La sangrienta batalla que lanzó Israel para recuperar el cadáver del piloto Ron Arad, desaparecido en 1986

<p>El <strong>impacto del misil</strong> dejó un ingente socavón en el centro de <strong>Nabi Chit</strong>. Un agujero tan inmenso que hacía empequeñecer las viviendas que quedaron devastadas en su entorno. En una de ellas se podía divisar un Mercedes rojo, con las ruedas apuntando al cielo, que había terminado encaramado en el tercer piso del habitáculo, cuya fachada había desaparecido.</p>

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 La búsqueda de Ron Arad, desaparecido en 1986, ha adquirido un carácter casi mítico en Israel, que nunca ha cesado de buscar sus restos  

El impacto del misil dejó un ingente socavón en el centro de Nabi Chit. Un agujero tan inmenso que hacía empequeñecer las viviendas que quedaron devastadas en su entorno. En una de ellas se podía divisar un Mercedes rojo, con las ruedas apuntando al cielo, que había terminado encaramado en el tercer piso del habitáculo, cuya fachada había desaparecido.

«Había algunos miembros del Partido (Hizbulá) dentro pero pudieron salir a la carrera antes de la explosión. El coche voló hasta ahí», explicó Ali Al Musawi, en medio de la ruina que era ahora el restaurante que abrió hace 26 años.

Pese a la destrucción que le rodeaba, Ali -de 69 años- se expresaba con la calma que otorga normalizar el horror. Para el libanés, este sólo es un capítulo más de la sangrienta e interminable pugna que comenzó en 1948, cuando la nación árabe se encontró con el recién creado Israel en sus fronteras.

«Nos han bombardeado en 32 ocasiones desde octubre del 2023 y tenemos 132 mártires (así se refieren a los muertos)», señaló con un tono monocorde, como quien habla del tiempo o cualquier otra banalidad.

El tono desafiante de Musawi era el mismo que compartían el resto de residentes de esta pequeña localidad libanesa, sita en el Valle de la Bekaa, a unos 80 kilómetros de Beirut, pese al alto coste en vidas de la última refriega.

Según el Ministerio de Salud libanés, al menos 41 personas murieron y otras muchas decenas quedaron heridas durante el asalto que llevaron a cabo los militares de Israel contra Nabi Chit durante la madrugada del viernes al sábado.

La operación, hasta ahora la más sangrienta de este enésimo conflicto, se organizó con un singular objetivo: los israelíes pretendían encontrar los restos del piloto Ron Arad, que fue capturado en 1986 durante otra de las arremetidas cíclicas de las fuerzas de Tel Aviv contra el territorio libanés. Arad fue capturado por un grupo armado local y desapareció desde esa fecha.

La búsqueda de Ron Arad ha adquirido un carácter casi mítico en Israel, que nunca ha cesado de buscar sus despojos.

El propio portavoz del ejército israelí, Avichay Adree, confirmó la intervención de los uniformados de su país y su fracaso. «En el cuadro de las actividades del ejército israelí en el Líbano, las fuerzas especiales tuvieron una operación para encontrar indicios relacionados con el piloto desaparecido Ron Arad. No hemos encontrado pistas», indicó negando que el comando hubiera sufrido baja alguna.

La acción israelí podría formar parte de un guión cinematográfico, aunque los fallecidos son de carne y hueso.

Muflaj Shukar vive junto al cementerio de Nabi Chit, donde comenzó la refriega. Los israelíes habían empezado a bombardear los alrededores de la población al caer la noche. Nabi Chit había sido incluida junto a otros dos villorrios de los alrededores en el listado de enclaves que Tel Aviv exigió que fueran abandonadas por sus residentes.

Según su relato, cuatro helicópteros israelíes transportaron a los soldados hasta las montañas de las cercanías y desde allí, estos se dirigieron hacia Nabi Chit a bordo de varios vehículos.

