Los misiles rusos congelan Ucrania: «Ni perdón ni rendición»

<p>Olga y Tetiana nacieron en <strong>Kiev</strong> en el momento en el que la ciudad pasaba de la ocupación nazi a la ocupación soviética. En sus largas vidas nunca habían dormido en una casa que no tuviera alguna estufa o chimenea para poder calentarse. Hasta esta semana. «<strong>Nunca habíamos vivido algo así.</strong> Es la primera vez en nuestras vidas que tenemos que calentar agua con un horno de gas y dormir con el abrigo, rodeadas de botellas de agua, para no morir congeladas», dice Olga.</p>

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 Putin castiga a los civiles ucranianos destruyendo toda la red eléctrica y deja al país sin luz ni calefacción en pleno temporal con temperaturas de 20 bajo cero. La población acude a carpas con generadores para calentarse y comer  

Olga y Tetiana nacieron en Kiev en el momento en el que la ciudad pasaba de la ocupación nazi a la ocupación soviética. En sus largas vidas nunca habían dormido en una casa que no tuviera alguna estufa o chimenea para poder calentarse. Hasta esta semana. «Nunca habíamos vivido algo así. Es la primera vez en nuestras vidas que tenemos que calentar agua con un horno de gas y dormir con el abrigo, rodeadas de botellas de agua, para no morir congeladas», dice Olga.

– ¿Podrán perdonar a los rusos por esto?

Ni perdonamos ni nos rendimos.

Estas dos mujeres pasan la mañana bajo la protección temporal de una de las cientos de carpas distribuidas por toda la ciudad de Kiev para que la gente no muera literalmente de frío, aislada en casa, sin acceso a comida caliente ni a agua, al haberse congelado en las tuberías. Además, tienen internet gracias al servicio de Starlink, que les permite conectar con sus familiares. El petardeo del generador es un mal menor que resulta soportable gracias a la caricia del calor que uno recibe al entrar. En su interior, sobre todo niños y ancianos disfrutan sentados de un rato de paz en una ciudad que no conoce la calma, sobre todo en las últimas semanas.

La ciudad está literalmente congelada. Montañas de nieve se acumulan en las calles y el frío extremo las ha convertido en muros de hielo. Dentro de las casas la cosa no mejora: no hay electricidad ni calefacción durante al menos 20 horas al día y, en el poco tiempo en el que los servicios de reparación consiguen aliviar un poco la situación con energía importada desde Europa, la gente aprovecha para cargar acumuladores, teléfonos y calentar agua. Hay barrios que siguen sin electricidad semanas después de haber sido destruida su central distribuidora. Miles de trabajadores de las empresas energéticas, considerados aquí como los «héroes de la energía», trabajan día y noche, a veces sometidos a un frío que duele y a la posibilidad de morir bajo un ataque de drones, para conseguirle a la población unas horas de luz al día hasta que llegue la ansiada primavera. Se cuentan los días.

Las calles de Járkiv, congeladas.
Las calles de Járkiv, congeladas.A. ROJAS

El culpable de esta catástrofe humanitaria no es otro que el régimen de Vladimir Putin, incapaz, tras cuatro años, de alcanzar una victoria en el campo de batalla, pero sí de castigar a la población ucraniana con decenas de misiles y cientos de drones cada noche que buscan no objetivos militares, sino destruir toda la red eléctrica y de calefacción del país, lo que constituye un crimen de guerra.

Dice el autócrata ruso que trata de proteger a la población rusoparlante de Ucrania, perseguida -según él- por las autoridades de Kiev. La realidad es que Putin castiga de igual modo a unos y a otros, con misiles que no discriminan idiomas.

Estos bombardeos suponen uno más del gran catálogo de crímenes perpetrados por el Kremlin en suelo ucraniano desde febrero de 2022. Sus fuerzas armadas consiguieron que el pasado sábado no hubiera ni una sola población en todo el país que tuviera electricidad, algo así como enviar a un territorio europeo, en pleno siglo XXI, a la Edad Media.

