El bar de Toñita y el otro mensaje de la Super Bowl de Bad Bunny

<p>Es una casita de madera, solo dos plantas. En la calle, estrecha y salpicada de árboles, conviven negocios de toda la vida con las tiendas <i>cool </i>que la gentrificación trajo a <strong>Williamsburg</strong>. Dentro, todo sigue como hace décadas. Toñita -menuda, melena rubia y sonrisa perenne- despacha <strong>cervezas a tres dólares</strong>, muestra sus anillos gigantes cuando le pides una foto. Bienvenidos al <strong>Caribbean Social Club</strong>.</p>

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 La actuación de Bad Bunny no sólo supuso una celebración de la cultura y la música latina. La presencia de Toñita en el espectáculo escondía otro mensaje  

Es una casita de madera, solo dos plantas. En la calle, estrecha y salpicada de árboles, conviven negocios de toda la vida con las tiendas cool que la gentrificación trajo a Williamsburg. Dentro, todo sigue como hace décadas. Toñita -menuda, melena rubia y sonrisa perenne- despacha cervezas a tres dólares, muestra sus anillos gigantes cuando le pides una foto. Bienvenidos al Caribbean Social Club.

Para muchos, Toñita -85 años, llegada a los 15 a Nueva York desde Puerto Rico- fue la estrella inesperada de la Super Bowl de Bad Bunny. El cantante es cliente del club de María Antonia desde hace años y la invitó en secreto a su espectáculo. Así que, cuando cantó NUEVAYoL y dijo aquello de «Un shot de cañita en casa de Toñita, ay PR se siente cerquita», allí estaban la octogenaria y la réplica de su club para servir a Benito su chupito.

La actuación de Bad Bunny no sólo supuso una celebración de la cultura y la música latina. La presencia de Toñita y su bar era una celebración de los hogares colectivos.

En el Caribbean Social Club se reúnen desde hace décadas los puertorriqueños de Nueva York. Juegan al billar, bailan salsa, se sirven arroz con gandules de un puchero que prepara Toñita. Para quien llegue con hambre. Cuenta la octogenaria que ha recibido ofertas para comprar su edificio, pero ha preferido no vender. «¿Dónde iba a ir entonces?».

Dónde iríamos si no existieran los terceros lugares de los que hablaba el sociólogo Ray Oldenburg. Esos espacios que ni son la casa propia ni el trabajo pero nos sirven para relacionarnos. Estamos cómodos, volvemos, pertenecemos. Un café, una peluquería, una plaza…

Hoy, muchos de esos terceros lugares están muriendo. El club de Toñita resiste, pero otros como el suyo han cerrado. También yo perdí mi bar de la esquina, mi quiosco de siempre. Elena me servía café mientras me hablaba de su hija, la señora María se afanaba en conseguir la mejor mesa, Ana me vendía el periódico mientras me contaba lo que le había ocurrido a algún vecino…

Igual que los terceros lugares estaban ahí antes de que Oldenburg los nombrase, no somos conscientes de lo que nos ofrecen hasta que desaparecen.

Muchas veces, nos suena a tópico abstracto quejarnos de la gentrificación, de las ciudades que parecen iguales. Pero el lamento es muy concreto: son estos espacios lo que añoramos. El Caribbean Social Club nos lo recordó el domingo por la noche, con millones de espectadores como testigos. Muchos lo celebraron como si de un familiar se tratara: su hogar salía en la tele. Yo también me emocioné recordando mi noche en casa de Toñita.

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