Hay cumpleaños que se celebran y otros que se sienten. El de Sara Carbonero, que cumplió 42 años el pasado 3 de febrero, pertenece sin duda a la segunda categoría. Lejos del ruido, la periodista eligió la intimidad de Instagram para compartir una reflexión serena sobre uno de los momentos más delicados de su vida reciente: su ingreso hospitalario en Lanzarote y el proceso emocional que vino después.
No suele prodigarse en confesiones personales, pero la fecha lo merecía. Acompañando un álbum de imágenes de una celebración sencilla -flores, globos, comida compartida y afectos cercanos-, Sara escribió una carta que funciona como balance vital y declaración de principios. «Creo que nunca me había sentido tan feliz por cumplir un año más ni con tantos motivos para dar las gracias», comienza, antes de adentrarse en un relato marcado por la vulnerabilidad.
Cuando la vida decide por ti
«Cerré el 2025 con una lista cortita de deseos, pero la vida tenía otros planes». Así introduce Sara el episodio que la llevó al quirófano hace apenas un mes, en plena escapada a las Canarias. «Ha sido duro. Todavía lo es», admite, aunque también deja espacio para la luz: «Ya veo los rayitos de sol entre tanto nubarrón».
El miedo, la incertidumbre y el impacto físico dieron paso, con el tiempo, a otra forma de estar. «Habría firmado poder estar como estoy hoy. Ya no duele. El miedo ha dado paso a la gratitud, a la serenidad y a la calma», confiesa, describiendo esa transición íntima que rara vez se ve, pero que muchas veces define los verdaderos puntos de inflexión.
Fiel a su manera de mirar el mundo, Carbonero evita idealizar la enfermedad. «No me gusta romantizar los problemas de salud», aclara. Pero reconoce que, si hay algo rescatable, es la certeza de saberse querida. «Darte cuenta de la cantidad de gente que te quiere y se preocupa por ti». Un amor que, dice, aún no sabe cómo devolver.
En ese agradecimiento nombra, en primer lugar, a su núcleo más cercano: familia y amigos, su hermana, y Jota, su pareja, «que no se separaron de mí ni un minuto en los momentos más difíciles». Y, en un gesto que no pasó desapercibido, dedica unas palabras a Iker Casillas, su exmarido y padre de sus hijos. «A Iker y a mi madre por cuidar y proteger lo que más quiero cuando yo no podía». Un reconocimiento sincero que Casillas respondió con un sencillo emoticono de abrazo, confirmando una relación basada hoy en el respeto y el cuidado compartido.
Tras agradecer también al equipo sanitario que la atendió, Sara deja una reflexión que resume su filosofía vital, esa que ha ido puliendo a golpe de experiencia. «No podemos cambiar las cartas que nos tocan. Lo único que depende de nosotros es la actitud». Palabras que hablan de aceptación sin resignación y de fuerza sin estridencias.
El día terminó como ella misma lo describe: celebrando lo sencillo. Sopa de cebolla en su nuevo restaurante francés favorito, un paseo por el centro de Madrid, risas con amigas, tarta de chocolate y el ritual de soplar las velas con sus hijos. Nada más. Nada menos.
«Hoy cumplo un año más lejos del ruido, sin tiempo para odiar, con el corazón lleno», escribe. Y remata con una frase que resume este nuevo capítulo: «Con una nueva cicatriz que me recuerda que he superado otra piedra en el camino». Una cicatriz que no es solo física, sino también la prueba de una vida vivida con consciencia, fragilidad y, sobre todo, gratitud.
Tras un ingreso hospitalario inesperado, la periodista celebra un año más de vida desde la gratitud, la calma recuperada y un agradecimiento público que incluye a Iker Casillas
Hay cumpleaños que se celebran y otros que se sienten. El de Sara Carbonero, que cumplió 42 años el pasado 3 de febrero, pertenece sin duda a la segunda categoría. Lejos del ruido, la periodista eligió la intimidad de Instagram para compartir una reflexión serena sobre uno de los momentos más delicados de su vida reciente: su ingreso hospitalario en Lanzarote y el proceso emocional que vino después.
No suele prodigarse en confesiones personales, pero la fecha lo merecía. Acompañando un álbum de imágenes de una celebración sencilla -flores, globos, comida compartida y afectos cercanos-, Sara escribió una carta que funciona como balance vital y declaración de principios. «Creo que nunca me había sentido tan feliz por cumplir un año más ni con tantos motivos para dar las gracias», comienza, antes de adentrarse en un relato marcado por la vulnerabilidad.
«Cerré el 2025 con una lista cortita de deseos, pero la vida tenía otros planes». Así introduce Sara el episodio que la llevó al quirófano hace apenas un mes, en plena escapada a las Canarias. «Ha sido duro. Todavía lo es», admite, aunque también deja espacio para la luz: «Ya veo los rayitos de sol entre tanto nubarrón».
El miedo, la incertidumbre y el impacto físico dieron paso, con el tiempo, a otra forma de estar. «Habría firmado poder estar como estoy hoy. Ya no duele. El miedo ha dado paso a la gratitud, a la serenidad y a la calma», confiesa, describiendo esa transición íntima que rara vez se ve, pero que muchas veces define los verdaderos puntos de inflexión.
Fiel a su manera de mirar el mundo, Carbonero evita idealizar la enfermedad. «No me gusta romantizar los problemas de salud», aclara. Pero reconoce que, si hay algo rescatable, es la certeza de saberse querida. «Darte cuenta de la cantidad de gente que te quiere y se preocupa por ti». Un amor que, dice, aún no sabe cómo devolver.
En ese agradecimiento nombra, en primer lugar, a su núcleo más cercano: familia y amigos, su hermana, y Jota, su pareja, «que no se separaron de mí ni un minuto en los momentos más difíciles». Y, en un gesto que no pasó desapercibido, dedica unas palabras a Iker Casillas, su exmarido y padre de sus hijos. «A Iker y a mi madre por cuidar y proteger lo que más quiero cuando yo no podía». Un reconocimiento sincero que Casillas respondió con un sencillo emoticono de abrazo, confirmando una relación basada hoy en el respeto y el cuidado compartido.
Tras agradecer también al equipo sanitario que la atendió, Sara deja una reflexión que resume su filosofía vital, esa que ha ido puliendo a golpe de experiencia. «No podemos cambiar las cartas que nos tocan. Lo único que depende de nosotros es la actitud». Palabras que hablan de aceptación sin resignación y de fuerza sin estridencias.
El día terminó como ella misma lo describe: celebrando lo sencillo. Sopa de cebolla en su nuevo restaurante francés favorito, un paseo por el centro de Madrid, risas con amigas, tarta de chocolate y el ritual de soplar las velas con sus hijos. Nada más. Nada menos.
«Hoy cumplo un año más lejos del ruido, sin tiempo para odiar, con el corazón lleno», escribe. Y remata con una frase que resume este nuevo capítulo: «Con una nueva cicatriz que me recuerda que he superado otra piedra en el camino». Una cicatriz que no es solo física, sino también la prueba de una vida vivida con consciencia, fragilidad y, sobre todo, gratitud.
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