Goyo Jiménez: «Oculto una persona que se deprime con facilidad. Una mala gestión me entristece»

<p>Goyo Jiménez (Melilla, 1970) tiene el don del chascarrillo. Descubrió en los 2000 su yacimiento de petróleo. Debajo de todo Hollywood había unos cuantos tópicos por explotar. Aquello fue su llegada a la Luna. Ahora opera desde <i>Missery class</i>, su nuevo espectáculo, otro lugar común. Somos charca.</p>

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 Era el monologuista viral antes de la viralidad. Tiene pausa, algunas ideas maceradas y el picor del superhéroe. «Hacer reír alivia a la gente»  

Goyo Jiménez (Melilla, 1970) tiene el don del chascarrillo. Descubrió en los 2000 su yacimiento de petróleo. Debajo de todo Hollywood había unos cuantos tópicos por explotar. Aquello fue su llegada a la Luna. Ahora opera desde Missery class, su nuevo espectáculo, otro lugar común. Somos charca.

¿Qué oculta?
Pues oculto una persona que se deprime con facilidad. Es una constante entre la mayor parte de los humoristas. Nos hacemos humoristas para mantenernos fuera de la depresión. Soy una persona muy sensible, empática, en cuanto veo una situación dolorosa, estúpida, incompetente, una mala gestión o veo gente en la calle, por ejemplo, entristezco y me deprimo. Lo que hago es hacer bromas sobre mí mismo en esta situación.
Vivimos en la época dorada de la incompetencia. Debe de estar muy deprimido.
De incompetencia e injusticia. Y la montonera de tontos útiles aullando en favor de sus amos en ambos bandos porque tienen miedo de perder su poquito. ¿Sabes la historia de la gallina de los huevos de oro? Siempre he pensado en destripar la gallina a ver cómo funciona. Pues hay gente que coge su huevito todos los días y no quriere que se toque nada. De un bando, de otro, no sé cuántos bandos hay. Y se dedican a poner palos en las ruedas. Más que los villanos, que hay muchos, lo peor son los tontos útiles que les hacen el eco. El canijo que va con el malo de Érase una vez el hombre. Mira, a esta figura he recurrido mucho. Me he criado en Albacete. Hay una feria magnífica. Durante una época daban megáfonos en la tómbola. Ya estaban todos los tontos con megáfonos. Cualquier persona que gritaba por la calle tenía un amplificador de su estupidez. Como el algoritmo de las redes sociales.
El megáfono nos salvó de los láseres. Eran muy codiciados durante una época.
El láser tenía ese punto de apuntar al otro. Como la gente que hace largas cuando se enfada en el coche. Dispararía una metralleta si la tuviera. Esa gente está pidiendo el coche de James Bond.
¿Cae entonces en el tópico del payaso triste?
Hay una anécdota con un actor y cómico inglés. Se llamaba David Garrik. Los médicos recetaban a la gente ir a ver a Garrik para curar la depresión. Hasta que Garrik fue al médico y le recomendó ir a ver a Garrik. ‘Garrik soy yo’, dijo. Algún terapeuta, durante un tratamiento, me ha dicho que recomendaba a la gente ir a verme al teatro.
Ya ha nombrado Albacete. Tarda poco.
Soy nacido en Melilla, criado en AlbAcete, hijo de un sevillano y una manchega. Pero mi carácter es resultado de haber vivido en Albacete. Lo nombro constantentemente. Una de las mejores definiciones del caracter de Albacete que he hecho es que la llanura nos hace carecer de la ansiedad de quienes viven en la montaña o cerca del mar por viajar. En la llanura se ve el horizonte perfectamente. El viaje que hacemos es interior. Alcanzamos el nirvana sin tener que ir a ningun sitio. Somos como Julio Verne. Sin salir de Albacete se puede conocer el mundo entero. Insisto en Albacete porque está asociado a una imagen cómica. Me gusta hablar de mi tierra, hacer branded content. Cada uno coloca la publicidad donde quiere y yo hago publicidad de mi tierra. Creo que es un deber de cada uno hablar de su patria chica. A mí me ha definido la carrera. Lo más importante desde el punto de vista mediático que he hecho ha sido actuar en Nueva York. He ido de la Nueva York de la Mancha, que decía Azorín, a la Nueva York, Nueva York. Mejor: de la Nueva York de la Mancha a la Albacete de Estados Unidos.

«Siempre he incluido a los espectadores. ¿Quién va a venir a definir cómo debe ser el ‘stand up’? Es una gilipollez ortodoxa»