«Un grupo de mujeres descubrió que había algo raro cuando vieron a los israelíes junto al cementerio. Iban vestidos con uniformes del ejército libanés y usaban tres ambulancias. Comenzaron a gritar y de inmediato los vecinos sacaron sus armas (la posesión de ametralladoras es una tradición ancestral en la Bekaa) y empezaron a disparar a los israelíes», relató Shukar.

El libanés se expresaba entre las tumbas del camposanto. A pocos metros del hueco que dejaron los israelíes, que excavaron en una esquina.

A la entrada del recinto quedó un todoterreno acribillado a balazos. Uno de sus pasajeros, fuese quien fuese, dejó un reguero de sangre sobre el sillón del vehículo y después en el asfalto de la carretera.

El brutal enfrentamiento comenzó antes de la medianoche y se extendió durante horas. Los supervivientes describieron una madrugada dominada por el espanto más absoluto. Los vídeos que mostraban permitían ver como el cielo se iluminaba con las bengalas o las ráfagas que los que intentaba alcanzar a los aparatos israelíes.

«Los israelíes nos llamaron poco después de las 23.00 y nos dijeron que teníamos que marcharnos. Empezaron a bombardear 15 minutos después. Parecía un terremoto continuo. Me tuve que tapar los oídos para soportar el ruido de las explosiones», narró Munira al Musawi, de 40 años, que permaneció oculta en su casa junto a otra docena de sus familiares, incluidos ocho niños, que no cesaban de «llorar y gritar».

Escombros de edificios destruidos en el lugar donde se produjo un ataque aéreo israelí contra el barrio de Haret Hreik, en los suburbios del sur de Beirut.
Escombros de edificios destruidos en el lugar donde se produjo un ataque aéreo israelí contra el barrio de Haret Hreik, en los suburbios del sur de Beirut.AFP

Afuera, los aviones, los drones y helicópteros israelíes, intentaban abrir una senda para que sus comandos pudieran huir de Nabi Chit.

«Toda la aldea estaba cubierta de humo. Parecía niebla», agregó Ali Al Musawi. «Hay cadáveres que no hemos encontrado todavía. Deben estar debajo de las piedras».

Los signos de la espectacular batalla que se libró en la aldea se prodigaban por sus calles. La misma entrada estaba casi bloqueada. Otro cohete había reventado parte del camino engullendo a un jeep, que quedó atrapado en el hoyo.

Varias calles estaban repletas de cristales regados por el suelo, junto a escombros y cables de la electricidad arrancados por las explosiones. Había decenas de negocios y viviendas dañados por la metralla.

El alcalde de la villa, Hani al-Musawi, precisó que fueron los «propios vecinos» los que se enfrentaron a los soldados. «Aquí todo el mundo apoya a Hizbulá pero fue la gente, no Hizbulá, quien peleó con los israelíes», añadió.

Entre las víctimas mortales figuraban los nueve integrantes de una misma familia. Una más que sumar a las que han sido borradas por el horror de esta guerra.

Como ya ocurrió durante la contienda del 2023 y 2024, Nabi Chit dista mucho de ser un caso excepcional. Los sucesos truculentos son una constante en toda la Bekaa, al igual que en el resto de la nación.

Cerca de la ciudad de Zahle -en el camino que une Beirut con la Bekaa-, Jumaa Jeddo, de 30 años, recordaba cómo se encontró con la «amalgaba de trozos humanos» que descubrió el jueves frente a su pequeña cafetería, cuando otro dron israelí atacó un coche, matando a dos personas. Entre las víctimas figuraba un miembro de la policía libanesa.

«El primer misil los mató. El coche siguió avanzando y el segundo los dejó en pedazos. Todo lleno de sangre».

Las víctimas no son sólo libaneses. Dos soldados de las fuerzas de Naciones Unidas desplegadas en el sur del país resultaron gravemente heridos el viernes cuando su posición resultó alcanzada por un proyectil. Las imágenes del suceso permitieron ver cómo ardían las instalaciones de los cascos azules.

Los dos uniformados eran de Ghana, un país que dijo que ese ataque representaba «una violación del derecho internacional equivalente a un crimen de guerra». El presidente libanés, Joseph Aoun, acusó a Israel de ser el responsable de la acción contra las fuerzas extranjeras.