Mikita, Iván, Igor y Danye, en una de las carpas instaladas en Kiev.
Mikita, Iván, Igor y Danye, en una de las carpas instaladas en Kiev.A. ROJAS

Cuatro amigos, Mikita, Iván, Igor y Danye, de entre los 10 y los 13 años, cargan sus teléfonos mientras ven vídeos de fútbol en las pantallas. «Tenemos que dormir con ropa térmica y bolsas de agua caliente y aún así es difícil».

– ¿En la escuela tenéis calefacción?

– No, tenemos que dar las clases online.

– ¿Tenéis internet en casa?

– No, pero aquí sí.

– ¿Creéis que Ucrania debe rendirse a Rusia para que todo esto se solucione?

– [Al unísono] No. Nunca.

Lo que sí está consiguiendo esta estrategia es galvanizar aún más a la población civil y darle otra vuelta de tuerca al odio contra el régimen de Putin.

A los misiles rusos hay que unir una dura carambola atmosférica: los más viejos del lugar tienen que remontarse al año 1996 para recordar un temporal de frío y nieve tan severo. Aquí lo llaman «El gran frío» y ha llegado en dos oleadas: la pasada semana, con temperaturas por debajo de los 23 grados bajo cero, y esta misma semana, con varios días por debajo de 20. Otra mujer de 82 años se nos acerca con curiosidad. Se llama Vira, lleva un pañuelo soviético en la cabeza y vive sola, ya que su hijo y su marido murieron: «Mi pensión es de 5.000 grivnas al mes (80 euros) y la mayoría se va en medicinas. En mi casa la temperatura no sube de 10 grados».

¿Por qué Rusia ha intentado dejar Ucrania sin luz durante tres años, pero sólo ahora lo ha conseguido? Por dos razones. La primera es que ha afinado su objetivo: Rusia atacó subestaciones de alta tensión y líneas de transmisión de 750 kV/330 kV, lo que alteró la estabilidad de la red y obligó a los operadores a reducir la producción en todas las centrales nucleares en funcionamiento, auténtico corazón energético de Ucrania en estos momentos, por motivos de seguridad. La segunda razón es que hace tiempo que la pereza europea demora la entrega de misiles Patriot para la defensa aérea. Los aliados de Ucrania andan paralizados por el falso intento de Rusia de negociar la paz. Este proceso, auspiciado por la Administración Trump, ha regalado a Moscú distracción y cobertura política mientras que Estados Unidos ha detenido sus contribuciones a la defensa de Ucrania.

Zlata, de seis años, juega mientras habla con una psicóloga en una carpa.
Zlata, de seis años, juega mientras habla con una psicóloga en una carpa.A. ROJAS

En estas circunstancias, no es raro que los vendedores de antidepresivos se estén haciendo de oro: la demanda de estos fármacos ha aumentado un 25% en lo que va de año, según la edición ucraniana de la revista Forbes, y un 72% desde el año 2023. La población ucraniana es resiliente, pero eso no significa que le resulten fáciles las noches de bombardeo y los días de invierno sin fin.

El 80% de las reservas europeas de generadores y recambios para reparar las redes eléctricas ya se han entregado a Ucrania y, aun así, no son suficientes, tal es la impunidad con la que Rusia destruye una y otra vez las centrales de Ucrania. El presidente Volodimir Zelenski asegura que, «cada día Rusia podría optar por la diplomacia real, pero elige nuevos ataques. Moscú debe ser privada de la capacidad de usar el frío como palanca contra Ucrania».

En uno de los barrios sin luz, una mujer llamada Svetlana mira la pantalla su teléfono con preocupación: «Espero la llamada de mi marido, Leonid, que está en el frente. Ya tenía que haber llamado hace horas… Estoy muy orgullosa de él, pero no duermo pensando en lo que puede pasarle».

La embajada de Ucrania en Madrid, con la colaboración de EL MUNDO, lanza la campaña Solidaridad Energética Urgente con Ucrania: «Las familias ucranianas necesitan ahora más que nunca el calor de España. Los ataques contra la infraestructura energética han dejado a millones de personas sin electricidad, calefacción ni agua en pleno invierno, cuando en muchas regiones las temperaturas descienden hasta los -25ºC. Por ello invitamos a ciudadanos, empresas y entidades españolas a convertir su apoyo en luz y calor para los hogares ucranianos. Cada aportación ayuda a mantener encendidas casas, hospitales y escuelas en medio de la guerra».

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