¿A qué llama trabajar?
Llamo trabajar a esa predisposición constante de hacer reír a los demás para que estén aliviados.
¿De dónde le viene?
De niño he sido siempre muy exhibicionista. Pensaba que lo que hacía podía llamar la atención a los demás. He tenido una serie de carencias y me ha llevado a buscar el cariño y la atención de los demás. Lo llevaba de serie. En el hardware y software que se me procuró ya venía predispuesto para eso. Pasé de pedir que me hicieran caso a hacer caso a los demás. Me empezó a parecer una vocación sacerdotal preocuparme por cómo se sentía la gente. Al principio me la sudaba el público. De repente eres consciente de que la gente paga por salir mejor que entró. Con la pandemia, más. En el teatro los veías con unas ganas de vivir y de reírse que tuve una epifanía. Empezó a preocuparme más cómo se sentía el público.
¿No es una responsabilidad autoatribuida demasiado grande?
Excede de largo el oficio de camello. El sábado actué en Calpe. Unos chavales habían ido de casualidad al teatro y no sabían quién era. Estaban en un Burger King hablando del show. A esos chavales les modula algo. Tenemos influencia en los demás. Tengo esa preocupación porque lo que hago afecta los demás. De crío vi La cantante calva, una obra de Ionesco, de teatro absurdo, me marcó. Me puso el veneno del teatro dentro. No sabes cuándo te va a venir una vocación.
¿Incluye a los espectadores en el ‘show’?
Siempre. Siempre lo he hecho.
Una corriente lo crítica. ¿El monologuista no es monologuista?
Es absurdo. Es tan ignorante. ¿Quién va a venir a definir cómo debe ser el stand up comedy? No es un género ortodoxo. Lo bueno de que alguien se convierta en sacerdote de algo es que podemos ir hacia al otro lado. A la reforma. En su momento, hace años, en la Politécnica, hicimos un seminario de monólogos. Existe desde el Barroco. Existe desde el Barroco. Se llamaba bululú. Ha existido el one man show mucho antes de que los americanos tuvieran su crisis de los años 20. El stand up empezó en México. Los americanos han cogido una cultura de teatro unipersonal europeo y lo han convertido en otra cosa. Es una soplapollez. Entonces no podemos llamar one man show a Jim Carrey o Robin Williams. Mi lema es No lo cuento, lo hago porque me dedico a escenificar. No solo a ser narrador. La idea es que la gente se fascine. Como decía el famoso filósofo Jesulín de Ubrique ‘los puristas llenan un autobús’. Hay quien sabe hacerlo y quien no. Al final la gente debe irse de esta experiencia, como de cualquier otra experiencia, pensando ‘qué maravilla, esto no lo hago yo’.
Es un recurso fácil subir gente al escenario.
Cuando escoges un camino te diriges a un público determinado, eh, y te quita otro determinado público, ojo. Todo es cultura. Lo que pasa es que hay una posición elitista. Como buscas que me pringue, te voy a dar una opinión: te lo voy a decir. Me gustaría ver a cualquiera de los que critican hacer una cosa, triunfar con ella y luego dejar de hacerlo.
¿Está harto de hablar de los americanos?
Me encanta hablar del asunto. Es como si los Rolling se quejan de que le hablen de Satisfaction.
¿Por qué eres experto?
El primer show que presente en Gran Vía fue Aiguantulivinamerica. Es un espejo. Estás hablando de una cosa tan épica, molona y glamurosa que cualquier vida española comparada daba pie al esperpento. Las películas de Hollywood son las mismas en Euskadi, Cataluña o Canarias. También en Australia, Argentina o Nueva Zelanda. Y te das cuenta de que has encontrado oro. Es una forma de unir, de crear una comunidad global. Llegaron a doblar los monólgosos en otros países. Me ha venido gente de Finlandia. Hice una película con finlandeses que veían los monólogos. Hacía de gángster. Querían a alguien cómico y que diera miedo a la vez. Gracias a estos monólogos hay chinos que han aprendido español con los monólogos. Me han escrito y ofrecido cosas en Shangay. No te puedes imaginar lo que le ha acambiado la vida ese éxito a este señor de Albacete.
¿Con ‘Missery class’ te refieres a la charca?
Es un concepto más económico-filosófico. Parece que llevamos una vida de glamour si miras las redes sociales, pero economizamos en todo. Mostramos imágenes de felicidad y racaneamos. Se ha democratizado el glamour. Una cosa muy bonita de viajar en lowcost es que te lo quitan todo para volvértelo a poner. Te quitan espacio y dignidad. Piensa la democracia. La conseguimos. Pero para que llegue a todo el mundo hay que quitar cosas de la democracia.
Es una comparación peligrosa.
¿Separación de poderes? ¿Cómo se eligen los cargos? Voto cada cuatro años y no participo más. Es una democracia lowcost. Misery class.
La democratización de ser importante lo ha vulgarizado todo. Ahora lo sofisticado es no hacer autobombo.
Como diría el ministro Puente se ha bajado ese suflé. El suflé de hacerme caso. Tengo 55 años. Hacerme fotos a mí mismo me da vergüenza. Hay que ser Velázquez para hacerte un selfi. Es ridículo publicar fotos de ti mismo. Es como si escribes libros hablando de ti mismo. A mi generación le resulta pudorosa y ridícula la exposición constante. Por suerte, ha bajado. ¿A mí qué me importa lo que ha desayunado? Las redes sociales se han convertido ahora en lugares de contenido, desde los cursos para hacerse rico hasta lo filosófico.
¿Qué espera de la vida?
He cambiado la felicidad por tranquilidad. La felicidad es como el orgasmo masculino: cuesta muchísimo y dura poquito. Apuesto por la tranquilidad. Luis Piedrahita dice que la felicidad es como un balón de playa: la tocas una vez y se va. Apuesto más por que haya pocos acontecimientos. Si cayase otra Filomena y no pudierámos salir durante una semana sería el tipo más feliz del mundo. Aparte de las actuaciones estoy dirigiendo festivales, en juntas directivas de empresas de productoras demasiado largas de contar. Soy un workalcoholic.
Qué pereza.
Me puse a trabajar a ver si ganaba mucho para trabajar menos y se ha cumplido una máxima de mi padre: hay que ver lo que tienes que trabajar para ganarte la vida sin trabajar.

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