Alejandro Sanz nunca ha sido dado a la exhibición emocional. Por eso sorprende y conmueve la honestidad radical con la que se expone en Cuando nadie me ve, el documental que estrena en Movistar+ y que funciona como un ejercicio de memoria, catarsis y reparación. En él, el artista revisa sus relaciones sentimentales, sus crisis más profundas y, por primera vez, se detiene sin rodeos en el episodio que partió su vida en dos: la infidelidad a Jaydy Michel, su primera mujer, y el nacimiento de su hijo Alexander fruto de aquella relación extramatrimonial.
«Me arrepentiré toda la vida del dolor que le provoqué a Jaydy, porque no se lo merecía», confiesa. Una frase que condensa culpa, aprendizaje y el peso de los años.
Fama, tentaciones y una vida que se desborda
La historia con Jaydy Michel comenzó como un flechazo absoluto. «Hubo atracción y química desde el primer minuto», recuerda Sanz, que se casó con la modelo mexicana en 1998 en una ceremonia balinesa tan simbólica como romántica. «No hay nada que altere más tu personalidad que el amor», reflexiona. De aquella unión nació Manuela, su primogénita, y durante un tiempo la imagen fue la de una pareja sólida, casi perfecta.
Pero el éxito trajo consigo excesos y tentaciones. «Estaba subido al tren de la fama», admite el cantante, consciente hoy del vértigo que entonces no supo gestionar. Entre giras y viajes, conoció en Miami a Valeria, una estilista de su equipo. «Hubo una atracción inmediata», relata con franqueza. La relación fue esporádica, intermitente, hasta que una conversación lo cambió todo: ella estaba embarazada.
«Me dijo que no sabía si quería abortar. Yo le dije que la apoyaría en lo que decidiese». No abortó. Así nació Alexander, un hijo que llegó envuelto en un silencio forzado, presión mediática y un impacto emocional devastador para el artista. «Fue muy duro. Se me caía el pelo a trozos, me salían calvas del estrés», recuerda, poniendo palabras a una ansiedad que entonces no supo nombrar.
El dolor causado a Jaydy es, todavía hoy, una herida abierta en su relato. Pero junto a la culpa aparece también la voluntad de hacer lo correcto. Alejandro luchó por mantener a su familia unida, aunque ya no fuera bajo el mismo techo. El momento en que Manuela conoció a Alexander ocupa un lugar especial en su memoria. «Le dije: ‘Tienes un hermanito que no es de tu mamá’». Hoy, los hermanos son inseparables, prueba de que las estructuras familiares pueden reinventarse desde el afecto.
Caer y volver a levantarse
El golpe definitivo llegó en 2005, con la muerte de su padre. Fue entonces cuando el artista tocó fondo. «Uno cree que no puede quejarse porque le va bien, pero minimizar el dolor es un error. Si no lo dejas salir, te domina», reflexiona. Y a él, admite, esos dolores «le retorcieron el brazo».
En ese momento crucial apareció Raquel Perera, entonces parte de su equipo de management. «Le prometí: ‘No te voy a soltar’», cuenta ella en el documental. De ese apoyo incondicional nació un amor sereno, adulto, que se convertiría en su segundo matrimonio y en el origen de sus dos hijos menores. «Ahí nos enamoramos de verdad», sentencia Raquel, sin épica, pero con verdad.
Cuando nadie me ve no es solo el retrato de un artista consagrado, sino el de un hombre que se atreve a mirar sus errores sin excusas, sin adornos. Y quizá por eso, más humano que nunca.
El cantante revisita en su nuevo documental para Movistar+ las grietas de su vida personal, el error que marcó su primer matrimonio y el amor que le rescató cuando todo parecía derrumbarse
Alejandro Sanz nunca ha sido dado a la exhibición emocional. Por eso sorprende y conmueve la honestidad radical con la que se expone en Cuando nadie me ve, el documental que estrena en Movistar+ y que funciona como un ejercicio de memoria, catarsis y reparación. En él, el artista revisa sus relaciones sentimentales, sus crisis más profundas y, por primera vez, se detiene sin rodeos en el episodio que partió su vida en dos: la infidelidad a Jaydy Michel, su primera mujer, y el nacimiento de su hijo Alexander fruto de aquella relación extramatrimonial.
«Me arrepentiré toda la vida del dolor que le provoqué a Jaydy, porque no se lo merecía», confiesa. Una frase que condensa culpa, aprendizaje y el peso de los años.
Fama, tentaciones y una vida que se desborda
La historia con Jaydy Michel comenzó como un flechazo absoluto. «Hubo atracción y química desde el primer minuto», recuerda Sanz, que se casó con la modelo mexicana en 1998 en una ceremonia balinesa tan simbólica como romántica. «No hay nada que altere más tu personalidad que el amor», reflexiona. De aquella unión nació Manuela, su primogénita, y durante un tiempo la imagen fue la de una pareja sólida, casi perfecta.
Pero el éxito trajo consigo excesos y tentaciones. «Estaba subido al tren de la fama», admite el cantante, consciente hoy del vértigo que entonces no supo gestionar. Entre giras y viajes, conoció en Miami a Valeria, una estilista de su equipo. «Hubo una atracción inmediata», relata con franqueza. La relación fue esporádica, intermitente, hasta que una conversación lo cambió todo: ella estaba embarazada.
«Me dijo que no sabía si quería abortar. Yo le dije que la apoyaría en lo que decidiese». No abortó. Así nació Alexander, un hijo que llegó envuelto en un silencio forzado, presión mediática y un impacto emocional devastador para el artista. «Fue muy duro. Se me caía el pelo a trozos, me salían calvas del estrés», recuerda, poniendo palabras a una ansiedad que entonces no supo nombrar.
El dolor causado a Jaydy es, todavía hoy, una herida abierta en su relato. Pero junto a la culpa aparece también la voluntad de hacer lo correcto. Alejandro luchó por mantener a su familia unida, aunque ya no fuera bajo el mismo techo. El momento en que Manuela conoció a Alexander ocupa un lugar especial en su memoria. «Le dije: ‘Tienes un hermanito que no es de tu mamá’». Hoy, los hermanos son inseparables, prueba de que las estructuras familiares pueden reinventarse desde el afecto.
Caer y volver a levantarse
El golpe definitivo llegó en 2005, con la muerte de su padre. Fue entonces cuando el artista tocó fondo. «Uno cree que no puede quejarse porque le va bien, pero minimizar el dolor es un error. Si no lo dejas salir, te domina», reflexiona. Y a él, admite, esos dolores «le retorcieron el brazo».
En ese momento crucial apareció Raquel Perera, entonces parte de su equipo de management. «Le prometí: ‘No te voy a soltar’», cuenta ella en el documental. De ese apoyo incondicional nació un amor sereno, adulto, que se convertiría en su segundo matrimonio y en el origen de sus dos hijos menores. «Ahí nos enamoramos de verdad», sentencia Raquel, sin épica, pero con verdad.
Cuando nadie me ve no es solo el retrato de un artista consagrado, sino el de un hombre que se atreve a mirar sus errores sin excusas, sin adornos. Y quizá por eso, más humano que nunca.
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