaje, Potao, es una auténtica metáfora de todo lo que pretende la serie, de una manera triste y brutal, su duración corta y su pack de seis episodios la hacen fácil de consumir, pero difícil de olvidar. La obsesión por la muerte recorre su trama como muchas de las obras de Ricky Gervais, y su derrotismo ilumina la pantalla, cuando su optimismo no la oscurece. Lo que es curioso. Heredero de «Beavis y Butthead» y de «South Park», no hay nada nuevo en el plato de estos gatos, más allá de poder disculparse siempre con «son cosas que hacemos los gatos» y que, lejos de ser un buen producto, solo nos muestra los gatos que viven en la retorcida mente de su creador.
Netflix estrena «Alley Cats», serie de animación para adultos creada, escrita y dirigida por el cómico y presentador
Gus, Finolis, Olive y Fang se encuentran repanchingados en su sofá favorito mientras critican con muchos tacos lo que ven en la televisión. No hay risas enlatadas, los protagonistas se interrumpen, pero sin duda se trata de una comedia de situación; pero con gatos. Netflix acaba de estrenar «Alley Cats» («Gatos callejeros»), la primera incursión del cómico y presentador Ricky Gervais en la animación, como creador, director y dando voz a uno de los protagonistas.
La trama nos presenta a una panda de gatos callejeros que comparten su vida, incluso con un gato casero. La pandilla gatuna está formada por los callejeros Gus (Gervais), regordete naranja con dejes de Garfield que representa todo lo que un gato es, y, por defecto, todo lo que no hace; Fang (Andrew Brooke), el tipo duro y desagradable de puro músculo; Olive (Diane Morgan), la prima de Gus que vive en el piso de arriba; y Potao (David Earl), un ejemplar zarrapastroso, ajeno a las duchas, las buenas formas y adicto a todo tipo de prácticas sexuales retorcidas. Para poner un poco de orden, o todo lo contrario, está el domesticado Finolis (Tom Basden), mascota de una familia de clase media que abandona la comodidad de su hogar para alternar con la chusma. Todos ellos pasan el día tirados en el cuartucho de una casa abandonada, viendo la televisión y criticando las luchas de los humanos y los tiburones a partes iguales. Ocasionalmente acuden al cementerio para buscar ratones o hacen cosas de gatos. Pero un día se encuentran con una pequeña gatita (Jo Hartley) que se ha perdido y no encuentra cómo volver a su casa. Este momento cambiará, al menos durante seis episodios, la vida de Gus, líder inexplicable de la manada y de sus compañeros de fatigas.
«Gatos callejeros» está creada desde el principio por Ricky Gervais, que la dirige y es responsable del guion, quien apuntó que la inspiración para que los gatos fuesen los protagonistas está marcada porque podrían ser personas; «personas muy groseras». Lo cierto es que hay tacos y palabras malsonantes e insultos cada dos segundos, y en el segundo de en medio hay frases de mal gusto entremezcladas con lecciones sobre la amistad, la clase, la mortalidad y cómo se ven los seres humanos desde la perspectiva felina. Para aquellos que no estén acostumbrados al humor de Gervais, la serie puede parecerles soez y aburrida. Al que suscribe le suena la sensación de ver una serie y no entender nada, como me pasó con «Beavis y Butthead» allá por 1993.
La caterva de personajes también incluye otros secundarios que ayudan a que las escenas de la pandilla no duren tanto, para tanto exabrupto. Ellos son la madre de Gus (Natalie Cassidy), la novia de Gus, Lara (Kerry Godliman) y el camello (Tony Way), junto a gatos atropellados y animales de otro pelaje. A pesar de que el personaje más salvaje, Potao, es una auténtica metáfora de todo lo que pretende la serie, de una manera triste y brutal, su duración corta y su pack de seis episodios la hacen fácil de consumir, pero difícil de olvidar. La obsesión por la muerte recorre su trama como muchas de las obras de Ricky Gervais, y su derrotismo ilumina la pantalla, cuando su optimismo no la oscurece. Lo que es curioso. Heredero de «Beavis y Butthead» y de «South Park», no hay nada nuevo en el plato de estos gatos, más allá de poder disculparse siempre con «son cosas que hacemos los gatos» y que, lejos de ser un buen producto, solo nos muestra los gatos que viven en la retorcida mente de su creador.
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