Este sábado, el ministro de Defensa israelí, Israel Katz, volvió a amenazar al Líbano y dijo que todo el país -no sólo Hizbulá- «pagará el precio» si el ejecutivo local no desarma a los paramilitares.

La petición israelí es una hipótesis imposible ya que el ejército libanés enfrenta desde hace décadas un embargo de facto de los países occidentales, que le ha impedido dotarse de medios militares que le permitan hacer frente a los irregulares liderados por Naim Qassem.

Las palabras de Katz permiten anticipar una intensificación del conflicto en el Líbano, que ya se ha extendido a numerosas regiones. Las autoridades de Beirut estiman que los cinco días de conflagración se han cobrado ya la vida de unas 300 personas y han dejado más de un millar de heridos.

Tel Aviv volvió a requerir durante la jornada que todos los habitantes del sur del país huyan de sus viviendas, sumando esa imposición a la que ya ha dictado sobre un significativo área de Beirut.

Según los cálculos del diario local L’Orient Le Jour, Israel ha reclamado la evacuación de un 8% del país, incluidos 10 barrios de la capital, Beirut.

El matutino indicaba que en los mapas establecidos por Israel para delimitar el área que deben abandonar los civiles en Beirut estaban incluidos barrios de mayoría cristiana como Hadath o incluso Baabda, sede del Palacio Presidencial o de la embajada española.

La ONG Consejo Noruego para los Refugiados calculó el viernes que los avisos y bombardeos israelíes han provocado ya la huida de al menos 300.000 libaneses. El desplazamiento forzoso de la población civil es un crimen de guerra estipulado por normativas como la Convención de Ginebra o el Estatuto de Roma.

A media tarde en Nabi Chit, muchos vecinos parecían estar empacando sus enseres para abandonar el villorrio, que sigue incluido entre las localizaciones que piensa volver a atacar Israel.

La operación israelí puede ser tan sólo una secuela de la interminable búsqueda de Arad por parte de Tel Aviv. El pasado mes de diciembre los medios libaneses se hicieron eco del posible secuestro del ex capitán Ahmed Shukur.

El antiguo miembro de la Seguridad General desapareció el 17 de diciembre del año pasado cuando se dirigía a vender un terreno en las inmediaciones de la citada villa de Zahle. Una persona detenida por las fuerzas de seguridad libanesas admitió haber recibido el pago de 100.000 dólares por parte de los servicios de inteligencia de Israel para organizar el rapto de Shukur.

El cementerio al que se dirigió el comando israelí este viernes era precisamente el del clan Shukur, una de las cuatro grandes familias que habitan en Nabi Chit.

Ubicada en las colinas que hacen frontera con Siria -a unos 1.200 metros de altitud-, Nabi Chit ocupa un destacado lugar en la historia de Hizbulá. De aquí era nativo uno de sus fundadores más insignes, su segundo secretario general, Abbas al Musavi, asesinado junto a su mujer y su hijo por Israel en 1992. El mausoleo donde descansan sus restos se encuentra en la misma localidad.

Las calles de Nabi Chit están adornadas con retratos de los residentes que han fallecido en los choques armados con Israel. También hay fotos del desaparecido Hasan Nasralá, quien sucedió a Musavi. Las últimas incorporaciones que se aprecian en las rutas de la Bekaa son los carteles que rinden homenaje al ayatolá iraní Ali Jamenei, quien fuera jefe espiritual de Hizbulá.

«Tu sonido se fue. Pero tu eco todavía llena la distancia», se leía en una de las pancartas colocadas a lo largo de los caminos, junto al retrato del clérigo.

A diferencia de otras regiones del país, en la Bekaa es difícil encontrar a alguien que dude sobre la pertinencia de incorporar al Líbano a la guerra desatada por Israel y EEUU al asesinar a Jamenei.

«Aquí todos somos de la resistencia. Nuestras familias estaban aquí antes de que existiera Israel y seguirán aquí cuando desaparezca», clamó Munira al Musawi frente a la desolación que la rodeaba.

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