Mireia Oriol: «El autista robot, el que no es empático o el superlisto que no entiende nada son estereotipos»

A Mireia Oriol (Argentona, Barcelona, 1996) le atraen los personajes complejos. Ya lo demostró al encarnar a Nevenka Fernández, la exconcejala de Hacienda de Ponferrada que denunció por acoso sexual al entonces alcalde Ismael Álvarez, en «Soy Nevenka», de Icíar Bollaín. Ahora vuelve a asumir un reto exigente al ponerse en la piel de Ágata, una funcionaria del archivo policial en el espectro autista, en la nueva serie «Ágata y Lola», que llega este domingo a atresplayer. La actriz ha charlado con LA RAZÓN, y ha confesado disfrutar especialmente de los procesos de preparación y documentación que requieren este tipo de papeles, a los que abre rotundamente la puerta.

¿Cómo ha sido el proceso de preparación y documentación del personaje para huir de los clichés y las generalizaciones?

Era algo que me preocupaba mucho. Desde el principio, cuando decidí embarcarme en esto, tenía claro que era un personaje con mucha responsabilidad: podía ser un caramelo, pero también podía salir mal si no se abordaba bien o si yo no estaba preparada para hacer algo así. Por eso empecé el proceso con mucha cautela. Vi muchas series, sobre todo para identificar lo que no quería hacer. Desde fuera, yo no tenía demasiada idea de lo que era el autismo; en mi entorno no hay personas TEA. Una amiga que trabaja con gente TEA me había contado algunas cosas, pero no lo conocía de cerca. Entonces pensé: «Voy a preguntarles cómo es, qué les representa y, sobre todo, con qué ficciones se han sentido representados y con cuáles no». Estuve con dos fundaciones: una en Barcelona, Aprenem, y otra en Vigo, Menela. También tuve la suerte de hablar con terapeutas, que me dieron acceso a un tipo de vocabulario y a determinadas situaciones. Me ayudaron, sobre todo, a establecer analogías entre experiencias que yo puedo vivir como persona neurotípica y otras que puede vivir una persona neurodivergente. Además, conocí a muchos chicos y chicas TEA, con perfiles muy diversos dentro de la neurodivergencia.

Fue súper enriquecedor, sobre todo porque hay un estigma que aparece en muchas ficciones: el autista robot, el autista que no es empático o el autista superlisto que no entiende nada. Me di cuenta de que eso es absolutamente un estereotipo y de que, en realidad, lo que cambia es la forma de interpretar el mundo. Hay situaciones que pueden generar emociones distintas y otras que suscitan emociones que quizá las personas neurotípicas no experimentamos de la misma manera. Se trataba de ir encontrando esas analogías. Intenté formarme mucho con todo lo que me contaban y también escuché muchos pódcasts. Uno en concreto, «Cup of TEA», de Betevé, está genial y está hecho por chicos y chicas dentro del espectro. Al final, se trataba de interesarme de verdad por ese mundo.

La serie sitúa a una persona autista en el centro de una ficción claramente pensada para llegar a un público amplio. Esa visibilidad puede ayudar a que muchas realidades entren en la conversación pública. ¿Qué reacción le gustaría que despertase Ágata y qué conversación espera que abra el personaje?

Espero, antes que nada, que la gente le coja mucho cariño al personaje, porque creo que despierta esas ganas de que esté bien, de que se integre y de que encuentre su camino. Me gustaría que el público deseara que Ágata esté bien y que encuentre su sitio. También me parece muy interesante lo que plantea su relación con el personaje de Eva Martín: a veces, los equipos formados solo por personas con poca diversidad son menos ricos que los grupos compuestos por personas con mayor diversidad, de muchos tipos. La inclusión no es solo un discurso: es algo muy positivo a la hora de abordar un equipo de trabajo.

En el momento en el que estamos, y con todas las cosas horribles que pasan en el mundo, creo que es importante verlo. Muchas veces estamos llenos de prejuicios por no entender y por ignorancia, y las cosas que se dicen sobre la gente se quedan en el sentido común de la sociedad. Está bien cuestionar esos prejuicios y acercarse a las personas que son diferentes para ver qué pueden aportar, porque muchas veces aportan cosas que tú no puedes aportar. Eso es lo que más me gustaría que despertara la serie. Además, creo que es una serie muy cómoda, en el sentido de que todos los personajes son muy tiernos y apetece pasar el rato con ellos. Son buena gente. Y creo que lo mejor de la serie es la relación entre estas dos mujeres.

