Defender la violación de niñas ceutíes por los invasores marroquíes no es libertad de expresión, sino complicidad con los violadores. Y eso es lo que han hecho los tres canallas que se niegan a apoyar a los caballas. Negarse a apoyar a ochenta mil españoles, y al millón de compatriotas que salieron a la calle para darles ánimo, es apoyar la invasión de nuestro país.
Defender la violación de niñas ceutíes por los invasores marroquíes no es libertad de expresión, sino complicidad con los violadores. Y eso es lo que han hecho los tres canallas
Defender la violación de niñas ceutíes por los invasores marroquíes no es libertad de expresión, sino complicidad con los violadores. Y eso es lo que han hecho los tres canallas que se niegan a apoyar a los caballas. Negarse a apoyar a ochenta mil españoles, y al millón de compatriotas que salieron a la calle para darles ánimo, es apoyar la invasión de nuestro país.
Boicotear el apoyo oficial del club más importante del mundo a su nación no revela «diversas sensibilidades» entre los futbolistas, sino un desafío al club que les paga millones al año, y al que tienen secuestrado estos niñatos malcriados que no merecen estar ni siquiera en el banquillo.
No existe una supuesta libertad de expresión para apoyar a violadores y criminales, como en el País Vasco a los etarras, sino complicidad. Apoyar hoy la invasión de Ceuta es como haber apoyado la invasión de Ucrania, que los futbolistas españoles y de toda Europa rechazaron, favoreciendo la heroica defensa de los ucranianos. ¿Ucrania sí y Ceuta no? Como diría Mou: «¿po’ qábué?».
A diferencia del Madrid y demás clubes españoles, el Barça se ha negado llevar la camiseta de apoyo a Ceuta. Esto significa que los canallas se identifican con el club más corrupto, antimadridista y antiespañol, el Barça, y que por su apoyo al golpe de Estado de 2017 sobra en la Liga. Pero a nadie le sorprende que el Barça actúe así. Ha celebrado el reciente fichaje de Rodri cancelando el homenaje a la Selección Española para apoyar a un matón separatista.
Los valors de los que alardea se resumen en comprar negreiras para lograr en los despachos los títulos que no ganan en el campo. Como la selección marroquí, que se apropió de la Copa de África en los despachos tras perderla en la final. Su capitán, Hakimi, madrileño y de la cantera, que será juzgado por presunta violación, es el gran amigo de Mbappé, que no es de origen magrebí pero que se exhibe en público con su amigo y apoyando la selección del país que ha invadido Ceuta. Y que quiere quitarle al Bernabéu la final del próximo Mundial, organizado por España y parasitado por la teocracia de Rabat. ¿Eso apoya Mbappé? Sí.
Vinicius, ex futbolista desde que le robaron el Balón de oro (un año antes se lo robaron a Rodri, que entonces sí lo merecía, no al año siguiente) dijo que España es un país racista que no merecía organizar un Mundial. El otrora veloz extremo izquierda, hoy fondón y que no se va ni de Marlaska, ha sido renovado por seis años y lo paga arruinando la imagen del Madrid. Pero detrás de este alarde de simpatía por los invasores de España está el plan marroquí para el Mundial, el estadio de Casablanca, negociado por Ábalos con nuestro dinero, pan y circo para esa juventud que, cada día, siembra el terror en Ceuta. Y a ese plan sirven los canallas que desprecian a los caballas, casi tanto como los madridistas los despreciamos a ellos. Los queremos fuera de España y del Madrid. Y, si Florentino lo permite, y ya ha permitido demasiado en estos dos últimos años, que se vayan con el marroquí Anas Laghrari, lord protector de la canallería.
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