El cine Rivoli de Tiro: un oasis de paz en medio de los bombardeos

<p>Los muros del <strong>cine Rivoli </strong>siguen decorados con los carteles de las películas que solía exhibir. En su mayoría títulos de la factoría Bollywood o del estilo de <i>Ninja: American Warrior</i>. <strong>Qassem Istanbouli</strong> quería también que el recinto se convirtiera en <strong>depositario de la «memoria» de la región sureña</strong>. Por eso hay vitrinas con viejas cafeteras y vasos de época, entremezcladas con los rollos de película que cuelgan de las paredes.</p>

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 A principios de marzo, cuando el Líbano se sumó a la guerra regional, el Rivoli habilitó sus dos pisos como ya había hecho en 2024 para acoger a los desplazados que huían una vez más  

Los muros del cine Rivoli siguen decorados con los carteles de las películas que solía exhibir. En su mayoría títulos de la factoría Bollywood o del estilo de Ninja: American Warrior. Qassem Istanbouli quería también que el recinto se convirtiera en depositario de la «memoria» de la región sureña. Por eso hay vitrinas con viejas cafeteras y vasos de época, entremezcladas con los rollos de película que cuelgan de las paredes.

El Rivoli forma parte de aquella historia de un Líbano definido por el glamour, cuando era uno de los cinco cines que tenía la ciudad sureña de Tiro y acogía a artistas de la talla de Brigitte Bardot, que asistían a la exhibición de sus películas. La escena artística de Tiro sólo era un reflejo a pequeña escala de lo que ocurría en Beirut, que llegó a disponer de casi 50 cines en la década de los 60 y principios de los 70, y una calle -la de Hamra- que consiguió el apodo de «los Campos Elíseos» de la capital libanesa por la acumulación de teatros y salas de exhibición artística de las que disponía.

Como todo en este país, la era que se recuerda con nostalgia quedó suplantada por el horror que impuso la guerra civil a partir de 1975 y las múltiples invasiones israelíes de las décadas subsiguientes. El Rivoli sobrevivió a duras penas a los estragos que causó la ocupación israelí de Tiro en 1978 y la que sufrió después entre 1982 y 1985. Exhausto, como todo el país, cerró sus puertas a finales de esa última década. Istanbouli, nieto de un hakawati (contador de historias tradicional), se empeñó en rehabilitar el recinto y lo volvió a abrir en 2018.

Pero la nación árabe no puede escapar a un destino que la ha asociado con la violencia. A principios de marzo, cuando el Líbano se sumó a la guerra regional, el Rivoli habilitó sus dos pisos, como ya había hecho en 2024, para acoger a los desplazados que huían una vez más, dentro de ese lúgubre ritual que se repite una y otra vez en el país.

Varios jóvenes durante la actuación.
Varios jóvenes durante la actuación.JAVIER ESPINOSA

«La gente vino sin que dijéramos nada. La guerra no es nada nuevo [en el Líbano]. Aquí tenemos a medio centenar de personas», manifiesta Qassem Istanbouli, que también reside en el edificio junto a su familia.

Por la mañana, el interior del habitáculo es una mezcla de colchones sobre el suelo de los que todavía dormitan junto al escenario, las cazuelas con comida que se apilan en un lateral de la misma tarima o ropa extendida sobre las sillas que antes ocupaban los espectadores. El palco almacena decenas de focos, junto a cajas de cartón -que en ocasiones sirven para definir los espacios donde habitan los desplazados-, y más colchonetas.

La relativa placidez que se percibe en el interior del Rivoli contrasta con la psicosis que se ha apoderado de Tiro -la principal ciudad libanesa situada en las proximidades de Israel- desde hace varias jornadas. Tanto las aldeas del entorno como la mayoría de las calles de la metrópoli aparecen casi desiertas ante la intensificación de los bombardeos israelíes.

Son las seis de la tarde. La hora en la que la actriz portuguesa Ana Palma, de 50 años, reúne a los niños que habitan en el Rivoli en el taller diario que organiza para abstraerles del conflicto. Hoy toca dibujar, aunque Faisal -otro de los desplazados- ameniza la actividad con su laúd. Notas que recuerdan melodías como las de la cantante Feiruz, convertidas en himnos para los libaneses, que las escucharon mil veces durante la guerra civil que sacudió al país entre 1975 y 1990.

La población sureña ha pasado una jornada «tranquila» para los referentes de esta comunidad de huidos. Sólo se ha percibido una explosión lejana. «Hace unos días podíamos escuchar los silbidos de los misiles», precisa Khalil Qawar, que se ha instalado en el Rivoli con su mujer y su hijo Ali. «No hay nada seguro en Tiro», le secunda Qassem.

Entre el medio centenar de acogidos hay «veteranos» que ya recurrieron a este lugar como domicilio improvisado durante el conflicto de 2024. Fatima Hakim, de 52 años, se cuenta entre ellos. En aquella ocasión pasó 66 días viviendo en el palco del cine. Esta vez se ha trasladado al estrado principal.

