Diego Urdiales (1975) emerge como una reserva espiritual de lo auténtico, dueño de una honestidad emocional desgarradora. El clásico de Arnedo, torero de culto para la afición más exigente, para Bilbao y Madrid, Madrid y Bilbao, es un referente ético. Convirtió esas dos plazas en sus buques insignia y, a la vez, en sus balsas salvavidas. Cuando menos se espera, siempre vuelve Diego con el alboroto de una brisa olvidada, subido a ese barco fantasma del clasicismo que atraviesa todas las épocas del toreo con su crujido de maderos y el viento en contra de la modernidad que amenaza naufragios.
El clásico de Arnedo vuelve como triunfador de San Isidro a Vista Alegre, su territorio moral, después de firmar hace un año con la gran faena de las Corridas Generales, que le valió su cuarta puerta grande
Diego Urdiales (1975) emerge como una reserva espiritual de lo auténtico, dueño de una honestidad emocional desgarradora. El clásico de Arnedo, torero de culto para la afición más exigente, para Bilbao y Madrid, Madrid y Bilbao, es un referente ético. Convirtió esas dos plazas en sus buques insignia y, a la vez, en sus balsas salvavidas. Cuando menos se espera, siempre vuelve Diego con el alboroto de una brisa olvidada, subido a ese barco fantasma del clasicismo que atraviesa todas las épocas del toreo con su crujido de maderos y el viento en contra de la modernidad que amenaza naufragios.
«Cómo está este bicharraco», dice a modo de bienvenida refiriéndose a la última tarde de Morante de la Puebla en Málaga. Urdiales vuelve este jueves a Bilbao, un año después de rendirlo como siempre, de torear como nunca. Debutó sobre su arena negra en 2010 con una corrida de Victorino Martín, se metió otras siete de victorinos entre pecho y espada y ha abierto cuatro veces la puerta grande de Vista Alegre.
Bilbao se erige como su territorio moral, una geografía de su espíritu. Tantas veces ha explicado el toreo en el Botxo que ya no necesita decirlo más. Diego dice y hace el toreo, conviene fijar esto pronto. Bilbao es el escenario de su justicia poética, el lugar donde el sistema, que en tantas ocasiones pareció querer orillarle, nunca pudo silenciar su verdad. Urdiales regresa como triunfador, no sólo de la última Semana Grande, sino también de San Isidro, a sus 51 años, cuando «el toreo y el cuerpo duelen más».
PREGUNTA. ¿Qué significa para usted volver a una plaza donde ha firmado las faenas más hondas de su carrera, Madrid al margen?
RESPUESTA. Significa una responsabilidad inmensa, pero también una ilusión que me desborda. Bilbao me otorga la satisfacción de saber que es una plaza donde puedo expresar mi toreo en toda su plenitud. Allí me encuentro con una afición paciente, respetuosa y, sobre todo, con una sensibilidad especial para captar la pureza. Eso me da una tranquilidad distinta: voy a Bilbao a ser yo mismo, a desnudarme como torero sin artificios.
P. Vuelve con el eco de la gran faena del año pasado. Si miramos atrás, suma cuatro puertas grandes y ocho corridas de Victorino que ha lidiado allí a lo largo de su trayectoria. ¿Cómo se digiere ese peso histórico?
R. A veces me resulta inimaginable cuando miro hacia atrás. He vivido tardes de esfuerzos titánicos en Bilbao. Desde mis años de aficionado soñaba con ese ruedo, y luego, ya como profesional, he tenido que darlo todo. Lo del año pasado fue una de las faenas más importantes de mi vida; tuvo una rotundidad especial, sobre todo con la mano izquierda. Hubo momentos al natural, con los vuelos de la muleta acariciando la embestida, que son sencillamente inolvidables para un torero.
P. Situviera que elegir entre la rotundidad de la faena de Garcigrande del año pasado o la emotividad de sus triunfos con los toros de Alcurrucén (2015, 2016 y 2018), ¿dónde encontraría su verdad más íntima?
R. Es difícil, porque los toros son distintos y, por tanto, las faenas deben serlo. Cada embestida transmite una emoción diferente. Guardo un cariño sagrado a mi primera puerta grande con la corrida de Alcurrucén por la intensidad de lo que sentí. Pero la del año pasado tuvo un poso de madurez y una mano izquierda que me marcaron. El reconocimiento en Bilbao es el acto de justicia más grande de mi vida; es el sitio donde el sistema no pudo «fusilarme» profesionalmente.
P. Regresa también a la Feria de Otoño tras haber sido triunfador de San Isidro, o uno de ellos. ¿Pesa más volver con la necesidad de reeditar la gloria que cuando llegaba con el agua al cuello?
R. Ahora vuelvo con una tranquilidad distinta, la de sentirme más «torero de Madrid» que nunca, pero la responsabilidad es total. Madrid siempre exige el máximo. Volver con el orgullo de haber vivido un San Isidro como el último es una satisfacción íntima, pero el público de Madrid, que me trata con un respeto y un cariño tremendos, espera siempre esa reedición de la excelencia. Y eso no es fácil de sostener.
