Cuando el pasado 14 de mayo presentó su nuevo y rutilante museo en su famosa academia de Manacor, Rafa Nadal deslizó una frase que pasó desapercibida en el radar de los titulares. «El deporte a nivel profesional no es salud, aunque sí lo es a nivel ‘amateur'».
Netflix estrena el documental sobre Rafa Nadal y su camino hacia la gloria. La serie revela la intrahistoria y la lucha contra sus tortuosas lesiones del tenista que conquistó 14 Roland Garros. «Sin explorar mis límites hubiera ganado 10 ó 12 títulos menos»
Cuando el pasado 14 de mayo presentó su nuevo y rutilante museo en su famosa academia de Manacor, Rafa Nadal deslizó una frase que pasó desapercibida en el radar de los titulares. «El deporte a nivel profesional no es salud, aunque sí lo es a nivel ‘amateur'».
No era el eslogan de un manual de estoicismo. Era la autorizada voz de la experiencia de uno de los mejores deportistas de la historia. Un hombre que hizo de su laureada y gloriosa carrera en las pistas -22 Grand Slam, 14 Roland Garros, único jugador que ha sido número uno en tres décadas distintas- una constante lucha contra el sufrimiento. Un pulso agónico, infinito, entre su cabeza y su físico. Una brutal autosuperación, la «exploración de sus límites», como él mismo resume ahora su trayectoria en el documental que este viernes acaba de estrenarse en la plataforma Netflix.
«En mi carrera he tenido que tomar decisiones con mi salud en las que estás en el límite entre lo correcto y lo incorrecto, y ahí la línea es fina», se sincera Rafa en el documental recién lanzado, revelando que llegó a rayar el abuso en el consumo de antiinflamatorios. «Pero creo que si no hubiera explorado [esos límites], a lo mejor tendría 10 grand slams menos…no te digo uno o dos, te digo 10 ó 12, y esta es la realidad».
En esencia, la historia de Nadal es la historia de un gran luchador, la batalla contra sí mismo. «La gente cree que yo era un ganador pero no soy un ganador, soy un competidor», enfatiza Rafa en una de las entrevistas exclusivas para el documental, rodadas en Mallorca, su isla natal.
Dirigido por Zachary Heinzerling, la serie documental se compone de cuatro episodios y tiene como eje la última etapa en la vida tenística de Nadal, el último año de su carrera profesional, el canto del cisne, que apuró hasta donde pudo, fiel a sí mismo. «Me fui en paz, tenía miedo de irme sin intentarlo hasta el final».
Partiendo de ese último año la línea temporal va intercalando la historia de sus inicios con imágenes de archivo, algunas hasta ahora nunca vistas, filmadas en el bunker de sus entrenamientos. Desde que era un niño y se autoexigía «seguir entrenando» tras ganar un torneo infantil, hasta aquellas epopeyas tenísticas con Novak Djokovic y, por supuesto, Roger Federer, al que en su triunfal final de Wimbledon de 2008 le puso una bola más lenta de lo habitual para forzarle a fallar: «le di tiempo para pensar, porque a veces es más fácil golpear sin pensar», confiesa hoy el tenista español.
Y así, golpe a golpe, confidencia a confidencia, la serie va repasando una trayectoria que él mismo ve difícil de repetir.
«Creo que se tardará más en superar mi marca de los 14 Roland Garros que los 24 grand slam de Djokovic, mi récord va a costar superarlo», reflexiona en una de las conversaciones inéditas registradas en el documental, una oda a la épica y a la cara menos visible del deporte, al sacrificio de los campeones.
Impecablemente filmado, emotivo y punteado por la música épica de Martin Crane, la serie camina en la línea de otros grandes retratos de tenistas de la historia, como las famosas memorias de Andre Agassi que en 2016, y con el título ‘Open’, le escribió el premio Pulitzer J. R. Moehringer. Agassi, de hecho, figura fugazmente en el documental.
Ambas obras son un retrato de lo que no enseñan al público las cámaras: la autoexigencia y la presión sobrehumana que soportan los grandes campeones, atrapados -en la soledad del fondo de la pista- entre su talento, la severa mirada de sus mentores y sus propios fantasmas interiores.
«Estoy cansado, soy el jugador más agujereado de la historia del deporte», le llega a decir Nadal en uno de esos momentos de debilidad a su último entrenador, su amigo Carlos Moyà. El deportista estaba asaeteado por las lesiones: en el documental se explica detalladamente la más grave, el crónico síndrome de Müller-Weiss que mortificó toda su carrera.
Era 2024, Rafa acababa de caer en Roma con problemas físicos y ambos estaban entrenando en Mallorca. «Hay que seguir, no hay opción», le contesta en ese momento Moyà, ex tenista, consciente de que nada iba a detener a Rafa por lograr su objetivo: irse en paz tras haberlo intentado hasta el último aliento en la cancha.
«Eso es lo que hacen los grandes campeones: aguantar una bola más», dice a la cámara con su inconfundible mirada escrutadora Toni Nadal. El tío Toni el hombre con filosofía de hierro que moldeó desde niño al deportista indestructible, aunque para ello tuviera que exprimir su talento a base de constancia, dejándole la «primera hora de entrenamiento sin beber agua» cuando apenas era un niño.
Tío y sobrino separaron sus caminos pero no su mutua adoración, un hilo umbilical forjado en los entrenos. «Goethe tiene una frase que dice: el talento se construye en la calma, el carácter se construye en la tempestad», resume el entrenador. Según revela la obra, el tenista se enteró «por la prensa» de que el hermano de su padre iba a abandonar su equipo tras casi tres décadas juntos.
El retrato de Rafa no sólo se centra en lo tenístico. El documental cuenta algunas confidencias. Como su afición casi prohibida por el chocolate, sus peculiares supersticiones, disparadas por la ansiedad, o aquel día en que tuvo que beberse unos «chupitos de tequila» para vencer su timidez al rodar un videoclip con Shakira en el año 2010.
Además, entra en el santuario íntimo de Nadal, la casa que se construyó en Porto Cristo, en la tierra donde nació y de la que nunca se ha movido.
Junto a la gran pecera de su salón, las cámaras filman a Rafa corriendo y jugando con Rafelet, su hijo mayor, de tres años de edad, o confesando frente a la mirada condescendiente de su mujer, Mery Perelló, que si por él fuese se hubiera quedado más tiempo viviendo con sus padres mientras ganaba trofeos.
El documental da voz a su madre, Ana María Parera, y a su hermana Maribel, dos figuras capitales en su carrera y en su vida. Pero también concede un inusual protagonismo a su padre, Sebastián, un hombre alérgico a los focos y al protagonismo, habitualmente ausente de todos los actos.
Su determinación fue clave para encontrar solución a su lesión crónica del escafoides y suyas son algunas de las escenas más emotivas, como el relato sobre cómo su hijo afrontó sus lesiones: «Muy poca gente hubiera aguantado tanto».
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