La vivienda familiar fue arrasada en la última conflagración. «Sólo nos quedó la cocina y una pequeña habitación», relata la libanesa. Fue allí donde milagrosamente quedaron atrapados -pero vivos- su madre y sus dos hermanos hace sólo algunas jornadas, cuando un nuevo bombardeo aéreo hizo que los pisos superiores del inmueble se derrumbaran sobre la casa. Fatima pasó dos horas llorando. Pensaba que los tres habían muerto. «Fue un milagro. Quedaron protegidos por un hueco que se formó con las paredes de la cocina», explica.

Como refiere ella misma, salir del Rivoli y desplazarse por la metrópoli constituye un ejercicio de fe. Una especie de ruleta rusa. Fatima dice que ha eludido la muerte en tres ocasiones. El día que iba a reunirse con su madre y sus hermanos en su casa y fue bombardeada. Otra jornada en la que salió para recargar su teléfono y la tienda a la que acudía quedó reventada por dos cohetes. Y cuando se encontraba sentada en un jardín local y la explosión de otro proyectil arrancó una ventana que cayó entera justo a su lado.

Es por eso que Ana y Qassem se esfuerzan en que el Rivoli sea una suerte de oasis de paz en medio de la guerra. «Un santuario de esperanza. Una burbuja en medio de la violencia», en palabras de la primera.

Los desplazados que habitan en el Rivoli forman parte de las decenas de miles de residentes sureños que han huido a esta localidad tras el inicio de la guerra y que ahora se han visto atrapados por la intensificación de los bombardeos israelíes. Salir o llegar a Tiro constituye un viaje que en palabras del portavoz del ejército israelí, Avichai Adrai, «puede poner en peligro vuestras vidas». Una expresión cuyo significado no se escapa a los libaneses.

Este domingo, la aviación israelí destruyó uno de los principales puentes que conecta a la localidad sureña con el norte del país. Tel Aviv ha anunciado que piensa bombardear todas las vías de acceso hacia el sur y el propio ministro de Defensa, Israel Katz, declaró en esa jornada que pretenden «acelerar la destrucción» en las aldeas más cercanas a la línea divisoria siguiendo «el modelo» -expresión del ministro- que aplicó durante el genocidio de Gaza.

Tel Aviv ha reaccionado con furia a la enconada resistencia de los militantes de Hizbulá en la frontera, aumentando la acción de su fuerza aérea. La misma jornada dominical, un comando del también llamado Partido de Dios aprovechó las condiciones meteorológicas para superar los puestos avanzados del ejército israelí situados ya dentro del territorio libanés para infiltrarse en las cercanías de la localidad de Misgav Ams y atacar esa población con misiles antitanque, según el relato del diario israelí Maariv. La operación se saldó con un israelí muerto, quemado vivo en su coche.

Según los medios israelíes, sus uniformados han conseguido establecer 10 posiciones en el interior del Líbano, pero justo en la linde, incapaces de alcanzar esa decena de kilómetros de franja de seguridad que pretendían capturar. «Hizbulá está tomando la iniciativa y dispara contra las poblaciones [israelíes] de la línea de confrontación para forzarlos a evacuar sus casas. Israel no ha presentado una estrategia ni tácticas concretas que determinen lo que pretende hacer en el Líbano«, opinó Avi Ashkenazi, el corresponsal militar de ese diario.

Momento de juego en el Tívoli.
Momento de juego en el Tívoli.JAVIER ESPINOSA

Acostumbrados a décadas de conflicto y a diferenciar entre dialéctica y realidad, el doctor Abdul Nasser Farran -uno de los cirujanos que siguen instalados en Tiro- opina que la acción de los aviones del país vecino sigue estando lejos de la devastación que aplicó en la guerra de 2006, incluso a nivel de heridos. «Hemos recibido unos 350 heridos desde el inicio de la guerra. Unos 90 tuvieron que ser operados», explica en el centro sanitario donde reside desde que comenzó la última contienda. «La zona de la frontera está arrasada, pero los ataques en Tiro son selectivos. Fue mucho más sangrienta en 2006 y en 2024. La verdadera guerra no ha comenzado todavía«, estima.

Para Qassem Istanbouli, nativo de Tiro, el Rivoli -más allá de su uso como refugio durante la guerra- se inscribe en un proyecto mucho más amplio con el que pretendía rescatar la cultura local. El libanés fundó en 2014 la Asociación de Tiro por el Arte con la idea de rehabilitar antiguos cines libaneses. Consiguió restablecer cuatro. Uno de ellos, el de Nabatiyeh, ha sido dañado ahora nuevamente durante la conflagración.

Los otros tres, ubicados en Beirut, Trípoli y el Rivoli, han pasado de ser centros culturales a albergues para los huidos. Lo mismo que hace dos años. «Esto es lo que yo entiendo por resistencia cultural. Los cines no pueden estar vacíos. Tienen que ser un espacio de libertad. Es una frase que me dijo Fernando Arrabal en Córdoba en 2016. Y eso es lo que pretendemos, que aquí la gente sea libre, pese a que hay una guerra ahí fuera«, indica Istanbouli.

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