Más de 20 años después, Gary Lineker reconoció un incidente sufrido durante el Inglaterra-Irlanda de la fase de grupos del Mundial de 1990. Una gastroenteritis le provocaba continuos calambres y pensaba que aquello era lo peor que podía pasarle cuando, ya en la segunda parte, recibió la entrada de un rival y, todavía en el suelo, se le escapó una desagradable diarrea. «Creo que me he cagado encima», le confesó a su compañero Gary Stevens antes de limpiarse refregándose con la hierba «como hacen los perros» y de agradecer al cielo que estuviera lloviendo. «Los mosquitos no paraban de perseguirme», contaba décadas más tarde entre risas en el podcast ‘The Obi One’. Al fin y al cabo, no sólo no fue expulsado, sino que marcó en aquel encuentro y el empate a uno permitió a ambas selecciones clasificarse para octavos de final.
De Lineker a Radcliffe, pasando por Diniz y la polémica de esta semana en Pekín, una sucesión de deportistas demuestra que el intestino tiene sus propias reglas
Más de 20 años después, Gary Lineker reconoció un incidente sufrido durante el Inglaterra-Irlanda de la fase de grupos del Mundial de 1990. Una gastroenteritis le provocaba continuos calambres y pensaba que aquello era lo peor que podía pasarle cuando, ya en la segunda parte, recibió la entrada de un rival y, todavía en el suelo, se le escapó una desagradable diarrea. «Creo que me he cagado encima», le confesó a su compañero Gary Stevens antes de limpiarse refregándose con la hierba «como hacen los perros» y de agradecer al cielo que estuviera lloviendo. «Los mosquitos no paraban de perseguirme», contaba décadas más tarde entre risas en el podcast ‘The Obi One’. Al fin y al cabo, no sólo no fue expulsado, sino que marcó en aquel encuentro y el empate a uno permitió a ambas selecciones clasificarse para octavos de final.
Esta semana, la polémica generada alrededor de una prueba de HYROX en Pekín ha recuperado el debate sobre cómo gestionar los problemas estomacales de los deportistas. La australiana Joanna Wietrzyk, plusmarquista mundial y una de las grandes especialistas de la disciplina, sufrió una incontinencia intestinal, continuó compitiendo pese a llevar restos de heces visibles en las piernas -y, por tanto, siguió utilizando el material común de la prueba- y terminó ganando con un tiempazo. ¿Qué tenía que haber hecho la organización? ¿Expulsarla? No es tan fácil.
Ante la mala imagen, el cofundador de HYROX, Moritz Fürste, pidió disculpas y anunció la adopción de un protocolo para evitar futuros episodios. Pero la realidad es más complicada. Si se establece la descalificación como sanción para un atleta con problemas intestinales, habría que concretar qué cantidad resulta punible, si puede detenerse para limpiarse, cuánto tiempo puede permanecer fuera de la competición y qué ocurre si el problema se produce una segunda vez. Una normativa así acabaría obligando a convertir una emergencia fisiológica en una cuestión casi pericial: cuánto, dónde, cuándo y durante cuánto tiempo. Y ahí aparece el problema fundamental: ¿cómo se sanciona algo que el deportista no ha decidido hacer?
El Comité Olímpico Internacional nunca ha contemplado la diarrea o la evacuación intestinal como motivo específico de descalificación. En los Juegos Olímpicos de Río 2016, el marchador francés Yohann Diniz lideraba los 50 kilómetros cuando sufrió problemas intestinales, defecó durante la prueba, se desmayó, quedó tendido sobre el asfalto, volvió a levantarse y terminó octavo. No fue descalificado por aquello pese lo dantesco de las imágenes.
Algo parecido ocurre en otros deportes. El lanzador de la MLB Archie Bradley contó que, justo antes de entrar a lanzar en un partido, fue al baño pensando que necesitaba orinar y terminó cagándose encima. Sin tiempo para limpiarse, el entrenador le avisó de que entraba en el partido, salió al montículo con restos de heces en los pantalones y lanzó una entrada sin permitir carreras. Según admitió años después, a Jason Kelce, exestrella de la NFL, le ocurrió algo parecido antes de un partido.
En las carreras de fondo sí existen algunas prohibiciones, pero tienen más que ver con dónde se hace que con lo que sale del cuerpo. Las normas de World Athletics no establecen una descalificación automática por sufrir una evacuación intestinal durante una carrera, pero el Maratón de Nueva York pone ciertos límites: quien orine o defeque públicamente puede ser descalificado y suspendido de futuras pruebas. Una norma pensada sobre todo para evitar que los corredores conviertan cualquier rincón del recorrido en un baño improvisado. Una cuestión de decoro y convivencia de difícil aplicación.
Por eso en otras carreras directamente no se especifica nada. Paula Radcliffe, entonces plusmarquista mundial de maratón, sufrió problemas intestinales en Londres en 2005, se apartó de la carretera, hizo sus necesidades delante de los espectadores y las cámaras y regresó a la carrera. Ganó en 2h17:42 y nadie se acercó siquiera a apercibirla. En la media maratón de Gotemburgo de 2008, el sueco Mikael Ekvall se cagó en los pantalones, decidió no parar y tampoco fue sancionado, aunque, eso sí, acabó convertido en un meme recurrente en su parís
Resulta casi imposible establecer los límites entre una emergencia fisiológica en una prueba de resistencia y la contaminación de la superficie o el material de un deporte. No se puede sancionar la caca, porque no existe una forma razonable de convertir una reacción involuntaria del cuerpo en una infracción deportiva, aunque sí se podría castigar lo que ocurre alrededor de ella. Ensuciar deliberadamente, no respetar las normas de higiene o poner en riesgo a los demás merece una pena, pese a la difícil categorización. Lineker se limpió con la hierba, Diniz siguió caminando, Bradley lanzó una entrada, Radcliffe paró y volvió a ganar y Ekvall llegó hasta la meta. En el deporte de élite se puede controlar casi todo, pero el intestino, por suerte o por desgracia, no firma el reglamento.
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