La serie pone a dos mujeres al frente de una ficción procedimental, algo que no siempre es habitual, y está claramente pensada para una audiencia amplia. Ha hablado otras veces de la importancia de que las actrices protagonistas salgan del cine independiente y ocupen espacios más grandes. ¿Siente que esta serie apunta en esa dirección? ¿Queda camino por recorrer?

No sé si puedo hablar en general, porque creo que cada carrera se construye con decisiones, no solo sobre lo que te apetece hacer, sino también sobre lo que puedes hacer. La industria a veces es muy difícil: no siempre puedes elegir y no siempre estás en una posición en la que puedas decir “voy a hacer esto” o “no voy a hacer esto”. A veces, tomar esa decisión implica estar un tiempo sin trabajar.

En este caso, me interesó mucho el proyecto porque hasta ahora había hecho cosas menos mainstream. La película de Icíar Bollaín sí llegó a un público amplio, pero es otro tipo de proyecto. Me apetecía salir un poco de ahí y probar otras cosas. Nunca había hecho televisión y tampoco me habían dado la oportunidad de hacer algo que no fuera muy dramático. El personaje me parecía increíble por todo el reto que suponía. A veces existe cierto juicio hacia lo mainstream, pero para mí lo mainstream está bien porque lo ve mucha gente. Al final, creo que trabajamos para contar historias con mensajes importantes, o con mensajes que puedan ayudar en determinados aspectos de la vida. Cuanta más gente las vea, mejor.

El policíaco y el procedimental dependen mucho de la química entre sus protagonistas. ¿Cómo ha sido trabajar con Eva Martín y construir la relación entre sus personajes?

Eva es una máquina. Estaba en todas las secuencias, todos los días. Es extraordinaria. La verdad es que fue muy loco todo, porque apenas tuvimos tiempo de ensayar. Casi terminamos el casting y, tres semanas después, nos mudábamos a Vigo; a las dos semanas ya estábamos rodando. Fue todo muy rápido.

La relación se fue formando de una manera muy natural. Creo que nació un poco de Mireia y Eva intentando enfrentarnos a todo aquello de la mejor manera posible: al estrés de no conocer del todo al personaje, de empezar a rodar casi inmediatamente y de enfrentarte a cosas que no habías hecho hasta entonces. El apoyo que teníamos en la vida real fue, en cierta manera, el que se trasladó a los personajes. Las dos supimos desde el principio que lo más importante de la serie era que el público se creyera esa relación, que viera una amistad que no iba solo en una dirección, sino en las dos. Creo que ambas pusimos mucho esfuerzo en eso y que se nota. Es lo que más reluce de la serie.

Ha comentado que este año va a rodar una película más pequeña y que le apetecía volver a un cine quizá más independiente. ¿Qué le aportan ese tipo de proyectos? ¿Le gustaría mantener la alternancia entre producciones grandes y pequeñas?

A veces puedes elegir y a veces no. Desde que se estrenó «Soy Nevenka», por suerte, he podido escoger un poco más las cosas que hacía. Este año también he tenido la suerte de trabajar mucho y estoy muy agradecida. Estuvimos seis meses rodando la serie en Vigo, y hacer televisión tiene un ritmo muy fuerte. Es un tipo de proyecto que requiere estar mucho tiempo fuera de casa, trabajar con un equipo muy grande y poner mucha energía. Estoy muy feliz de haberlo vivido y muy agradecida. Ojalá haya segunda temporada.

Después se me ofrecieron dos películas. Una es la de Velasco Broca, que ahora está levantándose y de la que estuvimos tres semanas rodando en Madrid. Y ahora empieza una película en Sevilla que parte de un corto que hicimos hace cuatro años, «Alegre y Olé». No es una continuación, pero es de Clara Santaolaya, la misma directora, y recupera de alguna manera al mismo personaje; se llama «La vida después». Estuvimos rodando en Canarias y ya ha aparecido alguna información sobre el proyecto. Me hace muy feliz poder contrastar proyectos, porque cada género y cada producción te aporta algo distinto. En una película más pequeña, con menos presupuesto y un equipo más reducido, hay una parte mucho más batallona, de sacarte las castañas del fuego. Como actriz, también te coloca en otro lugar por las exigencias del propio proyecto. Me resulta muy estimulante poder compaginar todas esas cosas. Siempre me encanta hacer personajes complicados, que me reten, y los tres proyectos de este año han sido así. Estoy muy agradecida y ojalá pueda seguir alternando experiencias de este tipo.

