El estreno en Netflix de la miniserie Martiño Rivas encarna a Francisco Foxá, un aspirante a escritor que ejerce de improvisado y curioso ayudante. En esta charla íntima y cercana, el intérprete profundiza en la honestidad creativa, la atmósfera de 1959 y los matices que definen su labor en este proyecto.
¿Tener un personaje tan definido afecta su libertad creativa?
No, para nada, creo que es más fácil gestionar la libertad desde unas directrices que le permitan ser creativo que desde un lienzo totalmente en blanco. Yo le agradezco un montón, es algo que me despierta creativamente el tener ciertos parámetros en los cuales moverte, y esta serie, al estar encuadrada en este subgénero, hay toda una fórmula detrás y unos personajes arquetípicos que tienen unos roles muy definidos, pero que a la vez le permiten cierta flexibilidad para aportar matices y dar otra visión, respetando siempre cuál es su función dentro de todo el engranaje.
¿Cómo se esquiva el cliché sin perder la identidad?
Mientras sea honesto en la forma en que se mueve y dé voz a una necesidad, eso nunca va a percibirse como algo falso. Quiero decir, todo parte desde un lugar de verdad y por lo tanto luego cada uno ya tiene sus particularidades que nos hacen únicos, entonces intentas confiar en eso también de forma absoluta sin miedo a equivocarse.
¿Qué buscaba aportar como ese «Watson» para Basil?
En primer lugar, el contrapunto exacto al personaje de José Coronado, intentando equilibrar las fuerzas en el sentido de sumar osadía, cierto desenfado, tener un punto canalla también, un punto seductor, y luego cierto distanciamiento de los hechos. No los vive como algo dramático, sino es casi como un espectador que sí tiene un rol activo, es partícipe, pero encuentra hasta cierta diversión en todo lo que está sucediendo, viéndolo más bien como un problema matemático casi.
¿Cómo condiciona el entorno a la hora de creérselo?
Mucho, no dejaba de sorprenderme. Por un lado, la locación es una costa increíble con unos jardines que parecían de la Toscana. El llegar allí todos los días ya le da una dimensión de la envergadura del proyecto y es muy difícil no conectarse. Y luego la dirección artística y el vestuario de Sonia Grande, que eran auténticas piezas de arte. Ponerse esas chaquetas y esos trajes hace que sea muy difícil no defenderlos con toda su fuerza y hacer que el sombrero lo lleve a uno de forma natural.
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Sorprende la pausa de la serie en estos tiempos.
El tempo de la serie ya se podía intuir en el guion. Hay dos vertientes: se ven series muy vertiginosas, saturadísimas en cuanto a puntos de giro que parecen inyectadas con esteroides porque la cosa no para de girar aunque estén vacías, y luego hay otras, que es el caso de esta, que lo sostienen muy bien, llevan otro tipo de ritmo más pausado, navega un poco como un buque en el mar, se desliza con una dirección clara y a mí me ha resultado muy fácil verla y disfrutarla sin artificios.
¿Qué significó encontrarse con Pérez-Reverte?
Estar asociado a ese nombre ya le da cierta categoría sin duda. Yo he disfrutado muchas cosas que he leído suyas, como «Territorio Comanche», y en lo personal guardo un recuerdo muy especial de cuando coincidí con él en una librería de la calle Mayor buscando un libro difícil de conseguir de Jack London y él, siendo quien es, tuvo la enorme generosidad de intercambiar unas palabras conmigo, algo que me marcó muchísimo.
¿De dónde nace esa cautela suya ante los demás?
Por mi código postal, soy gallego, lo de la desconfianza lo llevo ya incorporado de serie. Es cierta tendencia a no posicionarse, a no llevar las cartas muy pegadas al pecho, a desconfiar del otro y estar alerta. Para mí la confianza es como ver crecer el musgo, uno abre un día la ventana y de repente ha ganado superficie, se produce paulatinamente de una forma progresiva pero muy lenta, y sucede exactamente un poco también con todas las relaciones personales en la vida.
¿Es de los que suele ver el resultado final?
Sí, y me gustó mucho, lo vi en familia. Es una serie para ver acompañado, porque da pie a tener conversaciones, a especular, a jugar y a compartir impresiones.