P. Le han llovido los premios tras el pasado San Isidro.
R. En aquel momento estaba desbordado. Me llamaban de todos lados y no sé exactamente cuántos fueron… Cinco, seis, siete… Quizá ocho premios. Fue algo muy bonito, un reconocimiento al esfuerzo de años, pero lo que realmente queda es la exigencia de cada muletazo y la obligación de no defraudar esa confianza del aficionado.
P. ¿Cómo es el proceso de mentalización para estas plazas donde la exigencia se da en cada muletazo?
R. Es un proceso de mucho tiempo, de muchos días de introspección. Cuando estás anunciado en Madrid, llevas semanas poniéndote mentalmente delante del toro y de las circunstancias de esa plaza. Tienes que prepararte para lo más difícil, para la máxima exigencia. Hay días que esa mentalización te sostiene y otros que cuesta más, pero es la única vía para aguantar el estatus de un torero en esta etapa de mi carrera.
P. ¿Siente que este es el mejor Urdiales que hemos visto?
R. Yo creo que sí. En el toreo nunca se deja de aprender detalles que van más allá del muletazo. Ahora busco una profundidad mayor, una hondura que sólo te da el poso del tiempo. Lo más importante es mantener viva la pasión y la ilusión después de tanto camino, y unir todo ese conocimiento al deseo de seguir creando algo bello.
P. El toreo así duele, ¿pero duele más el cuerpo con el paso de los años?
R. El cuerpo pasa factura, indudablemente. Y el toreo siempre duele. El toreo y el cuerpo duelen más con el paso de los años. Llevo recibiendo golpes desde que era un niño: fracturas, cornadas… Pero la experiencia te da una seguridad que incrementa el valor. Cuando pisas esos terrenos comprometidos donde el toreo duele, pero lo haces con la técnica y la seguridad del que sabe lo que hace, te olvidas de los años. El valor ha crecido en mí.
P. Su ejecución de la suerte de matar es un ejemplo. ¿Cómo se llega a esa seguridad a los 50?
R. Buscando la verdad. Para mí, la suerte de matar no es un trámite, es parte de mi expresión. Me gusta el cite puro, arrastrar la pierna, apoyar ambos pies y buscar la rectitud absoluta con los talones asentados cuando la espada entra en el morrillo. Es un compromiso total donde hay que dar todas las ventajas al toro. Vivo un momento en el que disfruto mucho matando los toros de esa manera tan pura. Es mi forma de rebelarme contra el tiempo y de ser fiel a mi concepto hasta el último segundo de la lidia.
P. Esta temporada ha vuelto a sus raíces con Israel Vicente como apoderado cuando su padre fue quien lo descubrió. ¿Es como cerrar un círculo sentimental?
R. Es algo fundamental para mi estabilidad. Israel es familia. Su padre me apoderó en mis inicios y me acogieron con un cariño inmenso. La relación con él es muy especial. Somos amigos, casi hermanos. Sentir que tengo a mi lado a alguien que me conoce desde que empecé me da una paz necesaria para afrontar la dureza de la temporada.
P. ¿Se pone fecha de caducidad en el ruedo?
R. Es una tontería decir que no se te pasa por la cabeza. Lógicamente, estoy más cerca del adiós que de la bienvenida. Pero no tengo una fecha fija. El criterio será el momento en que sienta que el sufrimiento delante del toro supera mi capacidad de expresión.
P. ¿Cuándo sabe un torero que ha llegado ese momento?
R. Cuando sientes que aquello te supera, cuando no puedes o no quieres pisar el terreno que el toreo puro exige. El toreo es maravilloso cuando puedes sentirlo y expresarlo, pero requiere una honestidad total con uno mismo.
P. ¿Hablamos de un adiós próximo?
R. Lógicamente, está más cerca que lejos. Podría ser este año, el que viene o dentro de cinco. Ahora mismo piso terrenos comprometidos con mucha seguridad, incluso ante lotes complicados como los que me han tocado últimamente. Pero no quiero medias tintas. El coste humano es altísimo.
Diego Urdiales termina la conversación con la misma integridad que habita en él. Su figura va indefectiblemente ligada a la pureza que nace en el ruedo, a la honestidad brutal que ha marcado su carrera y su vida.
- 25 de agosto: Toros de Dolores Aguirre para Antonio Ferrera y Damián Castaño (mano a mano).
- 26 de agosto: Toros de La Quinta para Emilio de Justo, Román y Tomás Rufo.
- 27 de agosto: Toros de Victoriano del Río para Diego Urdiales, Alejandro Talavante y Roca Rey.
- 28 de agosto: Toros de Domingo Hernández para Sebastián Castella, David de Miranda y Marco Pérez.
- 29 de agosto: Toros de Garcigrande para Morante de la Puebla, Daniel Luque y Borja Jiménez.
Noticias de Cultura