 La actriz charla con LA RAZÓN sobre el reto de interpretar a una mujer autista en «Ágata y Lola», su trabajo con asociaciones TEA y su deseo de seguir alternando televisión y cine independiente  

A Mireia Oriol (Argentona, Barcelona, 1996) le atraen los personajes complejos. Ya lo demostró al encarnar a Nevenka Fernández, la exconcejala de Hacienda de Ponferrada que denunció por acoso sexual al entonces alcalde Ismael Álvarez, en «Soy Nevenka», de Icíar Bollaín. Ahora vuelve a asumir un reto exigente al ponerse en la piel de Ágata, una funcionaria del archivo policial en el espectro autista, en la nueva serie «Ágata y Lola», que llega este domingo a atresplayer. La actriz ha charlado con LA RAZÓN, y ha confesado disfrutar especialmente de los procesos de preparación y documentación que requieren este tipo de papeles, a los que abre rotundamente la puerta.

¿Cómo ha sido el proceso de preparación y documentación del personaje para huir de los clichés y las generalizaciones?

Era algo que me preocupaba mucho. Desde el principio, cuando decidí embarcarme en esto, tenía claro que era un personaje con mucha responsabilidad: podía ser un caramelo, pero también podía salir mal si no se abordaba bien o si yo no estaba preparada para hacer algo así. Por eso empecé el proceso con mucha cautela. Vi muchas series, sobre todo para identificar lo que no quería hacer. Desde fuera, yo no tenía demasiada idea de lo que era el autismo; en mi entorno no hay personas TEA. Una amiga que trabaja con gente TEA me había contado algunas cosas, pero no lo conocía de cerca. Entonces pensé: «Voy a preguntarles cómo es, qué les representa y, sobre todo, con qué ficciones se han sentido representados y con cuáles no». Estuve con dos fundaciones: una en Barcelona, Aprenem, y otra en Vigo, Menela. También tuve la suerte de hablar con terapeutas, que me dieron acceso a un tipo de vocabulario y a determinadas situaciones. Me ayudaron, sobre todo, a establecer analogías entre experiencias que yo puedo vivir como persona neurotípica y otras que puede vivir una persona neurodivergente. Además, conocí a muchos chicos y chicas TEA, con perfiles muy diversos dentro de la neurodivergencia.

Fue súper enriquecedor, sobre todo porque hay un estigma que aparece en muchas ficciones: el autista robot, el autista que no es empático o el autista superlisto que no entiende nada. Me di cuenta de que eso es absolutamente un estereotipo y de que, en realidad, lo que cambia es la forma de interpretar el mundo. Hay situaciones que pueden generar emociones distintas y otras que suscitan emociones que quizá las personas neurotípicas no experimentamos de la misma manera. Se trataba de ir encontrando esas analogías. Intenté formarme mucho con todo lo que me contaban y también escuché muchos pódcasts. Uno en concreto, «Cup of TEA», de Betevé, está genial y está hecho por chicos y chicas dentro del espectro. Al final, se trataba de interesarme de verdad por ese mundo.

La serie sitúa a una persona autista en el centro de una ficción claramente pensada para llegar a un público amplio. Esa visibilidad puede ayudar a que muchas realidades entren en la conversación pública. ¿Qué reacción le gustaría que despertase Ágata y qué conversación espera que abra el personaje?

Espero, antes que nada, que la gente le coja mucho cariño al personaje, porque creo que despierta esas ganas de que esté bien, de que se integre y de que encuentre su camino. Me gustaría que el público deseara que Ágata esté bien y que encuentre su sitio. También me parece muy interesante lo que plantea su relación con el personaje de Eva Martín: a veces, los equipos formados solo por personas con poca diversidad son menos ricos que los grupos compuestos por personas con mayor diversidad, de muchos tipos. La inclusión no es solo un discurso: es algo muy positivo a la hora de abordar un equipo de trabajo.

En el momento en el que estamos, y con todas las cosas horribles que pasan en el mundo, creo que es importante verlo. Muchas veces estamos llenos de prejuicios por no entender y por ignorancia, y las cosas que se dicen sobre la gente se quedan en el sentido común de la sociedad. Está bien cuestionar esos prejuicios y acercarse a las personas que son diferentes para ver qué pueden aportar, porque muchas veces aportan cosas que tú no puedes aportar. Eso es lo que más me gustaría que despertara la serie. Además, creo que es una serie muy cómoda, en el sentido de que todos los personajes son muy tiernos y apetece pasar el rato con ellos. Son buena gente. Y creo que lo mejor de la serie es la relación entre estas dos mujeres.

