Uno de los cometidos de la realeza europea es dar ejemplo. Esa labor ejemplificadora no es una opción, sino un deber moral que es a la vez ético y práctico. Ético porque forma parte de la búsqueda del bien en la que todo ser humano debe empeñarse, y práctico porque, de no hacerlo, causaría un daño a muchos lo que, a la postre, apuntaría, como un “boomerang” hacia la propia institución monárquica.
Para lograr cumplir con ese deber moral es imprescindible una formación ética que, si no se tiene, dificulta enormemente la consecución del objetivo. Valga esta explicación filosófica para subrayar la importancia enorme de que los príncipes reales elijan bien a las personas con quienes van a casarse y de las que se rodean. Nadie está exento de equivocarse, pero, a veces, hay signos evidentes de que no se está eligiendo adecuadamente. Los seres humanos no sólo nos enamoramos con el corazón. La cabeza debe entrar en la ecuación, máxime cuando se ocupan posiciones muy señaladas, como las que gozan los príncipes y reyes. Es, quizás, uno de los precios a pagar por su alto estatus.
Es importante elegir bien marido o mujer porque, un consorte real no sólo se casa con una persona, sino que, de algún modo, contrae un vínculo muy exigente con una institución tan relevante como la monarquía. Antiguamente, en este ámbito, prevalecían los matrimonios de Estado. Hoy el amor es imprescindible pero no es lo único necesario, especialmente cuando se trata de príncipes herederos o monarcas.
Hemos visto -y no es la primera vez en la historia- casos en los que un comportamiento censurable causa no sólo la degradación del rango de miembros de la realeza -el del que fue el príncipe Andrés de Inglaterra, duque de York, es un ejemplo- sino que causa un efecto devastador si no se limita y circunscribe convenientemente. En España hemos tenido los ejemplos de la retirada del título de Infante a Don Luis Fernando de Orléans en 1924 o del título de Duquesa de Palma de Mallorca a la Infanta Doña Cristina en 2015. No son los únicos. A los duques de Cumberland y Albany se les retiraron sus títulos de príncipes del Reino Unido por su lealtad a Alemania el primero en 1917 y por ser seguidor del régimen nazi el segundo. Hay bastantes más.
Cae su popularidad
La princesa Mette-Marit de Noruega ha despertado una lógica compasión por los inacabables problemas legales de su díscolo hijo[[LINK:INTERNO|||Article|||698226214dc7de0007cef900||| Marius Borg Høiby]], habido de una relación anterior a la que le llevó a casarse con el príncipe heredero de ese país. Luego surgieron sus enfermedades que recomiendan ahora un trasplante de pulmón. Hoy ha comenzado el juicio contra el revoltoso chico por bastantes delitos.
Ahora, a todos esos sinsabores se añaden las filtraciones sobre correos electrónicos con expresiones inconvenientes y reuniones de la princesa con el fallecido Jeffrey Epstein, entre 2011 y 2013. Sus disculpas públicas no han evitado que haya empezado a perder distinciones y premios. Ahora se debate si es o no idónea para convertirse en reina consorte de aquel país. La ejemplaridad y la adecuada elección de consorte -y de amigos- son indispensables para no tener estos disgustos.
Aunque una reciente encuesta revela que el 73% de los noruegos apoya el Trono, esta popularidad no se extiende a la figura de Mette-Marit. Tan solamente un 30% considera que podrá desempeñar bien su papel como consorte según se desprende de un estudio de finales de año. Aun así, ayer el Parlamento reafirmó su apoyo a la monarquía pese al escándalo relacionado con la princesa y Epstein; 141 diputados votaron a favor de mantener la actual forma de Gobierno frente a 26. A pesar de la crisis que atraviesa la corona, las próximas generaciones no verán instaurada la república. Suerte, alteza real.
La amistad de la princesa con el magnate pone contra las cuerdas a la monarquía; el caso ha llegado al Parlamento
Uno de los cometidos de la realeza europea es dar ejemplo. Esa labor ejemplificadora no es una opción, sino un deber moral que es a la vez ético y práctico. Ético porque forma parte de la búsqueda del bien en la que todo ser humano debe empeñarse, y práctico porque, de no hacerlo, causaría un daño a muchos lo que, a la postre, apuntaría, como un “boomerang” hacia la propia institución monárquica.
Para lograr cumplir con ese deber moral es imprescindible una formación ética que, si no se tiene, dificulta enormemente la consecución del objetivo. Valga esta explicación filosófica para subrayar la importancia enorme de que los príncipes reales elijan bien a las personas con quienes van a casarse y de las que se rodean. Nadie está exento de equivocarse, pero, a veces, hay signos evidentes de que no se está eligiendo adecuadamente. Los seres humanos no sólo nos enamoramos con el corazón. La cabeza debe entrar en la ecuación, máxime cuando se ocupan posiciones muy señaladas, como las que gozan los príncipes y reyes. Es, quizás, uno de los precios a pagar por su alto estatus.
Es importante elegir bien marido o mujer porque, un consorte real no sólo se casa con una persona, sino que, de algún modo, contrae un vínculo muy exigente con una institución tan relevante como la monarquía. Antiguamente, en este ámbito, prevalecían los matrimonios de Estado. Hoy el amor es imprescindible pero no es lo único necesario, especialmente cuando se trata de príncipes herederos o monarcas.
Hemos visto -y no es la primera vez en la historia- casos en los que un comportamiento censurable causa no sólo la degradación del rango de miembros de la realeza -el del que fue el príncipe Andrés de Inglaterra, duque de York, es un ejemplo- sino que causa un efecto devastador si no se limita y circunscribe convenientemente. En España hemos tenido los ejemplos de la retirada del título de Infante a Don Luis Fernando de Orléans en 1924 o del título de Duquesa de Palma de Mallorca a la Infanta Doña Cristina en 2015. No son los únicos. A los duques de Cumberland y Albany se les retiraron sus títulos de príncipes del Reino Unido por su lealtad a Alemania el primero en 1917 y por ser seguidor del régimen nazi el segundo. Hay bastantes más.
La princesa Mette-Marit de Noruega ha despertado una lógica compasión por los inacabables problemas legales de su díscolo hijo Marius Borg Høiby, habido de una relación anterior a la que le llevó a casarse con el príncipe heredero de ese país. Luego surgieron sus enfermedades que recomiendan ahora un trasplante de pulmón. Hoy ha comenzado el juicio contra el revoltoso chico por bastantes delitos.
Ahora, a todos esos sinsabores se añaden las filtraciones sobre correos electrónicos con expresiones inconvenientes y reuniones de la princesa con el fallecido Jeffrey Epstein, entre 2011 y 2013. Sus disculpas públicas no han evitado que haya empezado a perder distinciones y premios. Ahora se debate si es o no idónea para convertirse en reina consorte de aquel país. La ejemplaridad y la adecuada elección de consorte -y de amigos- son indispensables para no tener estos disgustos.
Aunque una reciente encuesta revela que el 73% de los noruegos apoya el Trono, esta popularidad no se extiende a la figura de Mette-Marit. Tan solamente un 30% considera que podrá desempeñar bien su papel como consorte según se desprende de un estudio de finales de año. Aun así, ayer el Parlamento reafirmó su apoyo a la monarquía pese al escándalo relacionado con la princesa y Epstein; 141 diputados votaron a favor de mantener la actual forma de Gobierno frente a 26. A pesar de la crisis que atraviesa la corona, las próximas generaciones no verán instaurada la república. Suerte, alteza real.
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