Morgan Freeman es una de las figuras más reconocidas del cine mundial y los caballos una de sus grandes aficiones. La equitación no llegó con la fama que alcanzaron películas como «Cadena perpetua» o «Million Dollar Baby», sino que ha formado parte de su vida desde la infancia y ha permanecido a su lado toda la vida.
Siendo niño ayudaba en los trabajos de una granja y un día se ofreció para llevar una yegua hasta la cuadra. Montó sin silla, el animal comenzó a trotar y terminó cayendo al suelo. Incapaz de volver a subirse, recorrió el resto del camino caminando junto a ella. Aquella anécdota fue el primer capítulo de una relación con el mundo hípico que no ha terminado. La verdadera formación como jinete llegó con 19 años cuando residía en San Diego. En la cuadra de un amigo conoció a «Socks», el caballo con el que aprendió las bases de la equitación. Freeman ha explicado que fue el animal que le enseñó a ganar confianza en la montura y a comprender que la monta depende del equilibrio, la sensibilidad y la comunicación con el caballo.
El cine también contribuyó a mejorar su nivel como jinete. Durante el rodaje de «Robin Hood: Príncipe de los Ladrones», el actor sufrió una caída mientras montaba un caballo llamado «Spike» en una escena de campo a través. Aquella experiencia le hizo darse cuenta de que todavía tenía mucho que aprender. Durante meses trabajó junto a los especialistas ecuestres de la producción, perfeccionó su posición, aprendió a utilizar correctamente las ayudas y regresó a Estados Unidos con una forma de montar mucho más técnica.
Con el paso de los años adquirió una finca en Charleston donde convirtió los caballos en parte de su rutina diaria. Allí llegó «Sable», un caballo cuarto de milla de capa baya que acabaría siendo el caballo más importante de su vida. También fue propietario de «Doctor Goucho», un antiguo caballo de la policía descendiente del célebre semental «Blondy’s Dude», además de otros ejemplares de diferentes razas.
Freeman nunca entendió sus caballos como un simple pasatiempo. Siempre que el trabajo se lo permitía sacaba tiempo para montar y pasar tiempo con sus animales afianzando la relación caballo-jinete, tanto montado como pie a tierra. Su relación con «Sable» dejó algunas historias que reflejan esa conexión. En una de sus salidas, la cabezada se rompió y el caballo emprendió el regreso a casa al galope. Después de varios momentos de enorme tensión, «Sable» encontró un paso para superar una verja y Freeman salió despedido por delante de la montura e incluso recibió una coz en la cabeza durante la caída. Cuando consiguió incorporarse, lo primero que hizo fue comprobar que el caballo no hubiera sufrido ninguna lesión antes de regresar caminando junto a él.
En distintas entrevistas ha reconocido que montar era el momento del día en el que encontraba mayor tranquilidad.
Este equilibrio vital entre la vida de Hollywood y los ratos a caballo se vio alterado en 2008, cuando sufrió un grave accidente de tráfico en Mississippi. Las fracturas en el brazo, el hombro y el codo, unidas a una lesión nerviosa permanente en la mano izquierda, limitaron de forma importante su capacidad para montar. A pesar de ello, nunca ha dejado el contacto con el mundo ecuestre.
Su compromiso continuó desde otro ámbito. Además de colaborar con organizaciones dedicadas al bienestar animal, financió la creación de la «Morgan Freeman Equine Reproduction Research Unit» en la Facultad de Veterinaria de la Universidad Estatal de Mississippi, un proyecto destinado a impulsar la investigación en reproducción equina y contribuir a mejorar la salud de los caballos.
El actor de 89 años siempre ha estado vinculado con el mundo ecuestre y financió la creación de la «Morgan Freeman Equine Reproduction Research Unit»
Morgan Freeman es una de las figuras más reconocidas del cine mundial y los caballos una de sus grandes aficiones. La equitación no llegó con la fama que alcanzaron películas como «Cadena perpetua» o «Million Dollar Baby», sino que ha formado parte de su vida desde la infancia y ha permanecido a su lado toda la vida.
Siendo niño ayudaba en los trabajos de una granja y un día se ofreció para llevar una yegua hasta la cuadra. Montó sin silla, el animal comenzó a trotar y terminó cayendo al suelo. Incapaz de volver a subirse, recorrió el resto del camino caminando junto a ella. Aquella anécdota fue el primer capítulo de una relación con el mundo hípico que no ha terminado. La verdadera formación como jinete llegó con 19 años cuando residía en San Diego. En la cuadra de un amigo conoció a «Socks», el caballo con el que aprendió las bases de la equitación. Freeman ha explicado que fue el animal que le enseñó a ganar confianza en la montura y a comprender que la monta depende del equilibrio, la sensibilidad y la comunicación con el caballo.
El cine también contribuyó a mejorar su nivel como jinete. Durante el rodaje de «Robin Hood: Príncipe de los Ladrones», el actor sufrió una caída mientras montaba un caballo llamado «Spike» en una escena de campo a través. Aquella experiencia le hizo darse cuenta de que todavía tenía mucho que aprender. Durante meses trabajó junto a los especialistas ecuestres de la producción, perfeccionó su posición, aprendió a utilizar correctamente las ayudas y regresó a Estados Unidos con una forma de montar mucho más técnica.
Con el paso de los años adquirió una finca en Charleston donde convirtió los caballos en parte de su rutina diaria. Allí llegó «Sable», un caballo cuarto de milla de capa baya que acabaría siendo el caballo más importante de su vida. También fue propietario de «Doctor Goucho», un antiguo caballo de la policía descendiente del célebre semental «Blondy’s Dude», además de otros ejemplares de diferentes razas.
Freeman nunca entendió sus caballos como un simple pasatiempo. Siempre que el trabajo se lo permitía sacaba tiempo para montar y pasar tiempo con sus animales afianzando la relación caballo-jinete, tanto montado como pie a tierra. Su relación con «Sable» dejó algunas historias que reflejan esa conexión. En una de sus salidas, la cabezada se rompió y el caballo emprendió el regreso a casa al galope. Después de varios momentos de enorme tensión, «Sable» encontró un paso para superar una verja y Freeman salió despedido por delante de la montura e incluso recibió una coz en la cabeza durante la caída. Cuando consiguió incorporarse, lo primero que hizo fue comprobar que el caballo no hubiera sufrido ninguna lesión antes de regresar caminando junto a él.
En distintas entrevistas ha reconocido que montar era el momento del día en el que encontraba mayor tranquilidad.
Este equilibrio vital entre la vida de Hollywood y los ratos a caballo se vio alterado en 2008, cuando sufrió un grave accidente de tráfico en Mississippi. Las fracturas en el brazo, el hombro y el codo, unidas a una lesión nerviosa permanente en la mano izquierda, limitaron de forma importante su capacidad para montar. A pesar de ello, nunca ha dejado el contacto con el mundo ecuestre.
Su compromiso continuó desde otro ámbito. Además de colaborar con organizaciones dedicadas al bienestar animal, financió la creación de la «Morgan Freeman Equine Reproduction Research Unit» en la Facultad de Veterinaria de la Universidad Estatal de Mississippi, un proyecto destinado a impulsar la investigación en reproducción equina y contribuir a mejorar la salud de los caballos.
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