La serie pone a dos mujeres al frente de una ficción procedimental, algo que no siempre es habitual, y está claramente pensada para una audiencia amplia. Ha hablado otras veces de la importancia de que las actrices protagonistas salgan del cine independiente y ocupen espacios más grandes. ¿Siente que esta serie apunta en esa dirección? ¿Queda camino por recorrer?

No sé si puedo hablar en general, porque creo que cada carrera se construye con decisiones, no solo sobre lo que te apetece hacer, sino también sobre lo que puedes hacer. La industria a veces es muy difícil: no siempre puedes elegir y no siempre estás en una posición en la que puedas decir “voy a hacer esto” o “no voy a hacer esto”. A veces, tomar esa decisión implica estar un tiempo sin trabajar.

En este caso, me interesó mucho el proyecto porque hasta ahora había hecho cosas menos mainstream. La película de Icíar Bollaín sí llegó a un público amplio, pero es otro tipo de proyecto. Me apetecía salir un poco de ahí y probar otras cosas. Nunca había hecho televisión y tampoco me habían dado la oportunidad de hacer algo que no fuera muy dramático. El personaje me parecía increíble por todo el reto que suponía. A veces existe cierto juicio hacia lo mainstream, pero para mí lo mainstream está bien porque lo ve mucha gente. Al final, creo que trabajamos para contar historias con mensajes importantes, o con mensajes que puedan ayudar en determinados aspectos de la vida. Cuanta más gente las vea, mejor.

El policíaco y el procedimental dependen mucho de la química entre sus protagonistas. ¿Cómo ha sido trabajar con Eva Martín y construir la relación entre sus personajes?

Eva es una máquina. Estaba en todas las secuencias, todos los días. Es extraordinaria. La verdad es que fue muy loco todo, porque apenas tuvimos tiempo de ensayar. Casi terminamos el casting y, tres semanas después, nos mudábamos a Vigo; a las dos semanas ya estábamos rodando. Fue todo muy rápido.

La relación se fue formando de una manera muy natural. Creo que nació un poco de Mireia y Eva intentando enfrentarnos a todo aquello de la mejor manera posible: al estrés de no conocer del todo al personaje, de empezar a rodar casi inmediatamente y de enfrentarte a cosas que no habías hecho hasta entonces. El apoyo que teníamos en la vida real fue, en cierta manera, el que se trasladó a los personajes. Las dos supimos desde el principio que lo más importante de la serie era que el público se creyera esa relación, que viera una amistad que no iba solo en una dirección, sino en las dos. Creo que ambas pusimos mucho esfuerzo en eso y que se nota. Es lo que más reluce de la serie.

Ha comentado que este año va a rodar una película más pequeña y que le apetecía volver a un cine quizá más independiente. ¿Qué le aportan ese tipo de proyectos? ¿Le gustaría mantener la alternancia entre producciones grandes y pequeñas?

A veces puedes elegir y a veces no. Desde que se estrenó «Soy Nevenka», por suerte, he podido escoger un poco más las cosas que hacía. Este año también he tenido la suerte de trabajar mucho y estoy muy agradecida. Estuvimos seis meses rodando la serie en Vigo, y hacer televisión tiene un ritmo muy fuerte. Es un tipo de proyecto que requiere estar mucho tiempo fuera de casa, trabajar con un equipo muy grande y poner mucha energía. Estoy muy feliz de haberlo vivido y muy agradecida. Ojalá haya segunda temporada.

Después se me ofrecieron dos películas. Una es la de Velasco Broca, que ahora está levantándose y de la que estuvimos tres semanas rodando en Madrid. Y ahora empieza una película en Sevilla que parte de un corto que hicimos hace cuatro años, «Alegre y Olé». No es una continuación, pero es de Clara Santaolaya, la misma directora, y recupera de alguna manera al mismo personaje; se llama «La vida después». Estuvimos rodando en Canarias y ya ha aparecido alguna información sobre el proyecto. Me hace muy feliz poder contrastar proyectos, porque cada género y cada producción te aporta algo distinto. En una película más pequeña, con menos presupuesto y un equipo más reducido, hay una parte mucho más batallona, de sacarte las castañas del fuego. Como actriz, también te coloca en otro lugar por las exigencias del propio proyecto. Me resulta muy estimulante poder compaginar todas esas cosas. Siempre me encanta hacer personajes complicados, que me reten, y los tres proyectos de este año han sido así. Estoy muy agradecida y ojalá pueda seguir alternando experiencias de este tipo.

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