La Inteligencia rusa ha cruzado una línea roja que durante décadas se consideró infranqueable. Por primera vez en la historia documentada del conflicto encubierto entre Moscú y Occidente, el Departamento de Justicia de EEUU ha desvelado una acusación formal contra una red de los servicios de Inteligencia rusos que planeaba asesinar a disidentes y opositores directamente en suelo estadounidense. No en Londres, no en Salisbury, no en Berlín ni en los países bálticos: en Washington D.C.
El FBI identifica a cinco operativos ahora en paradero desconocido que tenían la misión de matar disidentes
La Inteligencia rusa ha cruzado una línea roja que durante décadas se consideró infranqueable. Por primera vez en la historia documentada del conflicto encubierto entre Moscú y Occidente, el Departamento de Justicia de EEUU ha desvelado una acusación formal contra una red de los servicios de Inteligencia rusos que planeaba asesinar a disidentes y opositores directamente en suelo estadounidense. No en Londres, no en Salisbury, no en Berlín ni en los países bálticos: en Washington D.C.
El fiscal general Todd Blanche lo anunció ayer en la Rosaleda de la Casa Blanca con una frase que resume el alcance de lo descubierto: estos acusados operaban como parte de «una red de asesinatos global que llegó hasta Estados Unidos», intentando reclutar a ciudadanos americanos y extranjeros «para llevar a cabo ejecuciones por encargo del Kremlin».
Lo que el FBI ha desarticulado durante estos últimos meses no es una operación de inteligencia clásica con agentes entrenados por Rusia y pasaportes falsos. Es algo más inquietante: una red descentralizada que subcontrata asesinatos políticos como si fueran servicios comerciales, con precios fijados, reclutas locales y cadenas de intermediarios diseñadas para mantener a Moscú lo más lejos posible de la escena del crimen. Es, a una escala aún más preocupante, lo que ya hace el Kremlin en Europa con su campaña de sabotajes híbridos.
El investigador Christo Grozev, cofundador de Bellingcat y uno de los mayores expertos mundiales en operaciones encubiertas rusas -fue quien identificó a los agentes del GRU responsables del envenenamiento de Sergei Skripal en Salisbury-, lo describe así: «Es un mercado con inversores de Moscú». La instrucción que los organizadores daban a sus reclutas lo resume todo: «Necesitas abordarlo de manera creativa».
Según la acusación desvelada en el Tribunal del Distrito Sur de Nueva York, la red funcionaba con una cadena de intermediarios de varias nacionalidades. Oficiales de Inteligencia rusos utilizaron a ciudadanos cubanos y venezolanos con base en Rusia para reclutar a un venezolano con base en EEUU para vigilar y preparar el asesinato de una figura de la oposición rusa que vive en Washington, según describe Grozev. El operativo reclutado para llevar a cabo el asesinato fue el venezolano Ángel Eduardo Castro, que a finales de julio contactó a un compatriota residente en Brooklyn y le encargó vigilar las propiedades asociadas al disidente ruso al que pretendían matar, prometiéndole entre 1.000 y 1.500 dólares por la filmación de los inmuebles y un gesto de confirmación en vídeo: un pulgar arriba.
Una vez recibidas las imágenes, el precio subió: 40.000 dólares por eliminar o hacer desaparecer al objetivo. Cuando el recluta declinó ejecutar personalmente el asesinato, sus controladores rusos le preguntaron si podía encontrar a alguien dispuesto a hacerlo, mencionando que tenían contactos en México que estaban retrasados.
Se trata de un sistema diferente al de los «ilegales» que ha usado Rusia en EEUU durante décadas. Un ilegal es un agente que opera en el extranjero sin ninguna cobertura diplomática y bajo una identidad completamente falsa construida desde cero durante años. A diferencia de los agentes bajo cobertura oficial (diplomáticos y funcionarios de embajada con inmunidad) los ilegales no tienen red de seguridad: si los detienen, Moscú puede negar completamente que son sus agentes. Son la inversión más cara y más valiosa de los servicios de inteligencia rusos.
En este caso, para evitar la vigilancia del FBI, los operativos usaron un código en sus comunicaciones. Grozev, que ha tenido acceso a los documentos, se limita a señalar que era la palabra «irrompible».
La acusación identifica a cinco hombres, todos en paradero desconocido. Los tres principales son Yuri Khrameev, ex coronel de los servicios de Inteligencia rusos de 63 años, apodado Combat Yuri en las comunicaciones interceptadas -quien según Grozev presumía de haber trabajado con Vladimir Putin cuando eran jóvenes-; su hijo Kiril Khrameev, oficial en activo del FSB ruso, heredero del KGB soviético; y el cubano Oemis Romagoza Durruthy, miembro influyente de la diáspora cubana residente en Rusia. Los otros dos acusados son el cubano Yaidel Delgado Suárez, descrito por el Departamento de Justicia como un reclutador experto, y el venezolano Ángel Eduardo Castro, que tenía que convertirse en el ejecutor.
Grozev señala el elemento más grave de todo el caso: esta es la primera tentativa completamente documentada de la inteligencia rusa de asesinar a alguien en territorio estadounidense. Con todo el respeto a la famosa serie de televisión The Americans, siempre ha habido una regla no escrita de no llevar a cabo asesinatos en el territorio del otro. Claramente, las antiguas reglas ya no aplican en el mundo actual.
Esa ruptura no es un accidente sino una pauta. La misma lógica que ha llevado a Rusia a atacar aeropuertos europeos con drones, a bombardear sistemáticamente infraestructura civil ucraniana o a usar drones contra civiles en Jersón está detrás de esta operación: las reglas que estructuraban el conflicto entre potencias han desaparecido una por una, y nadie las está reemplazando.
La red también preparaba un complot separado contra un activista ruso antibelicista residente en Vilna, Lituania, con un precio de 25.000 dólares, según Grozev. El mercado de asesinatos políticos por encargo del Kremlin tiene tarifas distintas según la localización y el perfil del objetivo. Lo que no varía es el método: externalizar, descentralizar y mantener a Moscú lo suficientemente lejos como para poder negarlo todo.
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