La noche del 26 de mayo, en un salón de hotel en Austin, John Cornyn vivió en sus propias carnes algo que no había experimentado en 24 años de carrera política: una derrota en las urnas. El senador más veterano de Texas, con cinco mandatos a sus espaldas y una carrera construida sobre la lealtad al establishment del Partido Republicano, acababa de perder las primarias de su propio partido frente al fiscal general del estado, Ken Paxton, un político respaldado por Donald Trump y señalado por años de escándalos legales y personales.
La baja popularidad del presidente, las derrotas de republicanos moderados en las primarias y la estrechez de las mayorías en el Congreso convierten las midterms en una amenaza para su agenda legislativa
La noche del 26 de mayo, en un salón de hotel en Austin, John Cornyn vivió en sus propias carnes algo que no había experimentado en 24 años de carrera política: una derrota en las urnas. El senador más veterano de Texas, con cinco mandatos a sus espaldas y una carrera construida sobre la lealtad al establishment del Partido Republicano, acababa de perder las primarias de su propio partido frente al fiscal general del estado, Ken Paxton, un político respaldado por Donald Trump y señalado por años de escándalos legales y personales.
La escena de Austin no fue un episodio aislado, sino el avance de un paradigma que se ha repetido durante toda esta primavera y verano en las primarias republicanas: senadores en ejercicio cayendo frente a candidatos bendecidos por Trump, mientras la cúpula tradicional del partido se pregunta, con altas dosis de nerviosismo, si esa apuesta por la lealtad por encima del carácter elegible de los candidatos les saldrá cara en noviembre. Porque el 3 de noviembre, Estados Unidos celebra las elecciones de mitad de mandato (midterms), la primera gran cita electoral desde que Trump regresó a la Casa Blanca en enero de 2025. Y todo indica que el resultado va a ser doloroso para el trumpismo.
En disputa están los 435 asientos que componen la Cámara de Representantes -se renuevan cada dos años- y un tercio del Senado, una ecuación que siempre juega un papel determinante en la agenda política del presidente de turno en la Casa Blanca. En este caso, para Trump es fundamental mantener la mayoría en el Congreso con la que ha conseguido aprobar leyes tan polémicas como la Big Beautiful Bill, un recorte de impuestos y de beneficios médicos a la clase media y trabajadora, que no sólo garantiza disparar el déficit presupuestario de Estados Unidos de forma exponencial en la próxima década, sino que ha supuesto un golpe considerable para la economía de millones de estadounidenses.
Sin esa mayoría, Trump perdería el margen para seguir empujando su agenda -aranceles, deportaciones masivas, recortes fiscales sin oposición institucional real. Si pierde ese control, aunque sea sólo la Cámara Baja, se enfrentaría a un escenario de parálisis legislativa y a un serio examen de su capacidad de gobernar en sus dos últimos años de mandato.
Por eso las midterms se consideran siempre un referéndum sobre la gestión presidencial en el ecuador de su mandato, una forma de refrendar hasta qué punto son ciertas las encuestas de popularidad del presidente de Estados Unidos. Las de Trump, en este caso, son funestas: en torno al 38% de apoyo frente a un 58-59% de desaprobación, con un saldo neto de alrededor de -20 puntos, uno de los peores registros de cualquier presidente en este punto de su mandato desde que existen estas mediciones modernas.
Lo normal es que los republicanos pierdan escaños. Es casi una tradición. Ocurrió con Obama en 2010, que se dejó 63 escaños en la Cámara de Representantes; con el mismo Trump en 2018 (40 escaños) y con Biden en 2022, aunque en menor medida de lo esperado. La razón es estructural: el electorado que vota en año presidencial suele ser más joven, diverso y movilizado. Esa fuerza se suele diluir sensiblemente en año de midterms, y el votante más comprometido ideológicamente y a menudo crítico con el poder establecido suele quedar sobrerrepresentado.
Actualmente los republicanos controlan ambas cámaras por márgenes mínimos: 218-213 en la Cámara baja -tras la muerte del representante californiano Doug LaMalfa en enero de este año- y una ventaja de tres escaños en el Senado. Esa estrechez convierte cualquier vaivén de unos pocos distritos o estados en la diferencia entre que Trump gobierne con el Congreso a favor o se enfrente, en sus dos últimos años de mandato, a una Cámara de Representantes, y potencialmente un Senado, controlados por la oposición, que a buen seguro buscaría activar investigaciones e incluso un proceso de impeachment contra Trump, el que sería el tercero de su carrera presidencial.