El intérprete, que participa en «El problema final» de Netflix, adaptación de la obra de Pérez-Reverte, desgrana los secretos de su personaje y del rodaje
El estreno en Netflix de la miniserie «El problema final», basada en la novela de Arturo Pérez-Reverte y dirigida por Félix Viscarret, reúne a un notable elenco de sospechosos bajo un asfixiante encierro en un islote mallorquín. En este claustrofóbico misterio de habitación cerrada, el actor gallego Martiño Rivas encarna a Francisco Foxá, un aspirante a escritor que ejerce de improvisado y curioso ayudante. En esta charla íntima y cercana, el intérprete profundiza en la honestidad creativa, la atmósfera de 1959 y los matices que definen su labor en este proyecto.
¿Tener un personaje tan definido afecta su libertad creativa?
No, para nada, creo que es más fácil gestionar la libertad desde unas directrices que le permitan ser creativo que desde un lienzo totalmente en blanco. Yo le agradezco un montón, es algo que me despierta creativamente el tener ciertos parámetros en los cuales moverte, y esta serie, al estar encuadrada en este subgénero, hay toda una fórmula detrás y unos personajes arquetípicos que tienen unos roles muy definidos, pero que a la vez le permiten cierta flexibilidad para aportar matices y dar otra visión, respetando siempre cuál es su función dentro de todo el engranaje.
¿Cómo se esquiva el cliché sin perder la identidad?
Mientras sea honesto en la forma en que se mueve y dé voz a una necesidad, eso nunca va a percibirse como algo falso. Quiero decir, todo parte desde un lugar de verdad y por lo tanto luego cada uno ya tiene sus particularidades que nos hacen únicos, entonces intentas confiar en eso también de forma absoluta sin miedo a equivocarse.
¿Qué buscaba aportar como ese «Watson» para Basil?
En primer lugar, el contrapunto exacto al personaje de José Coronado, intentando equilibrar las fuerzas en el sentido de sumar osadía, cierto desenfado, tener un punto canalla también, un punto seductor, y luego cierto distanciamiento de los hechos. No los vive como algo dramático, sino es casi como un espectador que sí tiene un rol activo, es partícipe, pero encuentra hasta cierta diversión en todo lo que está sucediendo, viéndolo más bien como un problema matemático casi.
¿Cómo condiciona el entorno a la hora de creérselo?
Mucho, no dejaba de sorprenderme. Por un lado, la locación es una costa increíble con unos jardines que parecían de la Toscana. El llegar allí todos los días ya le da una dimensión de la envergadura del proyecto y es muy difícil no conectarse. Y luego la dirección artística y el vestuario de Sonia Grande, que eran auténticas piezas de arte. Ponerse esas chaquetas y esos trajes hace que sea muy difícil no defenderlos con toda su fuerza y hacer que el sombrero lo lleve a uno de forma natural.
Sorprende la pausa de la serie en estos tiempos.
El tempo de la serie ya se podía intuir en el guion. Hay dos vertientes: se ven series muy vertiginosas, saturadísimas en cuanto a puntos de giro que parecen inyectadas con esteroides porque la cosa no para de girar aunque estén vacías, y luego hay otras, que es el caso de esta, que lo sostienen muy bien, llevan otro tipo de ritmo más pausado, navega un poco como un buque en el mar, se desliza con una dirección clara y a mí me ha resultado muy fácil verla y disfrutarla sin artificios.
¿Qué significó encontrarse con Pérez-Reverte?
Estar asociado a ese nombre ya le da cierta categoría sin duda. Yo he disfrutado muchas cosas que he leído suyas, como «Territorio Comanche», y en lo personal guardo un recuerdo muy especial de cuando coincidí con él en una librería de la calle Mayor buscando un libro difícil de conseguir de Jack London y él, siendo quien es, tuvo la enorme generosidad de intercambiar unas palabras conmigo, algo que me marcó muchísimo.
¿De dónde nace esa cautela suya ante los demás?
Por mi código postal, soy gallego, lo de la desconfianza lo llevo ya incorporado de serie. Es cierta tendencia a no posicionarse, a no llevar las cartas muy pegadas al pecho, a desconfiar del otro y estar alerta. Para mí la confianza es como ver crecer el musgo, uno abre un día la ventana y de repente ha ganado superficie, se produce paulatinamente de una forma progresiva pero muy lenta, y sucede exactamente un poco también con todas las relaciones personales en la vida.
¿Es de los que suele ver el resultado final?
Sí, y me gustó mucho, lo vi en familia. Es una serie para ver acompañado, porque da pie a tener conversaciones, a especular, a jugar y a compartir impresiones.
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