Las estupideces son para el verano: sexo malo, camisas de manga corta y un espresso tonic

Desesperado tras unas horas de gestiones por este Madrid infernal, renuncié a cualquier principio y entré en un local de esa cadena de cafeterías que ustedes están pensando en busca de líquido frío y aire acondicionado. Esto sucede a menudo en esta ciudad inhóspita donde, con los parques cerrados la mitad del tiempo y la cerveza a precio de petróleo, los refugios climáticos escasean y, sin darte cuenta, acabas comprando calcetines en Primark con tal de escapar de la calle. Eso justifica mi entrada en el local, no lo que hice después.

 Fui víctima de un fenómeno común: la estulticia estival. Algo en el calor nos empuja a hacer tonterías. Perdemos la dignidad, la sensatez y el buen gusto.  

Desesperado tras unas horas de gestiones por este Madrid infernal, renuncié a cualquier principio y entré en un local de esa cadena de cafeterías que ustedes están pensando en busca de líquido frío y aire acondicionado. Esto sucede a menudo en esta ciudad inhóspita donde, con los parques cerrados la mitad del tiempo y la cerveza a precio de petróleo, los refugios climáticos escasean y, sin darte cuenta, acabas comprando calcetines en Primark con tal de escapar de la calle. Eso justifica mi entrada en el local, no lo que hice después.

Pedí un espresso tonic que es exactamente lo que parece. Al leer el nombre en el cartel, la combinación me resultó tan absurda, tan espantosa, tan random, tan abocada al desastre que no pude evitar probarla bajo el (flojo) razonamiento de que nadie puede ser tan jeta de idear algo así y ponerlo a la venta si está malo. Tras pasar el habitual proceso en el que me preguntan mi nombre para acabar escribiendo ‘Íñigo’ en el vaso, observé cómo lo elaboraban por si me perdía algo. No. Echaron hielo, volcaron una lata de tónica, luego un café y removieron. Costó que aquello mezclara, pero lo lograron y me senté con mi brebaje de seis euros y la emoción de descubrir nuevas sensaciones.

Sabe Dios que las descubrí. No soy un bebedor débil, me eduqué en botellones de whisky Vat 69 y Festini con limón. He visto cosas que vosotros no creeríais. Atacar botellas de ron Nelson más allá de Malasaña. He visto minis de calimocho desaparecer en la oscuridad cerca de la Puerta de Alcalá, pero nunca, nunca, nunca había probado algo tan repugnante. El sabor del café, la burbuja de la tónica, el regusto del Averno. Como Míchel contra Corea en Italia 90, miré a una cámara imaginaria y grité tres veces: «¡Me lo merezco!». Lo acabé de un trago y, con fingida compostura, regresé a la calle pensando que si me llegaba la muerte en forma de insolación, sería justicia divina.

En realidad, fui víctima de un fenómeno común: la estulticia estival. Hay algo en el calor que nos empuja a hacer estupideces. Quedamos con gente que apenas conocemos y nos acostamos con personas a las que odiamos, vemos películas de mierda y nos disfrazamos para ir a festivales en los que no nos gusta ni un grupo, paseamos horas a 40 grados haciendo turismo en otra ciudad que olvidaremos en cuanto volvamos a casa y nos apuntamos a excursiones de riesgo que prohibiríamos en otoño, adultos aparentemente funcionales visten sandalias y camisas de manga corta, incluso llevan bermudas a más de 100 metros de una masa de agua. Perdemos la dignidad, la sensatez y el buen gusto. Nunca somos tan nosotros mismos como en verano.

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