Claro que enfrente tendrán a un Partido Demócrata que no atraviesa su momento más dulce, ni mucho menos. En realidad, la tensión interna es más que palpable, como han demostrado las primarias, con el partido dividido entre los cercanos al establishment, con un discurso centrista y moderado, y la izquierda socialista y rupturista de Zohran Mamdani, el alcalde de Nueva York que ha jugado un papel fundamental en las primarias con su apoyo a determinados candidatos progresistas. La cúpula tiene serias dudas sobre qué dirección le conviene más de cara a noviembre.
Aun así, las encuestas favorecen los intereses demócratas, que necesitan arrebatarle cinco escaños a los republicanos para recuperar la Cámara de Representantes. Pero sólo 38 de los 435 asientos podrían cambiar de color, según los analistas, con 19 de ellos sin un favorito claro. En el Senado, el margen es más estrecho, con tan sólo cuatro elecciones «en el aire», de acuerdo con las encuestas: Alaska, Maine, Michigan y Ohio.
La carrera más cara y más vigilada es la de Carolina del Norte, donde el ex gobernador demócrata Roy Cooper aspira al escaño que deja Thom Tillis frente al republicano Michael Whatley, ex presidente del Comité Nacional Republicano. Las encuestas de agosto sitúan a Cooper con ventajas de entre siete y 12 puntos, en un estado que Trump ganó por tres puntos en 2024 y que no envía un senador demócrata a Washington desde 2008.
En Texas, el batacazo de Cornyn frente a Paxton ha reabierto la conversación sobre si el asediado fiscal general, marcado por años de escándalos, puede convertir en competitivo un estado que los demócratas no ganan en el Senado desde 1988. Del lado demócrata, el legislador estatal James Talarico se impuso en primarias a la congresista Jasmine Crockett, en otro duelo entre el ala institucional y la más combativa del partido.
El último año ha sido difícil políticamente para Trump. La impopular intervención militar en Irán, con el Estrecho de Ormuz aún cerrado, ha derivado en una avalancha de críticas no sólo de la oposición, sino también de su propia bancada. El resultado es un conflicto que, casi seis meses después, no tiene viso alguno de solucionarse y que en casa ha dejado una subida sostenida de los precios de la gasolina y el peor dato de inflación de los últimos dos años. En la calle, el descontento es evidente, lo que explica el deterioro entre los votantes independientes, con una aprobación a Trump que ronda el 34%, un 2% menos que cuando se produjo la ola demócrata de 41 escaños en 2018.
Ese deterioro se traduce en el llamado generic ballot (la pregunta de «¿a qué partido votaría usted para el Congreso?»), donde los demócratas mantienen una ventaja sostenida de entre cinco y ocho puntos según el agregador, con el modelo del analista Nate Silver dando a los demócratas un 86% de probabilidades de recuperar la Cámara y un 57% de hacerse con el Senado, un escenario que hace unos meses parecía más remoto dado lo adverso del mapa senatorial para el partido.
Trump, sin embargo, no ha parado de quitarle hierro a las elecciones. «Las midterms no tienen nada que ver con mi razonamiento», dijo el pasado fin de semana al ser preguntado sobre las negociaciones con Irán. Sin embargo, el mandatario se ha implicado personalmente, y de forma inusualmente agresiva, en las primarias republicanas de varios estados, primando la lealtad personal sobre la viabilidad electoral de los candidatos.
Además de apoyar a Paxton, jugó un papel similar en la derrota de otro senador en ejercicio, Bill Cassidy, en Luisiana. Esa estrategia divide a la cúpula del partido: mientras Trump prioriza la fidelidad, buena parte del aparato republicano teme que imponer candidatos más extremos, y con menos rodaje fuera de las primarias, termine costándole escaños ganables en noviembre.
En la Cámara de Representantes, el gerrymandering que han empujado con ahínco los republicanos en varios estados puede resultar un factor decisivo a la hora de determinar quién controla la Cámara Baja. Se trata de la práctica de rediseñar los límites de los distritos electorales de forma deliberada para favorecer a un partido, una alternativa que ha apoyado Trump desde su llegada al poder y que ha producido nuevos mapas electorales favorables a los conservadores en Misuri, Carolina del Norte, Ohio y Texas. California fue la respuesta demócrata a la estrategia, con un cambio que podría otorgar hasta 47 escaños frente a los 41 actuales para los progresistas.
Son muchos los elementos a tener en cuenta en noviembre, sin olvidarse de las carreras a gobernador en 36 estados, los 300 cargos ejecutivos que están en juego en 43 estados -como vicegobernadores, fiscales generales, secretarios estatales- y el ruido electoral que puedan hacer algunas figuras a ambos lados de la bancada de cara a 2028, cuando se produzcan las elecciones presidenciales, ya sin Trump en la papeleta.
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