Dobles parejas para España de ciudades y personas. De reinas y ases. Madrid se ha unido a Barcelona en el selecto circo de la Fórmula 1. Y en sus boxes, dos pilotos españoles. Repetido motivo del prestigio que acompaña a un deporte de masas, pero reducido en su desarrollo a unas pocas naciones y marcas. Un deporte asociado a los «paddocks» millonarios y los rostros famosos, chasis relucientes y ropas caras.
Dobles parejas para España de ciudades y personas. De reinas y ases. Madrid se ha unido a Barcelona en el selecto circo de la Fórmula 1. Y en sus boxes, dos pilotos españoles. R
Dobles parejas para España de ciudades y personas. De reinas y ases. Madrid se ha unido a Barcelona en el selecto circo de la Fórmula 1. Y en sus boxes, dos pilotos españoles. Repetido motivo del prestigio que acompaña a un deporte de masas, pero reducido en su desarrollo a unas pocas naciones y marcas. Un deporte asociado a los «paddocks» millonarios y los rostros famosos, chasis relucientes y ropas caras.
Madrid nos emparenta un poquito más con Italia, en un sentimiento de afinidad latina con el país que puso en marcha el automovilismo moderno en la posguerra mundial. En la Italia de los primeros años 50 nació la leyenda de los monoplazas rugientes, ruido para los detractores, música para los aficionados, y sus conductores con elegantes nombres grabados en el imaginario de las cuatro ruedas: Giuseppe Farina, Alberto Ascari, Luigi Musso, Piero Taruffi, Luigi Fagioli, Eugenio Castellotti, herederos del Tazio Nuvolari de la preguerra. Y de entre las marcas, heredadas también de la preguerra, Bugatti, Alfa Romeo, Maserati y, sobre todo, Ferrari.
El rojo fuego pasión del coche del «cavallino rampante» sigue siendo el mito rodante del automovilismo de competición y ofrece una de las imágenes más potentes de la Italia más glamourosa, la de la moda, la ópera, el cine… Como obra maestra de la ingeniería, aúna la belleza de la máquina y la distinción del arte. Es el triunfo del diseño aplicado a la industria. Y el de la industria obediente al diseño.
Al igual que con los tenores, Italia se asocia con los pilotos de automóviles de carreras, que dominaron los primeros Mundiales. Incluyendo a Juan Manuel Fangio, de apellido, como el de tantos argentinos, inequívocamente italiano (era hijo y nieto de inmigrantes «de allá»), conductor de Ferrari y Maserati.
Incluyendo, asimismo, más adelante, a un par de brasileños con apellidos igualmente italianos: Emerson Fittipaldi, hijo de inmigrantes italianos, y Ayrton Senna. El primero llegó a presentarse en 2022 al Senado por la circunscripción de ciudadanos italianos residentes en Sudamérica y con el partido Hermanos de Italia, liderado por Giorgia Meloni. El segundo, bisnieto de siciliana, adoptó el apellido de la madre, no el del padre (Da Silva).
Curiosamente, ni él ni Fittipaldi llegaron a correr con Ferrari, ni un par de esos pilotos italianos de nombres casi líricos, Elio de Angelis y Andrea de Cesaris. Sí, en cambio, Mike Hawthorn, Phil Hill, John Surtees, Niki Lauda, Jody Scheckter, Michael Schumacher y Kimi Raïkkönen. El prodigio italiano actual, el veinteañero boloñés Andrea Kimi (¿por Raïkkönen?) Antonelli, no será «italiano» del todo hasta que abandone Mercedes y fiche por Ferrari, escudería por la que han pasado Fernando Alonso y Carlos Sainz y a la que, en los años 50, pertenecieron Alfonso de Portago (el marqués de Portago) y Paco Godia, ejemplos del «gentleman driver» de la época.
El circuito madrileño, mejorable pero impresionante según pilotos y escuderías, ha sido un éxito deportivo, un fenómeno popular y un escaparate social. De Madring, al «cielong».
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